jueves, 17 de noviembre de 2011

Comparisons

Diana y Acteón, Tiziano, hacia 1556

La Muerte de Acteón, Tiziano, 1559-1576

Debo confesar que una de las consecuencias indeseables de la vejez es que incluso los placeres más queridos cansan y fatigan, de manera que aunque uno se haya pasado un tiempo disfrutando necesita de un tiempo de reposo y recuperación, en el cual debe abandonarse cualquier otra actividad. En resumen y cortando el rollo, que a pesar de haberme pasado un fin de semana en Londres visitando museos y exposiciones, a mi llegada a Madrid estaba completamente fuera de combate y me ha llevado hasta hoy el reunir fuerzas para continuar con el blog.

Una de esas mis visitas londinenses fue el obligado paso por la National Gallery, una de esas pinacotecas cuya visión no puede completarse en un día, y que en cada visita te reserva una sorpresa o un plan para la proxima vez (en esta ocasión, me quedé en el siglo XVII cuando la colección se extiende hasta 1900). Para que se hagan una idea de la importancia de la National, nosotros, los españoles, cuando queremos presumir, decimos que el Prado es la mejor pinacoteca del mundo. Así sería, es cierto, sino fuera porque cierto rey de los Austrias, Felipe IV, vendió buena parte de su colección al rey Inglés Carlos I, cediéndole sus colecciones de pintura mitológica y quedándose con la religiosa, con lo que muchas de las obras que se pueden ver en la National deberían haber colgado de las paredes del Prado.

Es cierto que parte se recuperaron tras la ejecución de Carlos I, en una subasta masiva de los bienes de la corona, pero no es menos cierto que la colección del Prado quedo en cierta manera desequilibrada, con demasiados agujeros, mientras que la de la Nacional, aunque menor en términos absolutos, se las ha arreglado para tener al menos una obra maestra de casi todos los big names de la pintura occidental, sin contar con que el estado de conservación y restauración de sus obras es primoroso. Para que se hagan una idea, si se se comparan los cuadros de la escuela veneciana de ambas collecciones es fácil darse cuenta que los Tizianos, Veroneses y Tintoretos del Prado, salvo excepciones, necesitan una limpieza urgente que les libre del tono amarillento que han tomado los barnices.... como ocurrió con la resurrección de las Meninas a mediados de los 80.

Un  ejemplo de la versatilidad de la National son los dos cuadros de Tiziano que encabezan esta entrada, pertenecientes a dos momentos completamente distintos de la carrera de ese gigante de la Pintura, y ambas obras maestras por merito propio. El primero de ellos, el Diana y Acteón, se podría decir que cierra la étapa que para muchos podría llamarse culminante de su trayectoria. En él es patente aún el deslumbrante colorido que floreció en su pintura hacia la década de los 20 del siglo XVI, encarnado en los cielos azules y rojos, unido a una libertad en la pincelada, ese abocetamiento y un dibujar con el color que enamoraría a los Impresionistas y les llevaría a proclamarlo como uno de sus precursores. Una maestra técnica que se une también a un cuidado diseño escenográfico, en el que además de la precisa localización compositiva de los personajes principales, que parecen enmarcar la escena y cuya separación anuncia la tragedia en que se resolverá su encuentro, los secundarios se ven perfectamente personalizados e integrados en la representación, cada uno con una expresión y una actitud distinta.

 Antes de analizar el segundo cuadro conviene analizar el mito en el que se basan las dos versiones, esa historia en que la Artemisa/Diana, la diosa virgen que gustaba de cazar acompañada de su séquito en los bosques de Grecia, es sorprendida en el baño por el cazador Acteón, el cual es castigado por su atrevimiento a ser convertido en ciervo, para luego ser perseguido, abatido y devorado por su propios perros de caza. Es precisamente este segundo momento el que se nos representa en esta segunda versión, al contrario que el primero que reflejaba el momento pícaro/erótico del descubrimiento de la desnudez de la disa y su acompañantes, transición en la atmósfera de la comedia a la tragedia, que se caracteriza por la eliminación de toda otra figura que no sea los protagonistas, además de la fiereza con la que la pintura ha sido acometida, casi un bosquejo,o la reducción casi absoluta de la paleta, donde los rojos y los azules han desaparecido reemplazados por la obscuridad casi completa de los ocres, detalles que acentúan como digo el dramatismo de la escena.

Y aquí es donde nos adentramos en el terreno de la polémica. En estas décadas finales de su vida, Ticiano pintaba casi con las manos, si guardar casi ninguna consideración hacia las reglas del dibujo y del color, en un expresionismo avant-la-lettre que le granjeó más de un admirador en la explosión vanguardista de finales del XIX y principios del XX, como ejemplo del artista genial que es capaz de reinventarse en su vejez y superar de nuevo las barreras del arte que él ya había revolucionado, un poco como el Monet de los nenúfares.... ¿o quizás no? Porque para otra escuela, esta pintura última de Ticiano, que en su mayoría quedó encerrada en su taller y sólo se descubrió, para asombro de sus contemporáneos, a su muerte, no es más que el producto de la decadencia de ese genio, al que le fallan las fuerzas y la vista, incapaz de culminar ninguna obra y abandonándolas todas en estado de boceto.

Quizás. Pero podría decirse que ya quisieran muchos, en pleno dominio de su facultades pintar como Tiziano en su vejez (de edad indefinida porque nadie sabe cuando nació realmente), ya que estas obras tardías son obras maestras absolutas, mírese como se mire.