jueves, 10 de marzo de 2011

The Most Holy War (y II)

There could hardly be a more striking contrast than between the cardinal [Richelieu], looking every inch a prince of the church as he swept into a room with his impressive entourage, and the count-duke bustling aroung the palace with state papers stuck into his hatband and dangling from his waist, reminding those who saw him of nothing more than a scarecrow.

J.H.Elliot

Like Olivares', Richelieu strategy was fundamentally flawed. Both men viewed war in Clausewitz's sense as continuation of diplomacy by other means. Neither wanted a major conflict. The application of force was intended to make the other side more reasonable. Unfortunately, neither possessed accurate information on the other's strength or interests. Once started, it became difficult to break the cycle as pressure from one side prompted the other to escalate matters elsewhere. The incidents remained individually relatively minor, but negotiations over them became progressively more difficult as the point of contention accumulated and the tension mounted.

Peter H. Wilson, Europe's Tragedy

En su momento no continué esta serie de entradas sobre la guerra de los Treinta Años, inspiradas por el libro de Wilson, y ahora al comenzar la lectura del Simplicissimus, esa novela ambientada en ese tiempo por un autor, Grimmelhausen, testigo de ese conflicto, me ha venido el deseo de retomarlo. Pero claro, la primera dificultad es intentar acordarme de qué era lo yo quería decir al incluir las citas del libro que encabezan la entrada.

Haciendo un esfuerzo, lo primero que me viene a la cabeza es el concepto de la Fortuna tardo medieval, esa rueda en constante movimiento que alzaba hasta lo más alto a las personas de menor valía y volvía a precipitarlas en el olvido y la obscuridad de las que habían surgido. Un concepto evidentemente moralista, que predicaba el desapego de las cosas de este mundo, esencialmente pasajeras y en permanente mutación, y que servía para institucionalizar el orden establecido, ya que reyes, emperadores, papas, todos los poderosos acabarían por ser derribados.

Moralista y conservador, pero como la mayoría de los símbolos y conceptos humanos, al mismo tiempo revolucionario y amoral, al predicar que todo ese orden establecido, que se proclamaba instituido por el creador, no era más que una ilusión, una construcción fabricada por nosotros mismos para justificar nuestra vanidad y ambición. Aplicable, por tanto, perfectamente a nuestro mundo, donde diariamente vemos como los héroes de ayer, adulados y ensalzados por todos, mostrados como ejemplo a seguir, se revelan sepulcros encalados, llenos de podredumbre y basura.

Especialmente aplicable, asímismo, a una guerra como la de los treinta años, que destruyó el sistema de poder europeo que se había inaugurado con los conflictos religiosos de principios del XVI, al terminar definitivamente con los conflictos religiosos que habían dominado la primera edad moderna, ya que la fuerza de su incendio acabó consumiendo el propio combustible que la alimentaba, haciendo ridículo e imposible una nueva guerra por motivos religiosos, para dar lugar a un nuevo orden, el del equilibrio de las naciones, donde la causa de las guerras era por motivos estrictamente políticos y de prestigio, sin necesidad de ningún disfraz que atenuase la crudeza de sus motivaciones... al menos hasta 1800 cuando un nuevo tipo de guerras de religión volviese a asolar Europa hasta, como quien dice, ayer mismo.

Una rueda de la fortuna que derribó a los imperios hasta entonces invencibles, los Habsburgos hispanos y austriacos, incapaces de granjearse otros aliados que no fueran ellos mismos, y encumbró a franceses y suecos, aunque estos últimos serían también derribados hacia 1700. Un camino hacia la gloria, en un caso, hacia la irrelevancia, en el otro, que parece prefigurado en el retrato que hace Elliot de los líderes de España y Francia, un Olivares abrumado por el trabajo e incapaz de cuidar su aspecto externo y un Richelieu que sabe que representa a la corona francesa y que el respeto que infunda su figura vale por muchos batallones.

Y aún, una última lección, especialmente válida en estos tiempos. Cómo esos poderosos, al mando de grandes potencias, creían controlar el curso de los acontecimientos, sin darse cuenta que sus movimientos, en la partida de ajedrez de la política y la guerra, no servían para otra cosa que para embrollarlos cada vez más en una dinámica que cobraba vida propia y de la cual era ya imposible escapar, por razones de prestigio y por temor a ser derrotados sin haber luchado, la vieja escalada de la tensión que tantas veces explotó en un conflicto general y que sólo la bomba nuclear evitó en los años que siguieron a 1945.

O cómo se diría una diplómatico japonés, muchos años más tarde, cuando el general Tojo le preguntara si podían encontrar una solución honrosa, una vez que estaba claro que el Japón no podría vencer en la guerra del Pacífico: Comenzar una guerra es mucho más fácil que terminarla.