lunes, 7 de marzo de 2011

AMGD Capítulo VI: Betorón 67 d.C/Selva de Teoteburgo 55 d.C

Lunes, cuento de Ad Majorem Gloriam Dei

La idea del personaje de Hermann, el protagonista de este capítulo, y que ya ha aparecido en un par de ocasiones era la de servir de contrapeso a los personajes puramente romanos, Tito y Vespasiano, ofreciendo la visión de alguien de fuera del imperio, pero a su servicio. Además, debería de servir de recordatorio de como el imperio romano se iba haciendo cada vez menos romano, hasta el extremo de hacerse indistinguible de sus enemigos exteriores.

Esa era la intención, otra cosa es alcanzarla. En fin, les dejo con el capítulo de este lunes



Capítulo VI: Betorón, año 67 d.C./Selva de Teoteburgo año 55 d.C.


Las hogueras cubren las colinas, sus cumbres, sus laderas, llegando casi hasta el margen de las murallas de Betorón, a mitad de camino entre Cesarea y Jerusalén.
   
Son más numerosas en el desfiladero. Allí, a su luz, casi el día en medio de la noche, ves pasar siluetas de hombres, deformadas por el peso que transportan. Saquean los restos de un ejército, las mulas cargadas con la impedimenta, que se despeñaron al fondo del barranco, las poderosas máquinas de guerra, capaces de expugnar las murallas más altivas, abandonadas en medio del pánico, los cadáveres de los mejores soldados del mundo, muertos por la espalda, atravesados por las flechas, aplastados por las piedras, precipitados al abismos, sin tener la posibilidad de defenderos.
   
Unas horas más de día y ninguno continuaríais con vida. Rota la retaguardia, esparcida las formaciones, el ímpetu de los enemigos, su ola viviente hubiera roto sobre vosotros y os habría sumido en su seno, de nada habrían valido las débiles murallas de adobe de Betorón. En un momento, las habrían socavado bajo vosotros, abierto brecha, irrumpido, cazado sin misericordia entre las casas de barro y paja.
   
Os han concedido una noche más de vida, sólo una noche más. A tus oídos llegan sus cantos de triunfo, palabras bárbaras, incomprensibles, similares al rugido de las bestias, acompañadas por una música discordante, salvaje, inhumana, el reflejo de la brutalidad que desencadenarán mañana sobre vosotros, sobre vuestros cadáveres cuando caigáis, sobre vuestros despojos, hasta que no quede nada que recuerde a un ser humano.
   
Caminas entre los supervivientes, agotados, extenuados, cubiertos de heridas, yacen petrificados en la postura en la que el sueño les ha sorprendido, sin cuidarse de nada, con la coraza aún apretada, con las armas caídas a su lados, hechos un ovillo, la boca entreabierta, los puños semicerrados, vueltos a la cuna, al seno materno. Llegará mañana, sonarán las trompetas, se iniciará el asalto, y muchos de estos hombres no acudirán a su llamada. Unos habrán muerto de sus heridas, que no pensaban ser tan graves, otros no podrán escapar del sueño, y pasarán de éste a la muerte, si tienen suerte, sin darse cuenta.
   
Un legionario te retiene. Otro acerca una antorcha a tu rostro. A su luz examinas a quien te examina. El casco sucio de polvo y sangre, torcido e inclinado, una orejera rota y ese lado del rostro cubierto por un vendaje, que oculta el ojo y la mejilla. No hay dolor en la expresión que te observa, no hay sufrimiento, no hay rebelión, no hay nada distinto de resignación, indiferencia, cansancio, certeza de la muerte.

- Es él – afirma y ambos te escoltan.
   
Sabes lo que quieren, sabes por qué te reclaman, sabes quien te reclama. Tú mismo te ocupas de guiarles, hasta la única casa de piedra de Betorón, la del alcalde del poblado, cuyo cuerpo, colgado allí por los rebeldes, devorado por los cuervos, aún pendía cuando entrasteis esta tarde en la ciudad.
   
Dentro en la habitación ocupada por el gobernador, repleta de oficiales, sientes el miedo, hueles el pánico. Todos discuten a voz en grito, todos tienen la solución que habrá de dar la vuelta a la batalla, todos saben como mañana la derrota habrá de convertirse en victoria, la fuga en persecución, los muertos en vivos. Ninguno escucha al otro, aunque se le agarre del brazo y se le sacuda, aunque se sostenga su cabeza con las manos y se le grite directamente a la cara, cubriendo su rostro con escupitajos. De nada sirve. Al cabo de un rato, se cansan y buscan a otro, para volver a repetir los mismo, una y otra vez.
  
