jueves, 8 de septiembre de 2016

El gozne (I)

Schließlich: Das 19-Jahrhundert erfand die Aufzeichnung von Erscheinungen der äußeren Realität durch technische Apparate mittels optischer und chemischer Verfahren. Dies hatte kolossale Folgen für die spätere Erinnerung an die Epoche. Ein Schnitt geht dort durch das Jahrhundert, wo eine Bilddokumentation beginnt, die wir als authentisch anerkennen. Niemand weiß,   wie Ludwig van Beethoven, gestorben an 1827, wirklich aussah, aber wir wissen es von dem schon sterbenskranken Frédéric Chopin, der bis 1847 lebte. Von Franz Schubert gab es nur gemalte Portraits, der fünf Jahre ältere Gioachino Rossini lebte lange genug, um noch im Studio Nadars, des grössen Porträtisten, abgelichtet zu werden.

La transformación del mundo, Jürgen Osterhammel

Finalmente, el siglo XIX descubrió la representación del aspecto de la realidad externa mediante aparatos técnicos que utilizaban procesos químicos y ópticos. Esto tuvo consecuencias radicales para el recuerdo posterior de esa época. Una cisura cruza el siglo, a partir de donde comienza la documentación fotográfica, que reconocemos como auténtica. Nadie sabe, cual era el aspecto real de Ludwig van Beethoven, muerto en 1827, pero conocemos el del ya enfermo de muerte Federico Chopin, que vivió hasta 1847. De Franz  Schubert sólo hay retratos pictóricos, Giacomo Rossini, cinco años mayor, vivió lo suficiente para ser fotografiado en el Estudio Nadar, el gran retratista.

Desde hace ya varios domingos, vengo leyendo el libro del que les he incluido un fragmento. Se trata de una obra monstruo por dos razones: intentar abarcar el "largo" siglo XIX a un nivel mundial y utilizar para ello más de 1300 páginas, además en letra pequeña y apretada. Sin embargo, el principal problema que se le puede reprochar a esta obra no es éste, sino, paradójicamente, que se hace corta. Osterhammel acumula y compara multitud de fenómenos esparcidos por todo el mundo decimonónico, apila y enumera innumerables datos ilustrativos de la realidad de esa época, pero sin llegar a agotarlos, sin pasar de construir una mera introducción, una toma de contacto, detrás de la que se esconde una realidad mucho mayor, que exigiría no ya miles de páginas, sino decenas de miles. Dedicarle la vida completa.

Por ponerles un ejemplo de cuánto cuenta y cuánto se intuye que queda sin decir. Durante decenas de páginas Osterhammel discute una pregunta central en el estudio del siglo XIX. ¿Cuánto abarca? Normalmente se suele considerar que es un siglo "largo", opuesto a uno corto como sería el XX. Abarcaría desde el estallido de la Revolución Francesa en 1789 hasta la catástrofe de la Primera Guerra Mundial en el siglo XIX. Sin embargo, ambos límites son inadecuados, abarcan demasiado y contienen demasiado poco. No son comparables el mundo de 1800 con el mundo de 1900, puesto que la distancia entre ellos es abismal, como si pertenecieran a ámbitos completamente separados. 

En 1800, Europa es aún premoderna, sin que los pocos avances técnicos ya conocidos - la máquina de vapor o el telar mecánico -  hayan penetrado en la sociedad, mientras que otros futuros quedan aún muy lejanos o son simplemente inimaginables, como el barco de vapor, la locomotora, la fotografía o el telégrafo, por nombrar unos pocos. El mundo de 1900, por otra parte, se encuentra en y a punto de una revolución científica y cultural que pertenece ya plenamente al siglo XX. Se ha inventado ya el cinematógrafo y se está procediendo a un uso masivo de la electricidad, tanto industrial como domésticamente. Por otra parte, a punto están de materializarse el avión y la radio, además de cambio radical sin precedentes en la física teórica - la relatividad y el mundo cuántico - acompañada por un vuelco estético radical en el que aún vivimos.

Este alejamiento entre dos mundos decimonónico, nos lleva a otra paradoja: hay que segmentar ese siglo largo y al mismo tiempo extenderlo. Como dice Osterhammel, hay que distinguir al menos otros tres subsiglos XIX, primero el que llama el Sattelperiod y que nosotros conocemos como época de las revoluciones, de 1798 a 1848. Luego un vendría periodo central, el victoriano, que es el que identificamos corrientemente como siglo XIX y que se caracteriza por el triunfo de la burguesía y de sus ideales, abarcando hasta 1890. El último periodo, el fin de siècle,  sería tanto una coda como un preludio, ya que en el se concebirían técnicas, ideas y fenómenos que alcanzarían su plasmación plena en el siglo XX, como el socialismo o la vanguardia estética. De ahí la paradoja, puesto que para entender el siglo XIX, hay que realizar excursiones al siglo anterior y posterior, A un XVIII donde se van a preparar las ideas revolucionarias y liberales que marcarán la evolución del siglo, y a un XX marcado por los logros del XIX... y por el rechazo consciente a la ideología del periodo victoriano.

