domingo, 22 de abril de 2012

100 AS (LXXXVIIIb): Every Child (1979) Eugen Fedorenko











Como cada domingo, toca revistar uno de los cortos de la lista de cien mejores recopilada por el festival de Annecy. En esta ocasión le toca a un corto de los de la lista B, esos cortos incluidos en la recopilación internetera cuando el original no ha podido ser encontrado. El elegido es Every Child, realizado en 1979 para la NFB (¿les suena? Pues no digo nada más) por Eugene Fedorenko.

En principio, el corto es un claro encargo, el resultado de un proyecto internacional en la que diferentes países ilustraron en imágenes uno de los artículos de la declaración del niño (En concreto "Desde su nacimiento, todo niño tiene derecho a un nombre y una nacionalidad").  Estas colaboraciones con "tema" suelen ser un desastre, dada la disparidad de aproximaciones con que se trata el tema, en muchos casos completamente disociadas de la intención original, y la tendencia de los artistas a considerar esto como un mero trabajo alimenticio, en el que no deben gastar su talento y recursos. No obstante, siempre suele ocurrir que uno de los episodios/aportaciones se destaca del resto, apartándose totalmente del concepto de producto progandístico/publicitario de estas campañas y se convierte en algo realmente original, como si el hecho de restringirse a un tema constituyese uno de esos retos fecundos tan deseados y tan poco corrientes.

Every Child es uno de esos cortos. Su trama, como un niño no deseado va pasando de mano en mano, de hogar en hogar donde no es necesario, sobra o simplemente no se le quiere, sirve de excusa para crear una serie de viñetas humorísticas, donde un tipo humano es retratado y satirizado, en un magnífico ejemplo de como el humor puede y debe ser utilizado para llamar la atención sobre las injusticias y miserias de la vida. Un humor que no se limita, como la mayoría de la animación televisiva actual (no me hagan decir nombres) al guión escrito, pudiendo ser calificada como radio ilustrada en la sarcástica expresión de Chuck Jones, sino que renuncia a la palabra por completo, y transmite su mensaje apoyándose en la expresividad única del dibujo animado y la descacharrante banda sonora creada por los actores de doblaje a base de ruidos imitados.

Una expresividad, que como digo, no consiste en replicar la naturaleza, sino en utilizar la libertad del papel en blanco y del lápiz, para hacer visible lo imposible y crear imágenes absurdas que se vuelven verosímiles en la pantalla, como cuando el teléfono del hombre de negocios empieza a rebosar letras por el auricular, en clara ilustración de lo agobiado que está por su trabajo.

Y como siempre, les dejo con el corto para que lo disfruten. Ríanse un rato con él, que buena falta nos hace, pero no pierdan de vista la realidad descarnada a la que hace referencia.