Buscas al gobernador en medio de la confusión, está sentado en un rincón, la vista fija en el suelo, las manos sin vida sobre el banco, sostenido por la pared que evita la caída. Te colocas ante él, pero es incapaz de verte. No estás ahí para él, él tampoco está ahí, ha vuelto a Antioquía, la capital de Siria, de donde nunca debió salir, en donde nunca debió recibir a Floro, en donde nunca debió prestar atención a sus palabras.
  
Finalmente, despierta y repara en ti. Alza la cabeza y te observa con una mirada vacía, desperada, a punto de romper en lágrimas. Aferras el pomo de la espada, agarras la hebilla que ciñe tu armadura, por no abofetearle allí mismo, y le devuelves una mirada fría, llena de desprecio.

- Hermann, yo, como general tuyo... como general tuyo, te ordeno, - se le van las ideas, es incapaz de terminar la frase y tú te muerdes los labios, haces esfuerzos para mantener la postura de atención – dada la situación, no queda otro remedio que.... ha sido una decisión común... no sólo mía...todos hemos coincido en que... así al menos parte del ejército... es una oportunidad que se merecen... después de lo bien que han combatido... y sólo tú y los tuyos podéis concedérsela.... entiendo que... puedas... pero no hay otro remedio.
- ¡Si, señor! – has pronunciado las palabras sin pensarlo - ¡Ahora mismo tomaré las medidas oportunas! ¡Confiad en mí y en mis hombres!
  
Das la vuelta y abandonas la sala. Hubieras debido desenvainar el gladio y acabar con ese espantajo, que os ha conducido a esa trampa, que ha provocado esa derrota.
  
Tu honor te lo impide. Tu honor de legionario romano. El orgullo de pertenecer al mejor ejército del mundo. Si le hubieras apuñalado, habrías caído allí mismo y tu nombre sería recordado como el de un traidor.
  
Cuando perezcas mañana, rodeado de los cadáveres de tus enemigos, habrás muerto como hace los tuyos, sin desmerecer a tus antepasados.
   
Aunque nadie llegue a saberlo allá arriba, en las selvas de la Germania.



Apenas llega un rayo de luz al suelo del bosque. El suelo está cubierto de hojas caídas, que se pudren lentamente, que tapan y ocultan todo, si no es alguna raíz poderosa que surge de los troncos y se enrosca por el terreno.
  
No puedes mantener el paso de tu padre. Comienza a ser ya un anciano, pero conoce todos los rincones del bosque, sabe donde se encontrará el próximo obstáculo, lo prevé, realiza el movimiento preciso para sortearlo y continúa su camino, sin variar su paso, mientras que tú tropiezas en cada uno de ellos, y cuando adivinas alguno es sólo para caer el siguiente.
  
Nunca habías penetrado en esta región del bosque. Los árboles crecen cada vez más junto, la obscuridad se acrecienta, los ruidos habituales se acallan. Si te dejarán sólo no sabría como volver al mundo, como retornar a los campos de labor, los trigales, las granjas, las cálidas casas de muros de piedra y tejados de paja.
  
Poco a poco, el miedo se apodera de ti, apenas un punto más acá del pánico. Miras a un lado y otro, confuso y desorientado, buscando un punto de referencia, pero todos los árboles son iguales lo unos a los otros, todas las rocas están cubiertas del mismo liquen, de los mismos musgos gruesos y  húmedos, casi putrefactos, y tu vista apenas llega a alcanzar unos metros más allá, antes de encontrar la niebla y la obscuridad.
  
Aprietas los dientes y continúas. Acorazas tu rostro para que no se trasluzca tu terror. No quieres que tu padre sienta vergüenza, si se volviera a mirarte, aunque sabes que no lo hará. No lo ha hecho desde que abandonaste la aldea, siempre ha mirado hacia delante, ni siquiera hacia los lados, como si el camino estuviera escrito en él mismo, como si sólo bastase dejar marchar a sus piernas para que encontrasen ese destino que buscan. Y sin embargo, sabes que nada se le escapa, que si te quedases rezagado o errases el camino, los descubriría en seguida, y, cuando menos los esperases, cuando te creyeses sólo, cuando te pensases perdido, te encontrarías con sus ojos, fríos, llenos de reprobración, plenos de desilusión.
  
Le ves saltar sobre una raíz, y antes de que lo hagas tú, te hace una seña con la mano para que esperes. Le ves acercarse al árbol sonriente, acuclillarse y desaparecer tras la raíz. Le oyes escarbar en el suelo, retirar una ramas, que crujen y se rompen. Tú miras al vacío, los ojos abiertos de par en par, al aire, a los troncos obscuros que están frente a ti, a las ramas que se entrelazan con las del siguiente árbol.
  
