miércoles, 12 de diciembre de 2012

The Wild West (y VII)












Una de las grandes virtudes de los recopilatorios de American Film Treasures es su inquietud por apartarse de las formas que normalmente se reconocen como cine válido, el largometraje y poco más, para adentrarse en todo tipo de material filmado, del anuncio al film de aficionado, del serial al noticiario. Lo que el aficionado puede disfrutar por tanto es el rango completo de experiencias visuales con las que una persona de ese tiempo pasado podía toparse, librándose así, por tanto, del doble filtro impuesto por el paso del tiempo y la clasificación académico.

En este viaje de (re)descubrimiento sorprende constatar como ciertos géneros han sobrevivido casi inalterados desde el inicio de la cinematografía, como si el público de todos los periodos históricos necesitase ese material como complemento a las formas mayores - de nuevo el largo y similares. Uno de estos modos perennes, pero normalmente no tenidos en cuenta, es lo que los anglosajones llaman el Travelogue, el híbrido entre guía turística/relato de viajes, que permite a las audiencias sumergirse en la realidad de otros paises y gentes, sin moverse de la butaca del cine o del salón. Una forma que, como digo, ha estado presente desde el principio del cine, hasta convertirse en un habitual del genero documental televisivo - piénsese en las reseñas hiperrevolucionadas y llenos de efectos visuales au moderne de la Lonely Planet.

El género del travelogue cristalizó pronto en un conjunto de reglas básicas que se siguen manteniendo en la actualidad, a pesar de que el envolvotorio fílmico haya cambiado de acuerdo con cada época para aparecer contemporáneo y moderno a sus espectadores. Brevemente, estas constantes son la existencia de un narrador que actúa como guía turístico; la adopción por parte de la cámara de un punto de vista en que los habitantes del lugar visitado son parte del decorado, curiosidades al mismo nivel que paisajes y monumentos; a lo que se une un montaje rápido, o al menos de ritmo vivo, que evite el aburrimiento y el cansancio normalmente asociado a un viaje de esas características.

Estas normas estéticas hacen del travelogue un producto de usar y tirar, cuya utilidad se suele reducir a conseguir que el espectador compre unos pasajes para ese lugar lejano, lo cual explica la invisibilidad de este género en el canon cinematográfico. No obstante, una vez transcurrido tiempo suficiente, los travelogues adquieren un interés nuevo y especial para el aficionado, que los hace aparecer tan importantes como el cine de ficción y en ocasiones el auténtico documental.

Este nuevo carácter inesperado se basa en que nuestra percepción del pasado se basa en los productos artítisticos que el tiempo ha respetado y la academia ha validado como obras de arte. Muchos de ellos, especialmente en el caso de los Western, no dejan de ser recreaciones con un altro grado de imaginación, en las que se mezclan todo tipo de mitos sobre ese pasado, en especial aquellos presentes que quieren verse confirmados retrospectivamente, además de refundir diferentes épocas en una sola, o ocultar un largo periodo de tiempo por lo característico en un tiempo determinado - por ejemplo, todos los Westerns parecen tener lugar hacia 1870, la época de las guerras indias y los pistoleros clásicos.

El travelogue, por el contrario nos permite ver el pasado sin el cristal del presente, tal y como se aparecía (o como lo imaginaban) a las gentes de ese pasado, descubriendo así detalles, situaciones y fenómenos que no han sido recogidos en las obras artísticas mayores, quedando ausentes de nuestras concepciones sobre esa época, siempre erróneas y mentirosas, aunque sea involuntariamente. Así por ejemplo, el travelogue arribe ilustrado, de primeros de siglo, nos lleva a una ciudad minera de primeros de siglo, habitado por gentes de países completamente distintos que mantienen su cultura y su lenguaje, pero cuyos barrios son lo más similar a las favelas brasileñas que se podría imaginar.

Un lugar, una situación, un modo de vida, que pocos de nosotros asociaríamos con un Oeste de amplios espacios y jinetes siempre errantes.