domingo, 7 de enero de 2007

Dobles significados

aosugita namida/lágrimas que eran demasiado azules.

Cuando se estudia una lengua extranjera, hay un instante en que uno cree que empieza a entender lo que lee o lo que escucha.

No es así. Si se toma el trabajo de buscar la traducción correcta, o la más literal, o la que intenta transmitir el sentido de esas palabras lejans, siempre se topa con la desagradable certeza de no haber entendido nada, de como nuestra versión no es más que unos remiendos apresurados, que unen las muy pocas palabras cuyo significado es seguro, intentando cubrir los amplios huecos que las separan, los abismos de contexto, intención, significado que nos son desconocidos y que constituyen la auténtica esencia de una lengua.

Sin embargo, esos momentos, esos pasos tembloros y vacilantes en terreno nuevo y desconocido, tienen una mágia de la que no se gozo antes y que pronto se perderá, en cuanto el conocimiento se torne firme y seguro.

Simplemente, nuestra propia ignorancia nos hace atrevidos, audaces. Entre las pocas palabras que alcanzamos a comprender, establecemos relaciones que no existen, que ningún hablante nativo alcanzaría a pensar. Sin querer, rompemos los estilos, unimos palabras, expresiones, que pertenecen a ámbitos completamente distintos, conectando el habla de la calle con el lenguaje de la literatura, completando el contexto cultural ajeno, sin el cual es imposible concebir una lengua, con nuestro propio contexto, intentando, aunque sólo lleve al error y al desvarío, iluminar el uno con el otro.

Y así sucede que pasamos horas, días, meditando sobre una expresión, sobre un giro, sobre secuencias de palabras que entendemos por separado, pero que juntas no son otra cosa que un enigma insondable.

Fascinante y cautivador, como todos los misterios. Pleno de una belleza sin explicación ni fundamento alguno, como todo lo que se nos muestra por un instante y permanece inalcanzable para siempre.

...

Y así, no puedo dejar de pensar en qué sentimiento querran expresar unas lágrimas profundamente azules, excepto la congoja, la melancolía y el desánimo, que por alguna extraña razón producen en mí la unión de conceptos tan lejanos, el azul del mar y los cielos, el dolor y la alegría de las lágrimas.