viernes, 7 de diciembre de 2012

Revolution and Counter-revolution (y I)

A pattern therefore quickly emerged where Dutch civil authorities, even though committed to the Protestant cause, were not prepared to sign up themselves or their citizens to churchmen's demands for strict observance of Calvinist norms. The standoff between secular oligarchies and the presbyterans Church hierarchy reached a crisis during the Earl of Leicester's time in the Netherlands, and the ignominious collapse of his rule between 1586 and 1588 represented a decisive and permanent snub for the ambitions of the hardline Calvinist ministers whom he had supported. Pragmatic secular politicians were well aware of the continuous religious diversity of their territories: quite apart from differing opinions among protestants, there were still plenty of Catholics in the United Provinces, especially in the far north, and many of them had fought against the Spanish rule - it would be folly to prolong ideological conflict once a political settlement had been reached. By more than that, many Libertines felt a principled commitment to toleration: Like Erasmus, the loved Holy Scripture, but they believed that God had given us brains to think out for themselves what it meant, and they distrusted clergy who tried to usurp this function.

Darmaid MacCullogh, Reformation: Europe's House Divided.

El principal problema de este gran libro es la extensión del tema que pretende tratar: las convulsiones religiososas en el seno del cristianismo Europeo en el periodo que va de 1500 a 1700. Como pueden imaginar se queda bastante corto, ya que en primer lugar, narrar la ruptura de la iglesia medieval entre católicos y protestantes - y calvinistas - supone realizar una crónica completa de la historia político/social de aquel tiempo, en el que cualquier modificación religiosa suponía indefectiblemente una revolución política. No de extrañar, por tanto, que ante la acumulación de hechos, los cambios políticos queden relegados en el libro frentre a los doctrinales, dejando apenas sin narrar hechos cruciales en la Reforma, como la guerra de los campesinos - o provocando que de los rebeldes flamencos de tiempos de Felipe II sólo se cite a Gillermo de Orange, obviando a los otros dos que fueron ejecutados, Egmont y Horn.

Para empeorar las cosas, dos tercios del libro - de 600 páginas -  se consumen en narrar los acontecimientos del siglo XVI, lo cual no debería ser un defecto, ya que en la segunda mitad del siglo XVII la religión empezó a dejar de ser el motor de la vida política europea, como si esa fiebre hubiera terminado por crear sus propios anticuerpos. El problema, el gran problema, es que la primera mitad del siglo XVII está ocupada por la guerra de los treinta años, que por si sola da para varios volúmenes como éste, de forma que la narración de la crisis final del cristianismo en Europa, tras la cual vendría el escepticismo del XVIII, la Ilustración y todo lo demás, no puede pasar de ser un esbozo del momento preciso en que este continente empezó de verdad a no ser cristiano.

Dos graves defectos que sin embargo no disminuyen la importancia del libro. especialmente cuando permite a un habitante del sur de Europa como yo - y por tanto, crecido con la versión de bando católico -  contemplar esos procesos históricos desde el punto de vista de un escritor educado en un ambiente protestante. No se trata, como pueden imaginar a estas alturas, que de repente los buenos en un relato sean los malos en el otro. puesto que la descristianización de Europa está tan avanzada que ese modo de narrar es inabordable y sería rechazado por cualquier lector con un mínimo de inteligencia. Lo que realmente ocurre es que en el relato de MacCullogh aparecen descripciones y detalles que sólo pueden provenir de alguien aconstumbrado a distinguir en su vida diaria entre las diferentes variedades de protestantes, mientras que para nosotros, más o menos, todos acaban cayendo en el mismo saco.

Resulta por tanto más que reconfortante descubrir, por ejemplo, las sutiles diferencias entre episcopalianos y presbiterianos dentro del Calvinismo, los unos proponentes de crear una jerarquía paralela similar a la de la Iglesia Católica, como fue el caso de la Iglesia Anglicana, mientras que los otros se decantaban por una estructura más plana, en la que el centro era la comunidad local y los pastores, sobre los cuales no había rangos superiores de gobierno, al menos como tal jerarquía eclesiástica. Esta estructura, en el modelo de Calvino que luego se exportaría a muchos otros principados y reinos europeos, para luego saltar al otro lado del Atlántico, estaba pensada para tener un control más directo y poderoso sobre las constumbres y piedad de los creyentes individuales - otro rasgo del cristianismo post 1500, tanto en su variante católica como protestantes: la preocupación por lo que cada individuo hacia en el interior de su casa - pero curiosamente, al permitir que esos mismos creyentes participaran en el gobierno de su iglesia, sirvió de semilla a las instituciones democráticas estadounidenses, cuyos padres fundadores tomaron esta misma estructura política, vaciada de todos sus elementos religiosos - sí, los fundadores de los EEUU eran en su mayoría deístas.

Otro elemento importante es el enfasis en no reducir a los grandes nombres de la Reforma a meros rostros con un ideario religioso, sino rastrear su biografía personal, separando el mito del hecho, y reconstruyendo la evolución de su pensamiento. Este enfasis, propio de la historia reciente, permite toparse con detalles casi desconocidos o que no quedaban reflejados en las versiones oficiales, como la homosexualidad juvenil de un Erasmo de Rotterda, desviada luego en su labor de difusión y promoción del humanismo, o la falta de rigor filosófico de Lutero, que le llevaba a incluir sin pestañear todo tipo de contradicciones y paradojas en su pensamiento, que no pocos quebraderos de cabeza dieron a los encargados se sistematizar y fijar el protestantismo evangélico tras su muerte.

Esta oposición entre Erasmo y Lutero se convierte en un Leit-motif del libro, pero no en términos como podría esperarse de conflicto entre catolicismo y protestantismo, sino entre humanismo y protestantismo, conflicto en el que el cristianismo medieval queda completamente fuera de juego, a merced de los acontecimientos, sin capacidad de reacción hasta la segunda mitad del siglo XVI con la contrarreforma, que no pasó de ser una operación de apuntalamiento, tras la cual poco quedo de la iglesia medieval. Por otra parte, este conflicto Erasmo/Lutero Humanismo/Protestantismo obedece en realidad a problemas más profundos, que dejan de ser estrictamente religiosos y obedecen a diferentes concepciones sobre la naturaleza del hombre. Erasmo, como los humanistas primero y los ilustrados después es profundamente optimistas. Para él, el hombre es capaz de utilizar su inteligencia para acercarse a Dios, es decir, interpretar su mensaje y encontrar la verdad. Lutero, por el contrario, siguiendo a San Agustín, es esencialmente pesimista, el hombre es incapaz de escapar del estado de pecado en el que se encuentra y toda la iniciativa corresponde a Dios, en una doctrina de predestinación - los salvados ya estan salvados - que en Calvino se convertiría en doble - y los condenados ya los están.

Este dicotomía optimismo/optimismo llevá por supuesto a praxis sociales muy distintas, mientras que en erasmo apunta claramente a la tolerancia y al descubrimiento de la verdad mediante el razonamiento, el debate y el diálogo, en la versión protestante lleva directamente hacia la intolerancia, en el que la verdad y el camino ya están decididos, son obligatorios y queda sólo imponernos. Una tensión que, como demuestra el texto que encabeza esta entrada, en ciertas comunidades reformadas llevó, como ocurriría en América, a plantar las semillas de la democracia moderna, en la que la libertad de expresión es sagrada, con la idea básica de que todos los caminos son válidos y pueden ser explorados, mientras que lo que se rechaza es el intento de imponer las ideas de un grupo al resto de la sociedad.