sábado, 17 de septiembre de 2016

Primeros pasos






























No había visto aún Ivánovo detstvo (La infancia de Iván, 1962) de Andréi Tarkovsky y debo decirles que me ha defraudado un tanto. Una opinión que me hace sentirme algo culpable, puesto que Tarkovski es uno de mis directores fetiche, desde que viera Andréi Rubliov (1966) hace ya la friolera de treinta años.

El problema con Ivánovo detstvo no es que sea una película mala, sino que es una obra notable. En muchos aspectos no está a la altura de la evolución posterior de Tarkovski, esa continua investigación en el qué y el cómo de la cinematografía que le llevó a adentrarse en territorios inexplorados. Aquéllos precisamente que una legión de directores contemporáneos está intentando cartografía. Ivánovo detstvo, por el contrario, es una película típica de en su tiempo, englobada en un género, el del frente ruso en la Segunda Guerra mundial, que era un trámite obligado para cualquier director soviético que quisiese llegar a algo.

Sobre ella pesa también el hecho de tratarse de una primera obra en formato largo. Aquella película, en palabras de Tarkovski, que debía servir de prueba para decidir si valía la pena continuar por el camino de la creación cinematográfica. Debido a esa condición de primer ensayo, hay evidentes torpezas, entre ellas, una tendencia hacia una poesía demasiado llamativa, que en algunas ocasiones parece metida con calzador.

No es que esta poesía no sea necesaria. La historia de Ivánovo detstvo es precisamente la un niño a quien la guerra le ha robado su infancia, arrebatándole además todos aquellos a quienes quería y conocía. El ejercito y la muerte han terminado por ser su familia y su mundo, por lo que se hace necesario descorrer un poco el telón hacia lo perdido, para que así sea posible apreciar mejor el contraste desolador con el presente.

Esa comparación entre horror presente y paraiso perdido habría servido en una película americana para extensísimos flashbacks plenos de sensiblería. Se hubiera perdido así una idea básica, sin la cual la película se desmoronaría por completo. La realidad en la que vive Iván es la de la matanza sin sentido, sin posibilidad de escape, por lo que esas fugas hacia un pasado feliz deben ser efímeras, quebrarse casi al momento de concebirse, como esos sueños de los que despertamos a la mitad, sin conocer el final y que pronto olvidaremos. Sólo así sera posible compartir el dolor sin término que le atenaza.

Este rigor narrativo en la administración del recuerdo apunta ya al estilo mayor de Tarkovski. En él, los flasbacks desaparecen por completo, de manera que sus películas sólo avanzan en una dirección: hacia adelante. No es que el pasado no exista, no sea importante o haya sido olvidado. Muy al contrario, sigue pesando como una losa sobre los protagonistas, pero lo que ocurre es que sólo se nos revela por alusiones y palabras descuidadas. Somos nosotros, los espectadores, quienes tenemos que reconstruir el rompecabezas, puesto que los personajes no compartirán sus experiencias con nosotros. No quieren, no lo necesitan o no serviría para nada.

Conseguir que esta ocultación funcione obliga a utilizar una mirada contemplativa por parte del espectador y por parte también del director. Se trata de una intensidad en el acto de ver, de obligarnos a mirar con fijación para que no se nos pierda un detalle, que es característica del cine posterior de Tarkovski y está ya de manera completa en Ivánovo detstvo. No sólo en permitir que los personajes se explayen ante la cámara, sin interrumpirles con el montaje, sino sobre todo en una atención obsesiva al entorno y al paisaje.

A los lugares en que vivimos, por los que transitamos, y a los que raramente dedicamos un pensamiento, pero cuya presencia constante determina nuestra vida.