De repente, encuentras su mirada. Está llena de alegría, de satisfacción, pero aún así te estremeces. Con una mano se aparta un mechón de cabello que ha caído sobre el rostro y se enjuaga el sudor de la frente.

- Mira – dice suavemente.
  
Sostiene una calavera. Falta la mandíbula y de la superior se han desprendido algunos dientes, los ojos están llenos de una substancia gelatinosa y conserva aún algunos cabellos.
  
No es eso lo que te llama la atención
  
Un casco finamente labrado cubre el cráneo desnudo. Tu padre quita la suciedad y la tierra y lo frota con su camisa. Es de oro y sobre las orejeras, sobre el cuenco que protege la cabeza, sobre el mango que sostiene el penacho marchito, hay labradas incontables escenas, soles que alumbran el mundo, ejércitos incontenibles que expugnan ciudades y esparcen formaciones enemigos, diosas desnudas que velan por los suyos.

- Es la cabeza de su general – te cuenta tu padre, llena de orgullo – durante años, cada verano sin excepción, enviaban un ejército a recuperarla. No lo consiguieron. Tampoco encontraron esto.
  
Le oyes rebuscar de nuevo, jadear bajo el peso. Con mucho cuidado, levanta una inmensa águila explayada, su pico está abierto en un grito de desafío, su garras, de uñas poderosas, se aferran a una percha y casi parecen romperla. Bajo la percha una placa, donde había grabados una X, una cuña y dos palotes.

- Este es el dios de sus ejércitos. Cuando marchan al combate la portan delante de ellos, alzada sobre una pértiga. Mientras ella marche a la cabeza, ellos marcharán y  nada podrá detenerles. Si ella cae, se reunirán para defenderla, morirán todos, antes de consentir que caiga en manos del enemigo.
   
No te deja tocarla. Con cuidado la devuelve a su escondrijo y la cubre con ramas, luego con hojas, luego una capa de tierra bien apisonada y luego más hojas, de forma que nadie pueda descubrir que allí, en ese árbol, hay un escondrijo.
  
Luego se sienta sobre la raíz, junto a tí, pasa su brazo sobre tus hombros y te atrae hacia sí. Comienza a hablarte mientras su mano revuelve tus cabellos.

- Nunca he encontrado enemigos como estos. Tu abuelo y tu bisabuelo tampoco. Casi son tan valientes como nosotros. Merecerían que les adoptásemos en  nuestra tribu.
  
Miras con sorpresa a tu padre. Él ríe alegre.

- Tu abuelo estuvo en esa batalla, cuando les derrotamos. Siempre me decía que si no hubiera sido por el bosque, hubiéramos sido nosotros los vencidos. En campo abierto, no pierden la calma, aunque vean la derrota cercana. Forman una piña, aguantan todos los asaltos y, si se ven muy apurados, no dudan en lanzar sus águilas al centro de la formación enemiga. El coraje de verlas prisioneras les da las fuerzas necesarias para atacar y vencer. No es la primera vez que, de esa manera,  han triunfado sobre un enemigo ya victorioso.
- Pero a pesar de eso les vencisteis. Le humillasteis. Conservasteis nuestra libertad. Sólo merecen desprecio, yo, cuando sea mayor...
- No digas tonterías. – la mirada dura de tu padre, me hace bajar la tuya. – si nuestras tierras no son romanas ahora mismo es porque no han querido. Porque no les ha dado la gana.¡recuerda eso siempre!
     
Calla un instante. Cuando vuelve a hablarte, no te mira, y su voz es triste, amarga. Es la primera vez que le ves débil, desamparado.

- Tras su derrota, con el campo de batalla cubierto de miles de muertos, mi abuelo creyó que habían matado a todos los romanos del mundo. El verano siguiente volvieron, y el otro y el otro y el otro y el otro... No importaba qué fuerzas sacáramos a la  lid, no importaba que estratagemas utilizáramos, no importaba que dioses rezásemos. El resultado era siempre el mismo. Ellos victoriosos, nosotros derrotados. Nuestros huesos cubriendo los campos, nuestros muertos insepultos. Sólo quedaba un medio, retirarse hacia el norte, hacia el este, hacia los bosques impenetrables, dejarles nuestras tierras vacías para que hicieran con ellas lo que quisieran. Ganar un poco más de tiempo hasta que decidiesen su próxima conquista.
  
Un nuevo silencio.

- Y de repente, un día, dejaron de venir.
  
Sin avisar, se pone de pie y emprende la marcha.

- Volvamos.
   
