jueves, 26 de enero de 2012

A dying World


Lo que más llamaba la atención mientras veía la última película de Ghibli, Arrriety, era su profunda melancolía.

No es la primera vez que Ghibli nos muestra un mundo que agoniza, ahí están Nausicaa y Mononoke de Miyazaki o Pomo Poko de Takahata, pero en este caso la peripecia argumental estaba desprovista de toda vertiente épica, a la cual se une la pesimista lucidez de los protagonistas, que saben que ninguno de sus esfuerzos servirá para cambiar la situación, aunque no quieran confesarlo abiertamente.

En otras ocasiones, ese conflicto entre un mundo viejo que agoniza y un nuevo mundo que surge había sido utilizado por el estudio Ghible para trazar unas historias que mucho tenían de gesta y de epopeya. Narraciones cuyo ámbito sobrepasaba el del individuo inmerso en ella, para extenderse a toda la colectividad, convertida casi en el coro de las tragedias griegas, personaje activo de la trama. Nada queda de todo esto en Arriety, donde el drama se restringe al pequeño grupo de Borrowers del que forma parte Arriety, la protagonista de la cinta, que vive una existencia parasitaria a la sombra de los seres humanos y el niño curioso que descubre su existencia, convirtiéndose en causa de la catástrofe que cambiará para siempre la vida de los diminutos protagonistas.

Es cierto que hay intimaciones de un rango superior, de la existencia de un mundo de Borrowers que vive de forma paralela al mundo que conocemos y percibimos, pero para cuando la narración se inicia ese otro mundo escondido se ha visto reducido a unos pequeños grupos de supervivientes que viven aislados sin relación los unos con los otros, desconociendo el destino que pueda haber acaecido a sus propios parientes más cercanos. Un nuevo mundo, por tanto en que los borrowers ya no tienen lugar y en el que su destino ha sido decidido mucho antes de que empezase la cinta.

Y es aquí donde radica la otra gran diferencia de la cinta de Ghibli con otras cintas anteriores. En aquellas, la consciencia de vivir en el tiempo del cambio llevaba a sus protagonistas a reaccionar violentamente, a luchar por mantener el mundo que conocían, en la certeza de que los cambios aún no eran irreversibles, y que la acción podía dar la vuelta a la corriente del tiempo. En Arriety, nada de esto sucede, como digo, el hecho de que el destino haya sido decidido antes de que comience la cinta no lleva a la rebelión de sus personajes, sino a intentar mantener un poco más el estilo de vida que constituye su identidad cultural, a sabiendas, de ahí la lucidez de la que hablaba, que en cualquier momento puede ser quebrado por las circunstancias exteriores, ante lo cual la única solución será la huida a un nuevo refugio que no puede ser otra cosa que temporal.

Es por ello que en esta cinta se acumulan la amargas ironías, porque es precisamente el niño que admira a los Borrowers, el que será responsable de su caída final, a lo cual se une que la situación del protagonista humano es paralela a la de la especie a la que pertenece Arriety, ya que el mismo está condenado a muerte, enfermo de una dolencia del corazón cuya única salida es una operación de resultado dudoso, ante la cual no cabe otra postura que el más acendrado fatalismo.

Ironías que se extienden también a la propia gestación de la película, ya que a pesar de haber sido escrita por Miyazaki, su director es el casi desconocido Yonebayashi Hiromasa, otro nombre en la larga lista de sucesores que se hagan cargo del estudio Ghibli, antes de que la muerte del tandem Miyazaki/Takahata le lleve a cerrar su puertas. Un intento de renovarse en el que el ojo atento descubrirá partes animadas que se apartan radicalmente del estilo habitual del estudio, como la extraña animación de las manos de los seres humanos cuando invaden el territorio de los Borrowers, o la expresionista representación del cuervo atrapado en la mosquitera, que parece proveniente de otros autores muy lejanos del entorno Ghibli.

Y sin embargo, una obra más que notable, un rayo de esperanza para el futuro del estudio, muy al contrario del fracaso de Terramar dirigida por el hijo de Miyazaki