martes, 13 de septiembre de 2016

Leyendo a Camus (VII): L'Etat de siège

LA PESTE: Je suppose que vous m'avez déjà compris. A partir d'aujourd'hui, vous allez apprendre à mourir dans l'ordre. jusqu'ici vous mourriez à l'espagnole, un peu au hasard, au jugé pour ainsi dire. Vous mourriez parce qu'il avait fait froid après qu'il eut fait chaud, parce que vos mulets bronchaient, parce que la ligne des Pyrénées était bleue, parce qu'au printemps le fleuve Guadalquivir est attirant pour le solitaire, ou parce qu'il y a des imbéciles mal embouchés qui tuent pour le profit ou pour l'honneur, quand il est tellement plus distingué de tuer pour les plaisirs de la logique. Oui, vous mourriez mal. Un mort par-ci, un mort par-là, celui-ci dans son lit, celui-là dans l'arène : c'était du libertinage. Mais heureusement, ce désordre va être admi-nistré. Une seule mort pour tous et selon le bel ordre d'une liste. Vous aurez vos fiches, vous ne mourrez plus par caprice. Le destin, désormais s'est assagi, il a pris ses bureaux. Vous serez dans la statistique et vous allez enfin servir à quelque chose. Parce que j'oubliais  de vous le dire, vous mourrez, c'est entendu, mais vous serez incinérés ensuite, ou même avant : c'est plus propre et ça fait partie du plan. Espagne d'abord !

Albert Camus, Estado de Sitio

La Peste: Supongo que ya me han comprendido. A partir de hoy, van a aprender a morir en orden. Hasta ahora morían a la española, un poco al azar, al capricho por así decirlo, Morían porque hacía frío después de hacer calor, por que vuestras mulas se constipaban, porque la línea de los Pirineos estaba azul, porque en primavera, el río Guadalquivir atrae a los solitarios, o porque hay de imbéciles embozados que matan por la ganancia o por el honor, cuándo es más distinguido hacerlo por el placer de la lógica. Si, Uds. morían mal. Un muerto, aquí, otro allá, éste en su lecho, el otro en la plaza: Un libertinaje. Pero afortunadamente, este desorden va a ser administrado. Una única muerte para todos y siguiendo el bello orden de una lista. Tendrán sus expedientes y no morirán por capricho. El destino, desde ahora, se ha asentado y ha abierto sus oficinas. Uds. formarán parte de la estadística y por fin servirán de algo. Se me olvidaba decírselo, Uds. morirán, por supuesto, pero serán incinerados inmediatamente, o incluso antes: es más limpio y forma parte del plan. ¡España ante todo!

Cuando leí por primera vez L'État de siège, allá en mi juventud en los años ochenta, me sentí un tanto defraudado. Viniendo, como todos mis contemporáneos, de leer La peste, esta obra de teatro me parecía ligera y frívola, puesto que la seriedad del tema estaba plasmada con un tono de comedia que me recordaba al teatro de títeres y la farsa, no a la tragedia que debía ser, y que había sido la novela anterior.

Mi apreciación ha cambiado completamente tras esta segunda lectura. En parte porque en mi primer encuentro no llegué a hacer una conexión evidente: que novela y pieza teatral son variaciones sobre un mismo tema. El mismo Camus indica en el prefacio - o advertencia como él lo llama - que la obra es producto de una colaboración con el director teatral Jean-Luis Barrault. Este último llevaba desde 1941 pensando en montar una representación sobre el mito de la peste y al enterarse de que Camus estaba escribiendo una novela sobre el mismo tema, le propuso hacerla entre ambos.

