jueves, 31 de octubre de 2019

Nunca antes en la historia de la humanidad (y III)

Diatlov eventually concluded that neither the principal presiding judge, a member of the Soviet Supreme Court, Raymond Brise, nor the main prosecutor, Yurii Shadrin, a senior aide to the general prosecutor of the Soviet Union, were interested in uncovering the truth about the explosion. Indeed, they shielded the designers of the RBMK reactors from responsability by removing all the materials pertaining to reactor design from the case against plant management and assigning them to a separate criminal case requiring further investigation. The commission of nuclear experts summoned by the court to look into the causes of the explosion was dominated by representatives of the institutions  responsible for the design of the RBMK reactors, and evidence given from among the operators and engineers of the Chernobyl nuclear plant was often ignored by the judges.

Serhii Plokhy, Chernobyl, History of a tragedy

Diatlov llegó a la conclusión que ni el juez que presidía el juicio, Raymond Brise, miembro del tribunal supremo, ni el fiscal principal, Yurii Shadrin, ayudante del fiscal general de la Unióbn Soviética, estaban interesados en descubrir la verdad sobre la explosión. De hecho, protegieron a los diseñadores del reactor RBMK ante cualquier responsabilidad, al eliminar del caso contra la dirección del reactor cualquier infomación relativa a su diseño, mientras que la desviaban a un caso criminal distinto que requería más investigación. La comisión de expertos nucleares convocada por el tribunal para examinar las causas de la explosión estuvo dominada por representates provenientes de las instituciones a cargo del diseño del reactor RBMK mientras que las pruebas presentadas por los operadores e ingenieros de la planta nuclear de Chernóbil solían ser ignoradas por los jueces.


































La serie Chernobyl (Craig Mazin, 2019) ha sido muy criticada por las muchas licencias que se ha tomado con el material histórico de partida. La más llamativa ha sido la creación del personaje de Uliana Jomyuk, inexistente en la realidad y compuesto de muchas otras personas reales, entre ellas algunas que nunca llegaron a pisar la central, mucho menos tomar parte activa en las acciones tras el accidente. Aunque, para mí, la veracidad histórica es casi una obligación moral, tengo que confesarles que considero más que disculpables la mayor parte de las libertades que se ha tomado la serie, más aún cuando no ha tenido reparos en confesarlas. 

Intentar embutir en apenas cinco horas de serie la multitud de personas y entidades, del pueblo llano a las más altas instancias de la Unión Soviética, que se vieron involucradas en el accidente hubiera roto su unidad dramática de forma irreparable. Por el contrario, ampliar su duración habría atenuado la tensión insoportable, de apocalipsis imparable, que recorre toda su narración y constituye casi su mayor logro estético. Además, si nos fuéramos a poner tiquismiquis, por las mismas razones tendríamos que tirar todo Shakespeare a la basura, puesto que este dramaturgo nunca tuvo reparos en modificar y reordenar la verdad histórica para lograr verdades artísticas. De las que ayudan a comprender, mejor que cualquier libro de historia, tiempos pasados, muertos y desvanecidos. Sin interés alguno para los que aún seguimos vivos, muchos años después.

De mayor enjundia son los silencios. Por ejemplo, en el libro de Serhii Plokhy, Chernobyl, History of a tragedy, que he citado arriba, se narra un episodio, ausente en la serie, que deja bien a las claras la ceguera autoimpuesta de la élite soviética, incapaz de reaccionar ante la realidad, si ésta contradecía las directrices -la línea general- y la propaganda del partido. El 1 de mayo, día de los trabajadores, cuando la gravedad del accidente era innegable, ya se había creado la primera zona de exclusión alrededor de la central, además de evacuado a los habitantes de Pripiat, en Kiev se celebraron los actos de celebración tradicionales de ese día, como si nada hubiese ocurrido y a pesar de todas las advertencias. El peligro, conocido por tosos, era que el viento rolase hacia el sur, hacia Ucrania, en vez de soplar hacía el oeste, hacia Bielorrusia. Éso fue precisamente lo que ocurrió el 1 de mayo, arrastrando la radiación hacia Kiev y afectando de gravedad a los participantes en las manifestaciones multitudinarias realizadas al aire libre.

