viernes, 18 de noviembre de 2011

Just life





















Creo que a mis pocos lectores les habrá llamado mi poca dedicación reciente al anime, que antaño religiosamente ocupaba una de mis entradas semanales. Quizás son más sensible a sus estereotipos, lugares comunes y fórmulas, ahora que llevo acumuladas demasiadas horas de vuelo, mientras que cuando me aficioné todo me parecía nuevo y original, pero como también les he dicho más de una vez, la década primera de este siglo ha sido la de la victoria del complejo moe, en el cual los personajes han ido haciéndose cada vez más jóvenes y monos,  al igual que sus personalidades se simplificaban, hasta convertirse en simples reclamos con los que saciar el hambre del otaku, ese estereotipo tan real que identifica a jovenes encerrados en su casa e incapaces de relacionarse con personas del otro sexo, y que vuelcan sus deseos y frustraciones en los mujeres 2D, que al contrario que las de verdad no les ven como bichos raros e indeseables (lo cual es más que normal, si hemos de ser sinceros).

Un ejemplo de lo peor del anime reciente y de los abismos a los que se ha desplomado, es el horror que response al nombre de Kyoukai Senjou no Horizon, que ha sido recibido con gritos de placer por la inmensa mayoría de los otakus, cuando sólo es una colección de personajes caracterizados por etiquetas, remix de casi todos los géneros, comedia ligera de tíntes picaros, ambientes escolares, ambientes futuristas y combates alargados, para no, como otras producciones, realizar una reescritura postmoderna o irónica de los mismos (piénsese en la mágnífica Panty and Stolking) sino para que nadie del público se le escape.

En fin, cuanto menos se hable de ese engendro, mejor. Especialmente porque este otoño ha traído un puñado de buenas series que han venido a animar el ambiente y hacer olvidar un tanto esa obsesión moe que la crisis tanto favorece, al tratarse de un valor seguro que siempre da dinero, mientras que el riesgo y la experimentación sólo llevan a la catástrofe. Entre esas series, por volver se haya la más que deseada resurrección de Madhouse, Chihayafuru, tras su paréntesis de adaptaciones de superhéroes, que no está consiguiendo el reconocimiento merecido porque parece recurrir a una fórmula más que manida y quedarse en un humilde tono menor, sin tratar de llamar la atención de los otakus con objetos brillantes.

Hablo de formula, porque como la gran mayoría de las series se ambienta en el entorno escolar y se centra en un juego de competición estrictamente japonés, consistente en repartir cartas por el suelo con las palabras iniciales de 100 poemas clásicos y, a medida que alguien recita los poemas completos, retirar la carta que corresponde antes de que lo haga el contrario. Una actividad completamente local y aparentemente de interés sólo para los nativos, y por tanto imposible de comprender para los extranjeros... a menos que recordemos el cine americano, capaz de interesarnos a todos por el beisbol, sin que nunca hallamos llegado a aprender su reglas, un milagro realizado al presentarnos personajes con personalidad cuyos conflictos pudieran interesarnos e imbricar esos conflictos en la práctica del deporte... cuya dificultad queda así resaltada.

Es esa complicidad del espectador con los personajes la que Chihayafuru, alcanza sin dificultad aparente, ya que su personajes, adolescentes en sus últimos años de instituto, se nos revelan como personajes extremadamente interesantes, que cuentan ya con un pasado y que se hayan rozando la madurez, lo cual es mostrado en imágenes con una especial sinceridad al describir las relaciones entre ellos... de lo cual es un ejemplo magistral una escena del primer capítulo en el que se ilustra la alegría de la protagonista al encontrarse con un amigo de infancia... una situación descrita de manera inconfundible para todo aquel que hay presenciado algo similar alguna vez.

Asímismo, el juego se nos presenta como una actividad que requiere del jugador una preparación y unas capacidades fuera de la normal, no ya la memoria necesaria para memorizar los cien poemas, o la agilidad mental para reconocerlos apenas empezados y encontrar la carta precisa entre las que tiene ante sí, sino el ejercicio de estrategia que supone reconocer los defectos y fortalezas del contrario, para aprovecharlos a tu favor.

O como en el fondo, ese juego inocente, en realidad es un refindísimo ejércicio de alta cultura, donde tras esas palabras, tan repetidas hasta perder su significado y devenir simple signo cultural, se esconden nivel tras nivel de significado, que acaban por descubrirnos hombres y mujeres de otro tiempo, que también sentían y amaban, y cuyas palabras siguen siendo igual de válidas que en el día en que se compusieron.