martes, 22 de enero de 2019

Intentando darle un sentido

La represión, la ausencia de cauces de representación popular y de libertades causaron la aparición y desarrollo de una oposición radical al sistema zarista dispuesta a derribarlo. Esta oposición estaba compuesta fundamentalmente por intelectuales, las elites educadas, lo que en Rusia se llamó Inteligentsia, estudiantes, escritores, profesionales liberales y una especie de subcultura al margen de la Rusia oficial, que intentaba explotar cualquier muestra de descontento popular para llegar al poder.  Fueron ellos quienes establecieron una tradición de ideas, propaganda y agitación revolucionarias, antes de que, con el cambio de siglo, todo eso se plasmara en la creación de diferentes partidos socialistas que dominaron después el escenario político en 1917.
Esa profunda grieta entre una sociedad en cambio y la autocracia, comenzada ya algunas décadas antes, con manifestaciones violentas desde arriba y desde abajo, generó un enorme potencial para el desarrollo del conflicto. La quiebra del sistema zarista no llegó, sin embargo, por la subversión, sino por un acontecimiento externo: la rivalidad imperial que Rusia mantenía con Alemania y Austria-Hungría.
¿Hubiera podido evitar Rusia la revolución, de no haberse producido la Primera Guerra Mundial? Es una cuestión imposibles de responder. Lo que sabemos es que la guerra actuó de catalizadora, empeoró las cosas y añadió problemas insalvables.

Julián Casanova, La venganza de los siervos, Rusia 1917

Hace dos años, en ocasión del centenario de la Revolución Rusa, se publicaron multitud de libros sobre ese acontecimiento. En el mercado hispanoparlante, se recibió con especiales elogios el libro que cito arriba. Lo escribió Julián Casanova, afamado historiador cuya especialidad es el periodo de la Segunda República, la Guerra Civil y el Franquismo. Con esas credenciales, pueden imaginarse que esperaba su lectura con expectación, así que en cuanto se publicó una edición en tapa blanda, me hice con ella de inmediato. Sin embargo, me he llevado una decepción. Mayor de la que debiera, dada la calidad de libro, pero decepción, al fin y al cabo.

El principal problema es la intencionalidad declarada del libro. Casanova no pretende realizar un análisis personal de la Revolución, sino ofrecer una síntesis, orientada al público español, de lo publicado en otras lenguas sobre ese acontecimiento. Un resumen que, además, es demasiado apretado, apenas 175 páginas, de las cuales las 25 finales son una repetición de las ideas apuntadas anteriormente. Mi mala impresión viene, precisamente, de esa sección de conclusiones, puesto que en vez de aportar ideas nuevas, es un mero copiar y pegar de otras secciones del libro, como si el autor no supiera hacer otra cosa que resumir. En esta ocasión, su propia obra.




Sin embargo, le tengo que agradecer a Casanova que me haya descubierto, en sus citas biblográficas, dos textos nuevos sobre este periodo, los de Rex A. Wade y Christopher Read, además de confirmar la alta estima en la que yo tenía otro más antiguo: el monumental estudio de Orlando Figes. Fuera de ello, la mayor virtud del libro es la de despejar ciertos errores que se han hecho comunes en los últimos tiempos, promovidos por el neconservadurismo triunfante. Si antes, durante la guerra fría, nuestra visión estaba mediatizada por la propaganda soviética, que mostraba la Revolución Rusa como hecho único en la historia de la humanidad, además de expresión incontestable de la voluntad popular, ahora, tras la caída del muro, se ha terminado por concebir como retroceso hacia un barbarismo atávico, asalto por parte de unos extremistas fanáticos a un estado que se configuraba de forma democrática y moderada.

Ni lo uno ni lo otro. Se olvida, en estos análisis neoconservadores, que el Zarismo era, ante todo, una autocracia. Su sistema se basaba en el derecho divino de la corona, que utilizaba el ejército y la religión para reprimir cualquier cambio. Toda reforma política, en especial aquéllas democráticas que acarreasen compartir el poder, era bloqueada por sistema. La represión, por tanto, era parte integrante, sustentadora, del régimen, traduciéndose en periódicas redadas contra opositores, tanto pacíficos como violentos, quienes, en el mejor caso, podían darse por satisfechos si sólo eran mandados a Siberia.

