miércoles, 28 de marzo de 2018

Bajo la sombra del postmodernismo (XXIV)

La esperada comparecencia de una autoridad militar en el Congreso que, supuestamente, habría de tomar las riendas de la situación, nunca tuvo lugar. Con toda probabilidad se trataba del general Armada, cuyo plan consistía en convencer al monarca de apoyar el golpe, obtener el respaldo de todo el ejército y proponer un gobierno de concentración que incluiría ministros socialistas bajo su presidencia. De hecho, la debilidad del gobierno de la UCD había propiciado en las semanas anteriores rumores acerca de la posible formación de un gabinete extraconstitucional. Esta solución, vagamente inspirada en de Gaulle, chocaba sin embargo con las metas de Tejero, Milans del Bosch y otros militares que se embarcaron en el golpe. Para estos últimos, el modelo no era otro que el golpe a la turca, el ejemplo del general Kevan Evren, que había tomado el poder en septiembre de 1980 e impuesto una dura y represiva dictadura militar. Pretendían restaurar el franquismo sin Franco, siguiendo el rastro de las dictaduras civico-militares sudamericanas, y por tanto su primer objetivo habría de ser una brutal limpieza política mediante métodos violentos.

Xosé M. Núñez Seixas, Lina Gálvez Muñoz y Javier Muñoz Soro, España en democracia, 1975-2011. Volumen 10 de la Historia de España Fontana/Villares.

Con casi una década de retraso, se ha publicado al fin, en otoño de 2017, el último tomo de la Historia de España Fontana/Villares. El dedicado, precisamente, a la aún reciente democracia fundada en España tras la aprobación de la constitución de 1978. Un periodo que para una gran mayoría de la población española se confunde con su trayectoria vital, como es mi caso, puesto que mis recuerdos más lejanos no se remontan más allá de la voladura de Carrero Blanco y la larga agonía del caudillo. Un periodo, asímismo, cuya valoración y balance histórico aún están  por hacer, y que ahora mismo varían entre la adoración más exaltada y la repulsa más indignada. Posturas irreconciliables que incluso se contagiaron a la misma gestación del libro, en principio previsto para finales de la década pasada, pero pospuesto hasta finales de ésta, con cambio de autores incluido.

La causa es que, cuando esta nueva historia de España - con claro acierto izquierdista, no se olvide -  fue pensada, aún estábamos embriagados con nuestra historia de triunfo, aquella imagen de éxito merecido que el presidente socialista Zapatero resumió en una certera expresión, involuntariamente sarcástica: España en la Champion League de la economía. Así, en el volumen 11 de esta misma colección, centrado en la presencia de España en Europa y escrito en gran parte por el historiador económico Juan Pablo Fusi, se realizaba un auténtico panegírico a los logros económicos de una España que, al fin, podía codearse de tú a tú con las grandes potencias. Sí, esos mismos  que nos estallaron en la cara en el 2009, nos abocaron a un estricto rescate por parte de la UE - rescate en todo menos en su nombre -, además de hacer tambalear a la propia monarquía y al régimen surgido de la constitución del 78. Un terremoto social y político cuyas réplicas aún estamos sintiendo, sin que parezca tener una salida claro, mucho menos airosa.

No es de extrañar que, ante esa espiral de acontecimientos sin control, el volumen 10 de la historia Fontana/Villares no sufriera más que retrasos. Entre otras cosas porque, con la aparición inesperada del movimiento 15-M en 2011, se empezaron a escuchar las primeras voces que atacaban el mito de la transición, tanto en la calle como en los ambientes académicos. Además, ese posicionamiento respecto al pasado reciente se convirtió en otra de las líneas de división de la izquierda española, entre viejos que habían contribuido a ese proceso y jóvenes para los que ya era un cuento de abuelos. Esto explicaría la substitución del redactor original del tomo, Santos Julia, defensor a ultranza de la transición, para ser substituido por una terna de historiadores jóvenes. Un desaire del que se resarció publicando, en sincronía con este tomo 10, su propia historia de la transición. Ampliada, eso sí, al periodo 1937-2017.

Pero volviendo al tema histórico ¿Qué fue la transición y cuál es ese mito del que les hablo? Obviamente, no soy un historiador, pero sí les adelantaré algunas impresiones. En primer lugar, que este debate ha sido muy necesario para darnos cuenta que esa pregunta estaba sin responder. Mejor dicho, que las respuestas habituales, rayanas en la propaganda, nos impedían ver para qué sirvió y a quién, cuales fueron sus logros, a qué hubo que renunciar y qué lastres pesan aún sobre nosotros y nuestra democracia.