De las misma manera, , es notable el cambio de tono de la serie con respecto a los testimonios literarios, en especial con el de Svetlana Alexiévich, que les comentaba en la entrada anterior. Para esta escritora, Chernóbil había constituido un genocidio por negligencia, en el que la evacuación forzosa de la población aldeana bielorrusa, junto con la prohibición de retornar a sus hogares en varias generaciones, habría aniquilado una forma de vida centenaria. La narración de Alexiéich oscila así entre el estoicismo, la elegía, la desesperación y el desgarro, sentimientos experimentados por todos aquéllos que fueron amputados de sus tierras -el máximo bien para toda cultura campesina- y que se tornaron vagabundos, sea fuera o dentro de la zona. Destino incierto y peligroso, este último, donde la huida y el esconderse son compañeros inseparables, pero que a pesar de todo es elegido por los más desesperados, los que prefieren morir en donde sus antepasados reposan a ser completos extraño en cualquier otra parte.  Aunque la radiación vaya a acortar sus vidas de forma drástica.

Un dolor inextinguible, inconsolable, que falta en la serie. En  su lugar, como también les señalaba, prefiere narrar un relato heroico, de redención personal. Expresado, de manera paradigmática, durante el juicio a los responsables de la central, cuando el ingeniero Legásov, coordinador de las labores de rescate, decide tirar por la borda su carrera y su posición. Diciendo la verdad sobre los fallos del diseño del reactor, en contra de las instrucciones que se le habían dado desde el partido y la KGB. Es un momento de una belleza, de una importancia ética, infrecuentes en el habitual cinismo televisivo, emocionante por su propia excepcionalidad. Sólo tiene un problema: jamás ocurrió. La realidad fue más prosaica y gris Mucho más desalentadora y amarga.

El libro de Serhii Plokhy no deja lugar a la duda. El juicio contra los responsables de la central en el momento del accidente, celebrado en la ciudad abandonada de Prypiat, era un juicio espectáculo, con un guion trazado de antemano, Como muchos otros procesos de gran calado en la URSS tenía un objetivo propagandístico: mostrar que el sistema soviético funcionaba, identificar a unos culpables claros a quien castigar y, sobre todo, dar carpetazo definitivo al asunto, cuyas soluciones -correctas, por supuesto- ya estaban en marcha. Así, el proceso eludió en todo momento analizar si el diseño del reactor era correcto o no lo era. Esas discusiones se remitieron a otro juicio posterior, cortando en seco cualquier intento de introducirlas en los debates, mientras se acallaba -y menospreciaba- a  quienes se atreviesen a sugerir algo distinto.

No hubo por tanto un instante de revelación, repentino como un relámpago, que llevase a recapacitar a todo un país y a un sistema. Tampoco hubo un sacrificio heróico -la muerte de un hombre por todo un pueblo, al estilo de Cristo-, a cambio de que brillase la verdad de forma incontestable. Lo que ocurrió fue, como ya les adelantaba, algo más normal, más conforme con los sinsabores y derrotas sin remedio que jalonan nuestra vida cotidiana. El escarnio público cayó sobre unos pocos, las ya elegidos desde el comienzo, mientras que por debajo, sin que nadie se enterara, se fue arreglando todo lo que estaba pendiente. Hacer más seguro el diseño de un reactor con tendencia a embalarse.

Pero claro, esa conclusión hubiera sido demasiado pesimista para mostrarla en televisión. Al menos en nuestra época, sedienta de finales felices y de héroes que la salven, aunque la mayoría -diría que todos- luego se despreocupen de nosotros. Para enriquecerse sin medida o hacerse con cuanto más poder mejor. O ambas cosas.

No obstante y con esto termino, si que hay algo cierto en lo que cuenta la serie. Legásov no recibió casi ningún honor por su actuación en Chernóbil, a pesar de que parecía encaminado a recibir los más altos ascensos, las mejores recompensas. Los puestos y las medallas recayeron sobre otros, no sobre él, ¿Por qué? ¿Por qué si, al contrario que en la serie, nunca llegó a rebelarse contra el sistema y colaboró en las mentiras propagandísticas destinadas hacia al exterior? Según cuenta Plokhi parece que fue víctima de las habituales intrigas de poder en todo sistema político. Sin los padrinos adecuados, sin pertencecer a un bando con influencia, se encontró excluido del reparto de prebendas. Ese fracaso, unido a su enfermedad irreversible causada por la exposición a la radiación, le llevaron a suicidarse. No sin antes dejar un largo testamento en forma de cintas magnetofónicos.

Donde, esta vez, sí decía la verdad,

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