viernes, 23 de septiembre de 2016

Compromiso





















Andréi Rublev (1962), de Andréi Tarkovski, es una de esas películas que no conseguido olvidar desde que la primera vez que la vi y con la que me ido encontrando múltiples veces a lo largo de mi vida, yo y todos los yos que he sido. Esa primera vez tuvo lugar en los años 80, gracias a esos ciclos de medianoche de la segunda cadena de la televisión, a los que teníamos acceso gracias a la posibilidad de programar la grabación que permitían los vídeos VHS. Esa práctica tenía sus riesgos, no lo niego, el mayor el calcular mal el tiempo y quedarte sin el final, o bien pillarla ya empezada, como me ocurrió con Andrei Rublev. Casi 45 minutos más tarde para ser exactos, lo que en una película de tres horas sigue siendo un buen mordisco.

Sin embargo, casi podría decir que esa mutilación favoreció mi enamoramiento por esta película. Aterricé en la secuencia en que Andrei, el pintor medieval ruso cuya biografía imagina esta obra, tiene una visión de la pasión de Cristo. Visión que no tiene nada de ultraterreno ni de fantasmagórico, sino que parece ocurrir en el mismo presente del protagonista, a cargo y sufrida por personas que bien podrían pasar por sus contemporáneos. De hecho, parte de la fuerza de la escena estriba en su realismo y cercanía es tal, que no sabemos si estamos asistiendo a una ejecución real, la de un hereje o un pagano de los existentes en aquel entonces y de los que pronto sabremos muy bien hasta que grado son perseguidos.

Ese sentir religioso, cercano y urgente, recorre de un extremo a otro toda la película y entronca con un misticismo que no abandonará a Tarkovski en toda su carrera. Sin embargo, esta religiosidad no es heterodoxa, segura y cierta,  sino que se trata de una fe dolorosa, asediada y fundamentada en las dudas, siempre enfrentada a la gran objeción que supone el dolor humano... aumentado por la injusticia y crueldad que introducen aquellos que dicen defender la verdadera religión, sea cual sea ésta. Se trata asímismo de un rasgo muy ruso, piensen sólo en Dostoievsky, en el que la creencia verdadera en la divinidad se expresa como búsqueda angustiada en cuyo transcurso se ponen en cuestión los mismo fundamentos  de partida. 

Un modo, un dolor y un acicate que se ajustaban con particular precisión a mi yo de ese antaño, siempre pendulante entre la fé y el escepticismo, sin llegar a decidirme. Al final, ganó el ateísmo, la crisis pasó, y, al menos ese aspecto, alcancé serenidad, tranquilidad y equilibrio. Lo que no evita que, en ocasiones especiales, sea capaz de resincronizarme con mi profunda de angustia de entonces, como mis ansias de eternidad y permanencia... como ocurre con esta película.

Sin que haya asomo de la burla y escepticismo con que contemplo habitualmente el hecho religioso. Sin que me sea posible situarme al margen, por encima y aparte de ese hecho general a la humanidad, sino que éste, por el contrario, me suma y abrume.















Sin embargo, si ese sentir es una excepción ya en mi sentir y pensar diario, no lo es con el otro tema principal de la película: el lugar del arte en el mundo, la importancia de la creación artística en nuestras vidas. En este punto somos Tarkosvky y yo los desclasados, enfrentados a un nueva sensibilidad en la que todo es válido y prescindible, nada es decisivo y permanente.

Sin embargo, para los dos Andréi, el pintor y el cineasta, el arte es irrenunciable. No cualquier arte, sino el más excelso, el que se deja la piel en el intento, aquel que busca, ni más ni menos, raptar la belleza divina y obligarla a vivir en este mundo. Para que la contemplación, aunque sea imperfecta, fallida y mentirosa, de esa belleza sobrenatural y ultraterrena, nos permita seguir viviendo en este mundo que no deja de ser infierno, cárcel y manicomio.

Es precisamente la altura y nobleza de esa misión - de esa auténtica vocación en el sentido religioso del término - el único motivo que, paradójicamente, puede llevar a no cumplirla. A abandonar el arte y cesar en su práctica. A apartarse del mundo y callar para siempre, arruinando los dones que fueran concedidos, reprimiendo todos los deseos e inclinaciones. Porque si este mundo es condena y locura, indefectiblemente destruirá cualquier objección a su ilógica coherencia. Tanto más cuanto más bella y pura sea. Con mayor crueldad y ensañamiento en la misma medida.

Los dos Andréi, por tanto, verán su obra destruida o mutilada. Desmentida y negada por aquellos que sólo creen en el poder y la violencia, de manera que el arte sólo puede ser herramienta y soporte de ambiciones y dominio. Temor a ser silenciado, a que todo trabajo resulte inútil, estéril, e infructuoso, a que gane y triunfe la bajeza y la abyección, que Tarkovsky proyecta en Rubliev, haciendo que éste último abandone definitivamente su arte, su talento y su maestría. Porque son inútiles, porque mostrar la belleza en este mundo de miserias sólo sirve para hacer más dura e insoportable la existencia. Especialmente al contemplarlo mancillado y humillado.

Callar y consentir. Claudicar y rendirse. Y sin embargo, no. Porque sólo el acto de crear, sean cuales sean sus consecuencias, ya es un acto de rebeldía suficiente. Aunque nada quede después, aunque todo sea destruido y su recuerdo se borre por completo. Aunque nadie sepa nada de él y los que te rodean te den la espalda y prefieran no enterarse.

A pesar de todo ello, hay que seguir creando. Porque la mayor traición, la mayor derrota, sería traicionarse a uno mismo. No ser lo que se es. 

No hacerlo realidad.