En ese contexto, sólo se producían transformaciones en la práctica gubernamental sí iban acompañadas de violencia. El caso paradigmático es la revolución de 1905 que, aunque fracasada, llevó a la constitución de la Duma, el parlamento, cámara que luego tendría una importancia fundamental tras la revolución de febrero de 1917. La violencia se veía así justificada, lo que entrañó una radicalización creciente de todos los movimientos opositores, cada vez más inclinados hacia soluciones maximalistas. Sin embargo, esa misma violencia, aunque pudiese hacer temblar el régimen, no bastaba para derribarlo. El poder represivo del estado lo impedía, desarticulando y desorganizando, una y otra vez, los distintos grupúsculos de oposición. Esta falta de arraigo popular, propia de la clandestinidad, tendría consecuencias dramáticas en los meses posteriores a febrero de 1917, cuando ninguna fuerza política conseguiría alzarse como dominante, aunque muchas fueran eliminadas, o tornadas inofensivas, en las diferentes refriegas, golpes y contragolpes.

Lo que derribó al régimen, como sabe todo el mundo, no fue la insurgencia interna, sino la Primera Guerra Mundial. La ineptitud criminal de los mandos zaristas, cuyas ofensivas acaban en matanzas masivas, unida a la fragilidad de la economía rusa, incapaz de soportar el esfuerzo bélico,  quebró el arma principal represiva del zarismo. El ejército ruso se disolvió en unidades independientes, preocupadas por su propia supervivencia. En ese contexto, cuando las mujeres de San Petersburgo se alzaron contra la carestía del pan, en febrero de 1917, las tropas allí destacadas, tras algunos titubeos, se unieron a ellas, dejando al zar sin apoyos ni medios de contraataque.

Lo que ocurrió después es complejo y sometido a debate. Sí se puede decir que en la confusión provocada por el derrumbe del zarismo no hubo, al principio, ningún partido que consiguiese la hegemonía, mucho menos los bolcheviques. En realidad, fue la inoperancia de los gobiernos provisionales, incapaces de actuar con la audacia reformista que reclamaba el país, la que les hizo perder el control de la situación y abrió la puerta a la toma del poder por parte de Lenin. Entre esos errores, el primero fue continuar la guerra, lanzando una nueva ofensiva en la primavera de 1917 que sólo sirvió para acelerar la descomposición del ejército. El segundo, la falta de una reforma agraria en una sociedad fundamentalmente campesina, aún con los resabios de la antigua servidumbre. Así, en el verano de 1917, ante la inacción gubernamental, se produjeron, de forma espontánea, ocupaciones de fincas, quemas de mansiones y asesinatos de propietarios.

El poder del gobierno provisional quedaba así limitado a las ciudades, fuera de las cuales reinaba la anarquía. Aún podría haberse recuperado, como demuestra el fracaso de la intentona bolchevique de ese verano. Sin embargo, le dio la puntilla el golpe de estado de Kornilov, que pretendía restaurar la autocracia zarista. Aunque  fue rápidamente sofocado, el peligro de una involución continuaba presente, de manera que gran parte de las izquierdas, y con ellas las unidades del ejército que les eran fieles, cerraron filas para proteger la revolución. Alrededor de los más disciplinados, decididos y audaces de todos: los bolcheviques.

De hecho, tan brusco fue ese giro y tan completa la impotencia del gobierno provisional que la revolución de Octubre, al menos en San Petersburgo, fue particularmente incruenta. Las tropas bolcheviques habían ocupado ya los puntos vitales de la ciudad, de manera que la toma del Palacio de Invierno fue simplemente la formalidad que daba carta de naturaleza al nuevo sistema. El símbolo que se necesitaba para proclamar la victoria

La historia no termina ahí. Queda el proceso por el cuál los bolcheviques se transforaron en partido único, eliminando a todas las fuerzas restantes de izquierda, además del impacto traumático de la crudelísima guerra civil, que tornó a los bolcheviques en aún más fanáticos, intransigentes y despiadados. De lo que eran y de lo que podía imaginarse.

Pero eso ya es otra historia. Mucho más larga y aún con muchas lagunas.

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