Lo que ocurre con la versión heredada es que tiene demasiado de cuento de hadas. Según ella, un conjunto de hombres buenos, Suárez, el rey Juan Carlos, Carrillo, González, si me apuran el mismo Fraga, animados de loable altruísmo, dejaron a un lado sus diferencias políticas y pusieron manos a la obra para convertir a España en una democracia moderna. ¿Su objetivo? Un estado homologable con cualquiera de los otros Europeos, avanzado y estable, abierto y respetado, que surgió ya entero y formado de las cabezas de sus progenitores, cual Atenea contemporánea, si fuéramos a creer a sus cantores. Es obvio que si esa versión se perpetúo década tras década, fue porque todos quisimos creerlas. Aunque yo era un niño, luego un adolescente, en el periodo 1975-1982, recuerdo el inmenso horror que se tenía a una repetición de la guerra civil, unida a una evidente disposición a transigir, si con ello se conseguía evitar el conflicto bélico y construir una democracia funcional y garante de las libertades, como finalmente ocurrió.

El paso del tiempo y el efecto desolador de la Gran Recesión ha hecho aparecer grietas en todas esas convicciones. La Europa soñada ha devenido asamblea de mercaderes, interesada en recortar sin freno hasta la amputación del paciente, mientras que nuestra democracia ha descubierto el gusto por el palo, en una deriva represiva cuya amplitud y consecuencias aún están por determinar. En ese contexto, era esperable un giro hacía el desengaño y el escepticismo a la hora de contemplar esa "mayor ocasión que vieron los siglos", como podríamos denominar a la transición. Modificación en la perspectiva tanto más lógica porque no tratamos con santos, ni mucho menos, sino con personajes históricos, con sus intereses y debilidades. Como políticos, además, guiados ante todo por su instinto de supervivencia.

Así, Fraga nunca dejó de ser un franquista convencido, que sólo quería modificar el régimen lo justo para que éste no se hundiera, acción reformista que además de convertirle en su director, le catapultaría a la fama y a la historia. No ocurrió así, como saben, y al final quedó como fundador de AP/PP, continuador y defensor de aquellas esencias franquistas, sólo que ahora con un claro tinte neoliberal. Suárez, por su parte, tras su difícil navegación por los pasadizos y recovecos del régimen, siempre como segundón y futura promesa, se encontró  de sopetón como presidente, sólo y sin casi apoyos en la plana mayor del Franquismo. Una situación que, como bien se ha señalado, le llevó a buscarlos en otra parte para sobrevivir, en concreto en los partidos de la oposición, y a ser más avanzado políticamente que ellos. Actitud que, por una parte, permitió que nuestra constitución albergase derechos sociales que para muchos nunca deberían haber estado allí y que, a buen seguro, intentarán limar, si hay alguna reforma. Carillo, por su parte, enamorado de la ficción que le colocaba a la cabeza de la izquierda, mientras que ésta se soñaba como fuerza mayoritaria aplastante en España, cuando en realidad la mayoría era de la de los conformes, agradecidos y medrosos, mientras que el líder comunista tenía demasiados secretos y defectos que ocultar.

Respecto al rey, pues está claro que lo que interesaba es restaurar la monarquía y evitar que le dieran la patada, como a su abuelo en 1931. Si eso se conseguía con una dictadura o una democracía, pues bienvenida fuera cualquiera de ellas. De ahí, su ambigüedad y astucia, que explicarían silencios, incongruencias e incoherencias por su parte en ciertos momentos de la transición. En lo que se crefiere a Felipe, pues sí, que sus gobiernos construyeron el estado de bienestar en España - ése que el PP parece empecinado en desmontar -, pero no es menos cierto que poco a poco dejo filtrarse corrientes neoliberales en su labor de gobierno. Algunas desde el primer día, como la reconversión salvaje de primeros de los ochenta o su repentina conversión proatlantista. No hay que sorprenderse, por tanto, que haya acabado de vocero de los grandes poderes industriales y haya emprendido una cruzada por convertir al PSOE en un partido "turnista", vacío de toda ideología que no sea la de preservar el régimen, como lo fuera el liberal de Sagasta en la restauración.

Preguntas, preguntas, preguntas. Demasiadas, algunas sin respuesta y otras de las que no se puede aventurar nada, no sea que... ¿Y respecto al libro, entonces? Pues que aunque se atreve a señalar algunos aspectos clamorosos de los que se suele apartar la mirada, siguiendo esa estela crítica y revisionista abierta en el 2011. sigue cometiendo dos graves errores. El reducir la historia reciente a gobiernos y rifirafes entre partidos, como si eso fuera lo único importante, de manera que sigue quedando en penumbra una cuestión esencial: Cómo y por qué cambió España. Cómo fue que pasamos de ser un país de alpargata, casi un enclave exótico ahí en el sur, para turistas, hippies y aventureros, a un país que aspiraba a la modernidad y a ser uno de los motores de Occidente.

Y cómo fue que luego se torció todo y nos pegamos el gran trastazo.

Nota: Se me había olvidado "juzgar" a Carrillo.

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