domingo, 23 de diciembre de 2012

The World at War (y XIV): Home Fires, Britain 1940-1944










Había señalado ya como uno de los problemas de The World at War, para un público no británico, es precisamente su anglocentrismo. Así ocurre que tras haber dedicado un capítulo entero a la guerra olvidada en el frente indo-birmano, el siguiente se centra en la situación en la propia Inglaterra, lo que en ese idioma se llama muy elocuentemente Home Front y que nosotros suplimos con la poco descriptiva palabra retaguardia.

No obstante, en este caso el anglocentrismo se ve compensado con una de las grandes virtudes de la serie, heredada de la revolución que los sesenta trajeron en el modos de narrar la historia. Se trata, como se puede imaginar, que el relato de un conflicto ya no es la narración de los acontecimientos bélicos, vistos desde la mente de algunos de sus generales, sino ante todo y sobre todo, como experimentaron esos hechos la gente normal, del soldado raso al ama de casa. En ese sentido, la radiografía de la sociedad británica en tiempo de guerra y de los cambios esenciales que esta trajo, resultan especialmente instructivos, al despejar bastantes de los mitos con que ese tiempo se ha contado. Mitos que, extrañamente, han vuelto a resucitar en nuestro tiempo, al mismo tiempo que otros más siniestro.

El mito de esos años de guerra es, por supuesto, el de la union sacrée del pueblo británico con la figura heróica de su lider Winston Churchill, expresado en rasgos que llegan a ser los de una auténtico culto de la personalidad. En ese panteón de la gloria británica, como en esos cuadros de historia del XIX, estaban aquellos few que habían derrotado a la Luftwaffe, protegiendo a una población que había aceptado cualquier sacrificio. Lo cierto es que si bien la RAF había conseguido negar el dominio de los cielos a la aviación alemana, se había revelado particularmente incapaz de combatir las incursiones nocturnas alemanas, con el resultado de que ciudad tras ciudad inglesa fueron practicamente arrasadas hasta los cimientos, en un anticipo de la aniquilación total que la RAF desencadenaría años más tarde sobre las ciudades alemanes, aunque sin pérdidas humanas tan terribles como estas últimas.

La reacción de la población no fue completamente de desafío desdeñoso, como no ha hecho creer el mito del Blitz. En realidad, la situación fue tan grave que el gobierno británico dejo de informar de las ciudades habían sido alcanzadas y del número de víctimas, impidiendo además que se mostrasen imágenes de la destrucción causada por los bombarderos, excepto cuando se trataba de visitas oficiales para levantar la moral. Que está pudo haberse desmoronado, lo demuestra el fatalismo, rayano al derrotismo, con que la población inglesa afrontó la ofensiva de V1 y V2 en 1944, en un momento en que su resistencia estaba ya minada por cinco años enteros de guerra, con lo que cabe imaginar que habría ocurrido si los bombardeos en masa de la Luftwaffe se hubieran producido en esa fecha tardía y no en 1940.

Por otra parte el mito de esa Inglaterra unida tras un líder que los guiaba con pulso firma se cuartea fácilmente si se tiene en cuenta que fueron varias veces en las que el Parlamento estuvo a punto de relevarlo de sus funciones, especialmente en momentos como el verano de 1942 en que fracaso tras fracaso, se acumulaban en el bando británico. Esta desafección se fue haciendo más patente en las sucesivas elecciones parciales que tuvieron lugar durante la guerra, perdidas una y otra vez por el partido conservador, hasta culminar en la debacle de 1945, en la que el Reino Unido dejo claro que Churchill no era la mejor opción para el tiempo de paz, pero sobre todo, en las huelgas de los mineros contra los turnos abusivos a los que se vieron sometidos por falta de mano de obra, movilizada por el conflicto, y que amenazaban el corazón de la maquinaría bélica británica.

El gobierno británico, curiosamente, tomó en esta ocasión la decisión de no sancionar a los mineros, por imposibilidad y por la necesidad de mantener abastecidas la industria bélica, reforzando sus filas con jovenes que fueron reclutados y mandados a las minas en vez de al frente algunos por periodos de casi un lustro. Esta solución nos muestra otro aspecto que a muchos les parecerá increíble, el hecho de que la economía brítánica, a pesar de tener un gobierno conservador, se transformó en una economía dirigida en los años de guerra, en la que los ministerios decidían qué debía producirse, cuando debía entregarse y cómo debía distribuirse, sin contar con que amplios sectores de la población, las mujeres, por ejemplo, fueron reclutadas para el trabajo en las fábricas, realizando una auténtica movilización total de los recursos del país, casi a la soviética y en una medida que no fue alcanzada por el régimen nazi hasta casi los últimos meses del conflicto.

Fue en esta Inglaterra convertida en fortaleza y con un estado intervencionista de tintes casi socialistas - opuesto por tanto a toda la teoría liberal que había nacido y crecido en este país - pero al mismo tiempo con un respeto si límites por la teoría y la práctica de la democracia - expresado en la pervivencia de la libertad de prensa - que nacería una de las grandes conquistas sociales del siglo XX, el welfare state, en el que el estado se ocuparía de mantener el bienestar de la población utilizando el dinero de los impuestos, y que en aquel entonces parecía la evolución lógica de una situación en que el estado se había rebelado como la única fuerza capaz de movilizar y organizar las fuerzas de un país entero.

Una conquista, la del estado del bienestar que durante el resto del siglo XX y la primera década del XXI pareció consustancial a la idea de Europa, a pesar de los ataques neoliberales, pero que una crisis de la misma gravedad que la de 1929, ha venido a derribar y destruir, para nuestra desgracia y la de nuestros descendientes.