lunes, 24 de diciembre de 2012

Ordeal



































Debo advertirles que me es imposible realizar un análisis racional, desapegado, de la Pasión de Juana de Arco que Carl Theodor Dreyer rodara allá por 1928. No se trata tanto de que ya esté todo dicho - y mucho mejor de lo que mi atrevida ignorancia pudiera hacerme creer - sino que la visceralidad con que afronto esta película en cada ocasión me impide observarla con el necesario desapego - ése que nos lleva a contemplar las obras de arte como si en realidad no nos importasen en absoluto - que permitiría un auténtico análisis crítico.

Esa implicación exagerada, fuera de toda medida, impropia de algo que en sí sólo es ficción, completamente irreal, y por tanto sin influencia sobre el duro oficio de vivir, ese que consiste en encontrar hoy el pan nuestro de cada día, se expresa en mí de dos maneras completamente opuestas. Por un lado, un miedo cercano al pánico, que me atenaza en los momentos previos a que comience la reproducción de la obra. Ya soy un hombre de cierta edad, para los que sólo queda el descender de cualquier altura que hayan conquistado en el pasado. Alguien demasiado cuyas ilusiones, sueños y deseos han ido quedando reventadas en las cunetas del camino de su vida. Alguien, por tanto, demasiado cercano a esos clérigos ancianos que torturan despiadadamente a pequeñe Juana, obligados a ello por esa experiencia amarga basada en el desengaño que no admite contradicción y réplica alguna, ni por supuesto la prueba visible de que hubiera bastado un poco más de entereza, de voluntad, para que todo, absolutamente todo, se hubiera tornado completamente distinto.

A este temor se une, sin solución de continuidad, un sobrecogimiento cercano a la experiencia extática. Según aparecen los primeros fotogramas de la película, según los rostros despiadados de los clérigos se van contraponiendo al rostro inocente de Juana, dejo de ser yo mismo, mejor dicho, vuelvo a ser yo mismo, no este cuerpo viejo, este alma escéptica y desengañada, que ya no puede concebir ilusión alguna, ni mucho menos enamorarse y apasionarse, me desprendo de todos esos lastres y ataduras con el que el tiempo me ha ido abrumando y me reencuentro con aquel joven de apenas 17 años, que se quedo despierto hasta altas horas de la noche para ver el pase televisivo de esta cinta - ni videos, ni mucho menos Internet, existían en aquel entonces - y que luego no pudo dormir el resto de la noche, su mente atrapada en el torbellino de imágenes que acababa de presenciar, incapaz de aquietarse y mucho menos de silenciarlas.

Debo haberla visto ya cuatro, cinco veces, y siempre vuelve a replicarse esa exaltación, tan propia de una juventud que ya casi he olvidado, tan extraña en la vejez que pronto será mi único tiempo. La película me atrapa y me subyuga, hasta dejarme extenuado, obligándome a ver cada uno de sus fotogramas, cada uno de esos primero planos inolvidables, perfectos en su desequilibrio, hasta que repentinamente me encuentro con la pantalla en negro, naúfrago de mi mismo, obligado a levantarme del silló y reanudar todos esos gestos, todas actividades que me permiten seguir viviendo y viendo cine y disfrutarlo, pero que en realidad, se que no tienen importancia alguna, que no son más que un cúmulo de absurdos al que hemos decidido atarnos, porque ninguno tenemos la entereza, ni la fe, ni la voluntada de Juana, para romper definitivamente con este mundo y seguir nuestro camino, ese que sabemos cierto y verdadero.

Y no me queda otro remedio que guardar el disco, clasificarlo en el lugar más recóndito del armario y dejarlo allí encerado durante varios años, temeroso de que si vuelvo a ver esta película antes de que la haya olvidado casi por completo, se derrumbe ante mí y me quede solo entre las ruinas, o mucho peor que me lleve a quebrantar mi rutina, a ser por primera vez, antes de que la muerte me borre por completo.