miércoles, 3 de enero de 2007

Joseph Cornell

Joseph Cornell, Penny Arcade Machine, 1950


Una de las "ramas" del surrealismo y por ende del arte "contemporáneo" es la utilización del objeto encontrado, aquello que aparentemente es inútil, pero que trasladado de ámbito, rotas sus asocianes naturales, se convierte en un objeto nuevo, recreado, "artístico".


Durante toda su vida, Cornell se dedico a contruir cajitas que rellenaba con los objetos más variopintos. Jugaba con el significado del sagrario, de la urna, de la vitrina, que suponemos que alberga objetos preciosos, únicos, pero al mismo tiempo le quitaba ese significado propio al rellenarlo con objetos anodinos, aquello que se podía encontrar en cualquier parte, aquello que sólo se usaba una vez y luego se tiraba.

Sin embargo, ese significado que había sido retirado boorado, ese juego de mostrar relicarios que no contenían reliquias, se volvía a negar a sí mismo, puesto que los objetos que Cornell guardaba en sus cajitas no tenían relación entre sí. En otras palabras, si Cornell hubiera guardado en una de sus urnas un cepillo y un peine, todos hubieran reído la broma, el intento satírico de sacralizar lo banal. Sin embargo, como buen surrealista, Cornell guardaba en sus vitrinas objetos que no tenían relación entre sí o que no deberían estar ahí, de forma que, si se juzga el contenido por la experiencia diaria que tenemos de esos objetos, es imposible llegar a conclusión alguna sobre el significado de la obra o las intenciones del artista.

De esa manera, ese encerrar el absurdo dentro del absurdo provoca que, inconscientemente, intentemos asignar un valor a lo que hay dentro. Suponemos, porque así es nuestro cerebro, que si alguien ha reunido esos objetos sin sentido en un envoltorio tan precioso, es porque tienen un significado, una importancia y un valor que no se nos escapa, pero que deberíamos sera capaz de encontrar.

De ahí la importancia y la originalidad de Cornell. El circulo sin fin sacro-profano-sacro, valioso-banal-valioso, en el que nos introduce con su obra. El presentimiento de un mundo nuevo que nunca habíamos imaginado.

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Por ello, ha sido una sorpresa inesperada, cuando no debería haberlo sido en absoluto, encontrar, en estas mis investigaciones de tiempo libre, que Cornell también se había interesado por el cine, y que, por supuesto, sus películas eran collages cinematográficos, en toda regla.

Para que se entienda mejor esto del collage cinematográfico. Es muy habitual hacer la típica broma de estudiante, tomar una película nefasta, por ejemplo la de tortas y chinos, remontarla, cambiar los diálogos y mostrarla al público. Un ejercicio vacío y sin gracia, puesto que el chiste se reduce a conseguir la complicidad del público, a mostrar, con un codazo y un guiño, lo listos, lo inteligentes, lo cultos que son espectador y directores, mientras que los bobos, los incultos, los sin importancia son los creadores del material original.

Cornell utiliza esta misma técnica. Corta y pega de fuentes muy dispares, modifica el sonido, lo elimina o añade bandas sonoras que no tienen relación con el material original, que disuenan estruendosamente, pero al contrario que el estudiante listillo, no hay ninguna intención de mofa y sátira en él. Muy al contrario, la superposición/yuxtaposición de estos materiales dispares y discordantes, unos pasados de moda, otros ridículos, otros completamente anodinos, provoca que unas imágenes se contaminen con el contenido de otras, que nuestros cerebros, sin quererlo, en busca de un significado que nunca se nos muestra/explique, comiencen a asociarlos y encontrar parecidos, relaciones.

Una serie de evocaciones que son distintas para cada persona, para cada visionado. Un misterio que se ahonda y se agranda con cada pequeño corto de Cornell, y que constituye su logro, el logro del auténtico surrealismo, el que nos veamos enfrentados a un mundo nuevo, ante el cual no contamos con reglas que nos dicten como comportarnos, ni como interpretarlo. Una realidad que sólo podemos experimentar y no racionalizar, un ambito ante el cual sólo queda dejarse fascinar y atrapar.

Una postura y un resultado que, en cierta medida, consituye la esencia de la poesía.









Así Cornell pega un peluche de un perro + un barco que se hunde + unos caballitos de mar + un muñeco que se esconde, y nos hace creer que todo esto forma parte de una narración, que oculta una lógica interna, que lo que podría parecer basura artítica, entretenimiento destinado al vertedero y al olvido, es oro puro.

2 comentarios:

el hijo bastardo dijo...

Con Cornell he seguido el proceso inverso, primero descubrí su faceta cinematográfica con "Rose Hobart" que es deslumbrante, y luego su faceta como collagista gracias al libro de collages de Carmen Martín Gaite "Visión de Nueva York", que sino has tenido ocasión de echarle un vistazo te recomiendo que lo hagas poque es un maravilloso diario en forma de collages y a mayores en una preciosa edición facsimil, si ya quieres deslumbrarte del todo hazte con "Sucia China" de Diego Lara, un dietario de viajes en forma de collages, también te recomendaría un cuaderno de collages de Frida Kahlo pero no recuerdo el título.

David Flórez dijo...

Pues hasta estas navidades no conocía yo la faceta corta/pega de Cornell, que me ha dejado realmente fascinado....

En la compilación Unseen Cinema (Early American avant garde, 1894-1941) hay un buen puñado de montajes suyos, a cada cual más curioso...