miércoles, 31 de enero de 2007

Do The Evolution



Ya he comentado que hay obras que le marcan a uno. Obras que conectan con lo que uno piensa, lo que uno siente, y que pasan a formar de uno mismo, de su museo interno, sin que en esa calificación entren en consideración cuestiones como calidad objetiva, importancia histórica, relevancia artística y tanto y tantos criterios con los que buscamos asentar y confirmar nuestros gustos, como si lo que importase fuera la aprobación de otros, y no el placer que podamos extraer de esos productos, llamémoslos artísticos.

Así que ocurre que entre mis múltiples contradicciones, di, tiempo ha, en escuchar música de ésa que llaman moderna, cuando mi formación era completamente clásica, una paradoja del mismo calibre que mi amor por la animación, el paradigma del artificio, cuando mi educación cinéfila se había centrado en el realismo desprovisto de efectos.

Entre las múltiples canciones, vídeos, estilos, unos prescindibles, otros valiosos, otros simplemente válidos por la diversión que se conseguía, que vi en aquel tiempo, el vídeo que he colgado arriba ha permanecido en mi recuerdo, hasta tal punto que recordaba casi cada fotograma, y podía reproducirlo en mi mente al escuchar la música.

¿Por qué?

Quizás porque a pesar de mi filiación política, ésa creencia en que llegará la utopía, el tiempo en que el hombre alcanzará la madurez y todas las estructuras que apuntalan la sociedad para que no se derrumbe, desapareceran de improviso, puesto que se habrán demostrado inútiles, a pesar de esa creencia, repito, que constituye la base de mi pensamiento político, mi esencia es la de un pesimista, la de aquel que sabe que ninguno de sus sueños se hará realidad. Peor aún, que nunca, nadie, en ninguna parte, llegará a disfrutarlos, y si lo hace no será consciente de ellos.

En resumen, que sólo existe una única verdad. Aquella de la muerte a la que estamos destinados. Aquella de la muerte que acabará por vencernos y abatirnos.

La misma idea que este vídeo ilustra hasta la saciedad, repitiendo una y otra vez su argumento, hasta que la insistencia y la reiteración triunfan sobre nuestra razón, allanan nuestras negativas, aventan nuestras seguridades.

De como no somos más que peones en un juego que nos supera, ése de la evolución, consistente en que los fuertes aplastan a los débiles, y los fuertes a su vez son destruidos por otros aún más fuertes, y así hasta el infinito.

De como nuestra inteligencia no es más que otra arma en esa eterna carrera de armamentos, y nuestros mayores logros se reducen a haber conseguido que la matanza sea más rápida, más eficiente, pero no más limpia, ni más compasiva, por supuesto.

De como todas nuestras ideologías, nuestras religiones, nuestras sociedades, nuestras instituciones, no son más que excusas para justificar el exterminio y la destrucción, disfrazadas de grandes causas y no menos palabras.

Un material perfecto para convertirse en un neodarwinista con piel de liberal, si se es de ésos que aman el poder y su erótica, o un suicida, si su temperamento no le permite vivir en ese mundo al que ha sido desterrado.... o un cínico, si a pesar de su naturaleza débil, se quiere continuar viviendo.

Todo esta claro, entonces. No queda más que decir.

¿Porqué entonces sigo pregúntandome dónde demonios queda la Arcadia?

¿Porqué entonces sigo buscando a alguien que conozca el camino?