Como Camus advierte, no se trata de una versión teatral de la novela, sino de una reescritura de las ideas que llevaron a concebirla. Aunque ese fondo argumental es el mismo en ambas obras - una ciudad presa de la peste - la plasmación es completamente distinta, en gran parte por la intervenciones escénicas de Barrault que le dan esa artificiosidad teatral - de grand gignol - que tanto me molestaba en mi primera lectura y que ahora me parece tan pertinente. Esa atmósfera de algo representado y fingido, tan opuesta al realismo estricto de la novela, es subrayada por el mismo Camus, quien convierte a la peste - y a la muerte - en dos personajes centrales de la obra, otorgándoles la voz de la que carecían en La Peste.

Allí eran presencias abstractas, irracionales, inalcanzables e impredecibles. Indiferentes al destino de los humanos y semejantes al más puro azar. Aquí sin embargo son fuerzas activas que pretenden una transformación radical del mundo, aunque sea para convertirlo en un inmenso cementerio ordenado de manera racional.

Esta personificación de la Peste y la Muerta conlleva otra modificación. L'État de Siége es mucho más política que su predecesora, en el sentido de ser más directa y explícita. La Peste, como ya sabrán, nació como una alegoría de la ocupación nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, pero esta referencia era sublimada y rarificada hasta que poco quedaba de ella. Se convertía así en universal y atemporal, en la expresión de un estado de ánimo y una visión del mundo: la consciencia del mundo como vacío y absurdo, frente a la que era necesario inventar unas razones de combate que nos permitieran seguir viviendo y no suicidarnos. Problema, condiciones y solución que habían obsesionado a Camus desde L'Étranger y Le Mythe de Sisyphe.

En L'État de Siège sin embargo, la peste y su secretaria la muerte son proponentes de un sistema político, aunque absurdo, que por esa misma razón admite la posibilidad de oposición, subversión y rebeldía. Un orden nuevo que, evidentemente, tiene muchos rasgos de la arbitrariedad del ocupante nazi, pero que por sus mismos rasgos totalitarios admite la translación al otro extremo del espectro político: los múltiples sistemas comunistas al modo soviético. La sociedad de los apestados se organizaría así de una manera estrictamente reglada y compartimentada, sin que nadie pueda escapar a sus atenciones y protección.

Esa regulación no se propone organizar la sociedad de ninguna manera, lógica o absurda, sino detectar quienes son rebeldes en potencia, quienes son colaboradores dispuestos y quienes ovejas a las que se puede manejar a su antojo y sin quejas, incluso para llevarlas al matadero. Esa clasificación, sin embargo, no es un objetivo, sino un requisito. El primer estadio de una sociedad pestífera es, precisamente, la eliminación de todos aquellos que se niegan a ser apestados. Todo aquél que pretende mantener un mínimo de libertad, personalidad, privacidad o criterio propio.

Toda sociedad de apestados, por tanto, se revela como industria de la muerte, matadero colectivo que aparenta depurar la población de desafectos, pero que en realidad no es sino expresión en acto del absurdo. Simplemente porque las reglas que deciden quien es apestado y quién no lo es, quien debe morir primero, en definitiva, se hallan en constante cambio y modificación. La seguridad de hoy no implica ninguna salvaguarda para el mañana, más bien al contrario. Ni aún cuando la colaboración con el negociado del exterminio sea completa y sin fisuras.

¿Hay solución a este estado de cosas? Como les indicaba, L'État de siège es una obra eminentemente política, así que debe ofrecer una solución de ese estilo. Como es de esperar en Camus, ésta se expresa en la rebeldía, más concretamente en un concepto central en su pensamiento desde este momento: la pérdida del miedo. Sólo aquellos que se atrevan a desafiar a la muerte y no teman ser víctimas de ella podrán enfrentarse a la sociedad pestífera y vencerla. La muerte del héroe se convierte así un requisito para el triunfo, como en los cuentos de hadas y leyendas populares, pero no vale cualquier muerte.

Tiene que ser aquélla que se construya sobre el no claudicar, el no ceder en los ideales, el convertir a estos en la razón y la causa de esa aniquilación personal.

Porque si se da un paso atrás, si concede, todo se habrá perdido.