domingo, 30 de diciembre de 2012

The World at War (y XV): Inside the Reich, Germany 1940-1944

































Como ya he señalado en varias ocasiones, una de las grandes virtudes de The World at War consiste en hacer visible el punto de vista de la gente normal, utilizando para ello la voz de los supervivientes del conflicto, muchos de ello aún con vida y lúcidos a mediados de los setenta. Siguiendo esa tónica, tras el capítulo dedicado a la situación de la retaguardia en Inglaterra, se pasa a examinar como el conflicto - y su lenta transformación en guerra total, de la que la población civil no estaba exenta - afectó a la población alemana.

Uno de las grandes paradojas a las que debe enfrentarse cualquier historiador de la Alemanía en guerra es que la imagen propagandística que el tercer Reich quiso proyectar de sí misma, se a transformado en un mito popular que tiñe toda nuestra concepción del conflicto. Según esa mentira repetida continuamente - por utilizar la expresión del ministro de propaganda nazi Göbbels - la comunidad alemana cerró filas tras la figura del Führer, aceptando sin protesta, es más, con total entrega y convencimiento, las sucesivas órdenes del dictador nazi, hasta culminar en una resistencia fanática que ya no tenía sentido alguno.

Ni tanto, ni tan calvo.

Es cierto que el régimen nazi supo ganarse a la población alemana. La larga serie de victorias sin fin ni límite de 1939 a al otoño de 1941 bastaría para hacer la cabeza a países con una tradición democrática más asentada que la de la Alemania de entreguerras, a lo que hay que unir que hasta prácticamente 1942 el nazismo se las arregló para que la guerra fuera una realidad lejana y distante para su población civil, que continúo manteniendo en muchos casos un nivel de vida semejante al de la paz, sin llegar a los extremos de movilización total  de toda la población, ni la ejecución de una economía de guerra, que Inglaterra y sobre todo la URSS se habían visto obligados a adoptar.

Esta protección de la población alemana -exceptuando por supuesto judíos, deficientes mentales y disidentes políticos, que fueron encarcelados y en muchos casos ejecutados - acabaría pasando la factura a la maquinaria bélica nazi, ya que parte de las razones de su derrota estriban en que no fue capaz de movilizar todos sus recursos en los momentos iniciales de la guerra, de forma que campañas cruciales acaban sin un resultado definido por falta de material humano y bélico. Esta movilización total se produciría a finales de 1942 y sobre todo en 1943 y 1944, gracias a la reorganización de la economía alemana llevada a cabo por Albert Speer, pero para entonces era ya demasiado tarde y sólo contribuyó a alargar un conflicto que todos sabían ya perdido.

No obstante, ese favoritismo de Hitler por sus alemanes en los primeros años de la guerra - la cosa cambio cuando la derrota se fue aproximando y entonces Hitler decidió que Alemanía tenía que morir con él - no fue la única causa que provocó esa aparente fidelidad sin límites hasta la última bala y el último soldado, que tendemos a asociar con los alemanes de la segunda guerra mundial. Tendemos a olvidar que Alemania era un régimen totalitario - al igual que la Rusia Soviética - y que los régimenes dictoriales consiguen la obediencia de sus subditos, por tres medios, la coacción, la complicidad y el adoctrinamiento, herramientas de opresión que nosotros, los hijos de la democracia, desconocemos y cuyo poder tendemos a subestimar, creyendo como idiotas políticos que es posible rebelarse contra un dictadura si así no lo quieren sectores poderosos de ella misma.

La coacción era evidente en el régimen nazi desde el primer momento. No sólo todos los partidos políticos habían sido prohibidos, y sus dirigentes encarcelados o forzados al exilio, es que sobre todos pendía la espada de Damocles de ser excluido de la comunidad nacional, para ser condenado al destino designado para judíos, deficientes mentales o disidentes: la cárcel, el campo de concentración, la desaparición completa, ocurrencias cada vez más frecuentes como para ser despreciadas. Ese miedo a ser señalado como enemigo producía la complicidad, el deseo de seguir la corriente y no destacar que afectaba hasta a aquellos alemanes más comprometidos con la resistencia - sí, existió una resistencia contra el nazismo - que en su afán de supervivencia para poder combatir al nazismo tuvieron que cerrar los ojos ante otras atrocidades, convirtiéndose, en palabras de uno de sus líderes, en asesinos similares a los nazis.

Por último tenemos que añadir el adoctrinamiento, El hecho de que durante años enteros sólo se oyó una voz, la del partido, coreada además por todos aquellos que vivían del régimen, que no podían ser contrastada con otras hechos, con otras opiniones, puesto que cualquier voz disidente había sido acallada hacía mucho tiempo. Frente a esta maquinaria de la mentira, de la manipulación,  no había defensa posible, poco a poco iba carcomiendo todas las seguridades, todas las convicciones, hasta que la obediencia era ciega y completa. Y si esto era así con personas que habían conocido otros tiempos en que la libertad y la diferencia existía, que decir de todos aquellos cuyo despertar al mundo había tenido lugar cuando ya el veneno de la serpiente había envenenado y corroído todo.