lunes, 31 de diciembre de 2012

Circles of hell

The foot soldiers of the Werhmacht brought terror to Stalingrad, just as the Luftwaffe had before them. The bombardment and the SS-orchestrated deportations were only part of it. There were reprisals against civilians who were suspected of helping their own armed forces; there were random acts of callousness or downright sadism. And there was the fact that German troops were under order from Paulus to live up from the land. This meant that stealing the food and (later on) the warn clothing of the civilian population was an everyday necessity for the men of the Sixth Army. If the Russians starved or froze to death as a result, so what?
But the cruel actions of the German at Stalingrad were no merely an outworking of the vagaries of war. They were part of an intentional nazi policy to Subjugate the Sovier people as a whole. The “extreme conception” that Winston Churchill had remarked upon before the war . an utter lack of compassion towards non combatants and complete contempt for the normal rules of engagement - were now part of the military philosophy of the German armed forces.Hitler has spelled this out explicitly. In March 1941, when plans for Barbarossa were far advanced, he had warned his filed commanders that this conflict was to be something of an entirely different nature from previous campaigns.

Jonathan Bastable, Voices from Stalingrad

Hablaba ayer de como el adoctrinamiento en los sistemas totalitarios lleva a que amplios sectores de la población asuman como suyos los ideales del régimen, por muy absurdos o crueles que sean. Si bien este procedimiento funciona en todos los sectores de edad, es especialmente efectivo entre la niñez y la juventud - las personas mayores suelen responder mejor a la coacción - puesto el que crecer en un ambiente donde no hay opiniones discordantes conlleva que se acepte la versión propagada por el sistema como la única verdad posible.

No es de extrañar por tanto, que en apenas seis años, el Nazismo se las arreglara para crear una juventud fanática, dispuesta tanto a servir como carne de cañón para su Führer como para aplicar sin ningún tipo de reparos ni cortapisas las políticas racistas promovidas por el régimen nazi. Esta disposición se mostró en toda su crudeza en la operación Barbarrosa, en la que las unidades militares alemanes se adentraron en la supuesta guarida de sus tres peores enemigos: judíos, eslavos y comunistas, cuyo destino era bien el exterminio y la aniquilación, caso de judíos y comunistas, o el de esclavos de la raza superior, caso de eslavos, lo cual justificaba e incluso alentaba la aplicación de una política de terror absoluto sobre la población civil, en la cual no sólo las SS sino toda la maquinaría bélica alemana se mostró a la altura de las aspiraciones de su amado Führer.

Estas meditaciones me han hecho recordar esta entrada, en principio programada para hace unas semanas, y que pretendía resumir mis impresiones sobre el libro Voices from Stalingrad de Jonathanm Bastable, que recoge todo tipo de testimonios de la época sobre la batalla de Stalingrado, de los registros estenográficos de las conferencias del Führer a las memorias escritas por soldados y civiles en la inmediata postguerra. De entre todos estas fuentes quizás las más interesantes sean las que proceden de los diarios escritos por los soldados día a día durante las propias operaciones militares y que muestran a las claras, por ejemplo, como la fe en la victoria de los soldados nazis se va cuarteando y desmoronando a medida que se enredan en la lucha casa por casa que caracterizó el combate en Stalingrado, mientras que los días que quedaban para alcanzar la victoria se iban convirtiendo en semanas y meses.

Se echa de menos, no obstante, alguna referencia al destino de los soldados que iban tomando esas notas. El propio hecho de su conservación en ese estado de diario - y el que no se tradujeran en libros de memoria una vez terminado el conflicto - hace pensar que ninguno de ellos sobrevivió a la batalla y que la información ha llegado hasta nosotros bien porque fue enviada al hogar en un momento de respiro en la batalla o - mucho más probable - fue encontrada en sus cadáveres y adjuntada a los informes de inteligencia sobre el estado de la moral de las tropas enemigas. Estos testimonios, no obstante, tienen la ventaja de no haber sido filtrados y autocensurados a posteriori, lo que lleva a muchos libros de memorias a convertirse en autoexculpaciones - de repente todos los soldados nazis eran realmente antifascistas - o a ocultar los detalles más turbadores e incriminadores - como mucho los memorialistas fueron testigos, nunca ejecutores.

El cuadro que nos muestran esos diarios contemporáneos, bien conservados por los familiares, bien archivados por las unidades de inteligencia enemigas, es muy distinto y muestra una visión demoledora de un ejército alemán en que la propaganda nazi había calado de tal manera - con el consentimiento y la aprobación de muchos oficiales de carrera - que lo normal eran las atrocidades contra la población civil, justificadas por la convicción de enfrentarse a infrahombres a los que se les hacía un favor - a ellos y al mundo - con exterminarles.  Una guerra donde la prioridad absoluta eran las necesidades del ejército y la población alemana  frente a las cuales, en propias palabras de Himmler, no importaba si cien mujeres rusas morían cavando fosas antitanque, siempre y cuando las fosas estuvieran preparadas.