Seit dem Krimikrieg wurden alle Kriege, an denen Europäer oder Nordamerikaner beteiligt waren, auf Photomaterial festgehalten. Vom großen  Taiping-Aufstand in China (1850-64) gibt es keine Photographien und auch sonst kaum bildliche Darstellungen, während gleichzeitig der Amerikanische Bürgerkrieg (1861-65) im Bildgedächtnis der Nachwelt tief verwurzelt ist. Ein einziger Photographer, Matthew B. Brady, belichtete auf und zwischen Schlachtfeldern mehr als 7000 chemisch präparierte Glasplatten.

Desde la guerra de Krimea todas las guerras en las que participaron Europeos o Norteamericanos cuentan con material fotográfico. Del gran levantamiento Taiping en China (1850-1864) no existe ninguna fotografía e incluso casi ninguna representación pictórica, mientras que la coetánea Guerra Civil Americana (1861-65) ha quedado profundamente enraizada en la memoria visual de la posteridad. Un único fotógrafo, Matthew B. Brady, impresiono en los campos de batallas más de 7000 placas de cristal preparadas químicamente.

En relación con este siglo XIX que se sale de su marco temporal y que al mismo tiempo exige ser subdividido, se puede añadir otro concepto no menos importante: el de gozne. Más que cualquier otra época, el XIX, en tanto que tránsito de la premodernidad a la modernidad, puede describirse como una serie de puntos sin retorno. Umbrales que modificarán el mundo hasta hacerlo irreconocible y tras los cuáles es imposible la vuelta al estado anterior, a no ser que no se produzca una catástrofe planetaria, ésa que ahora puede estar tan cercana en forma de cambio climático. El siglo XIX asímismo sería también la historia del modo que la modernidad, en su vertiente europea, se va extendiendo a lo largo del mundo y cuándo se produce el cruce de esos punto de inflexión en otros lugares. Tendríamos por tanto, que ese siglo XIX largo sólo sería aplicable estrictamente para Europa - y las muchas Europas hijas de las Américas - mientras que en el resto del mundo empezaría en instantes muy distintos, muy tardíos en amplias regiones de África, para las que sólo comenzaría con la oleada colonialista de 1885, tras el congreso de Berlín.

Un ejemplo claro de estos umbrales, casi mejor que cualquier otro, es el caso de la fotografía en la década de 1830 - y del cine en la de 1890 -. De repente, alcanzamos la posibilidad de crear un registro preciso, objetivo y honesto de la realidad. Podíamos ver otros lugares y otros tiempos como si hubiéramos estado allí, mientras que antes teníamos que confiar en la habilidad y la sinceridad de otros. Como dice Osterhammel, no sabemos realmente cual era el rostro de Beethoven, muerto antes de la invención de la fotografía pero sí el de Chopin, de manera que entre ambos, casi contemporáneos estrictos, se extiende un abismo similar al que nos separa del siglo XV y XVI, cuando la pintura ilusionista nos ofreció una primera ventana verosímil al mundo real.

Desde un punto de vista histórico, el salto no es menos transcendental. Dos décadas después de la invención de la fotografía, en la década de 1850, empezamos a tener un registro fotográfico de los acontecimientos políticos, especialmente los bélicos. Nuestra percepción de esos conflictos, continuada en el cine y la ficción televisiva, se halla fundamentada en esas imágenes tomadas por los primeros fotógrafos en tal medida, que ya no sería posible para un artista vestir a los soldados de la guerra civil americana con uniforme contemporáneo, como podían hacer por ejemplo los pintores del siglo XV y XVI al ilustrar la historia sagrada.

Sin embargo, esta solidificación del recuerdo sólo se aplica al ámbito Europeo o el de las guerras libradas por europeos. Incluso tiene un efecto más perverso: el de ocultar a la memoria, por su ausencia de fotografías, la existencia de otros conflictos en Asia o África. Esa es la razón de la referencia de Osterhammer a la rebelión Taiping en China, guerra de la que pocos de nosotros hemos oído hablar a pesar de coincidir con la Civil Americana, tan pródiga en películas y libros. Y eso a pesar de que la rebelión Taiping es una de las guerras más mortíferas de los últimos dos siglos, superada sólo por las dos guerras mundiales... e incluso, dependiendo de las estimaciones, en segundo lugar en número de muertos, por encima de la Primera Guerra Mundial

Una importancia que no se debe sólo al "body count", sino a que pudo haber cambiado la historia del mundo, puesto que los líderes de esa rebelión se proponían modernizar China y abrirla a las influencias exteriores. Imagínense ahora una China que sigue el ejemplo japonés, sólo que 18 años antes. Piensen en una potencia asiática de su tamaño que se dota de un ejército y una marina moderna, de manera que no sólo puede hacer frente a una Rusia debilitada, sino a un Imperio Británico o a los EEUU.

What if que casi nadie se plantea, puesto que se trata de una guerra olvidada, sin memoria fotográfica, ni recreaciones cinematográficas.