Desaparece entre los árboles, se pierde en la obscuridad. Tienes que correr para alcanzarlo.



Los primeros rayos de sol, surgen por detrás de las colinas. Betorón está aún sumida en sombras, pero el momento ha llegado.
   
Recorres el adarve de la muralla, despertando a los soldados, ninguno te falla, en cuanto les llamas responden, se ponen en pie y ocupan su puesto tras el parapeto.
   
Sois pocos, muy pocos, el resto de la legión ha abandonado la ciudad al abrigo de la noche, pero ha costado mucho ponerles en marcha, el último ha abandonado la ciudad hace nada. Si vosotros no resistís un par de horas, no habrán recorrido la distancia suficiente para frustrar una persecución. Vuestro sacrificio será inútil.
   
Sois pocos, muy pocos, pero puedes fiarte de los que quedan conmigo. Son gente de ti misma tierra, casi en su mayoría de tu misma tribu, casi todos los que cruzaron contigo el Rin aquella mañana, para alistarse en el ejército romano.
   
No lucharéis como romanos esta mañana. Habéis colocado las corazas, los escudos y las armas en las troneras del parapeto, para que parezca que hay muchos más soldados en la ciudad. Habéis recuperado las costumbres de nuestro pueblo. Combatiréis ligeros, sin casco mi coraza, utilizando hachas y lanzas. Vuestro enemigo ya sabe como luchan los legionarios, este cambio le sorprenderá y retrasará.
   
No será la única sorpresa. Has dado órdenes de abandonar el adarve justo cuando se produzca el asalto. Lanzaréis una salva de pila, luego otra y desapareceréis. Abatidas las primeras filas, rotas la formación de ataque, el enemigo titubeará, se detendrá ante las almenas vacías, temiendo una trampa. Eso os dará el tiempo de atrincheraros en la casa del alcalde y apostaros para su defensa.
   
Más aún incluso. Sabes que, frente al vacío, los mejores soldados sienten miedo, pánico. En esas circunstancias, ni el mejor de los generales conseguirá hacerles reaccionar. Tendrán que enviar una patrulla a que escale las murallas y las inspeccione. Sólo cuando descubran el engaño recuperarán el valor necesario para asaltar la ciudad y adentrarse entre sus callejas.
    
Lo harán lentamente. Con suma cautela. Los romanos de ayer por la tarde, no son los romanos de hoy por la mañana. Pueden ocultarse tras cada esquina, esperando sorprender a los incautos y llevarse consigo a varios de los enemigos, antes de perecer ellos mismos. Por eso sabes que tardarán mucho tiempo en descender de las murallas y recorrer las callejas hasta llegar a vuestro fortín. Cuando la victoria está próxima, cuando el triunfo es seguro, nadie quiere morir. Si el enemigo lo desea, que así lo haga, pero que no cuente con otros para acompañarlo.
   
Esto es sólo un plan, sin embargo. Una posibilidad entre muchas. Siempre cabe que los pila no hagan daño entre los asaltantes o que, borrachos de su propio impulso, no se detengan, rompan como una ola contra la muralla y os arrastren a vosotros, os sumerjan y ahoguen, continúen corriendo, corriendo, corriendo, hasta alcanzar a los fugitivos y aniquilarlos, sin que ellos se opongan, hasta llegar a Cesarea y encontrarla sin fuerzas que la defiendan, hasta tomarla y liberar el oriente del poder Roma.
   
Sonries. Ríes con todas tus fuerzas. Todos tus compañeros te acompañan.
   
Qué te importa.
   
Qué te importa. Cuando todo eso ocurra ya estarás muerto y tu cadáver será alimento de los perros, regalo para los cuervos.
   
Solo te queda aprovechar estos últimos momentos. Hacerlo al estilo de tus antepasados, lanzarte contra las lanzas y espadas de tus enemigos, para unirte pronto con los dioses, presentando como ofrenda los cráneos de aquellos que has muerto con tu propia mano.
    
Ríes. Continúas riendo. Nada interrumpe tu risa. Ni la música discordante con que buscan animarse los enemigos, ni los bailes con los que se animan, ni las súbitas correrías hasta la muralla, para comprobar vuestras fuerza, ni las armas con las que os amenazan, ni las voces duras y agrias, en lengua desconocida, transportando insultos, ni las cabezas de los caídos ayer, ensartadas en las lanzas, paseadas casi a la altura del parapeto.
   
Al contrario, es el enemigo el que se detiene, primero uno de los que sostienen las lanzas, luego uno de los danzarines, luego las voces de los que os insultan, hasta que los instrumentos emiten un último gemido y se sumen en el silencio. Asombrados, confusos, os observan.
   
No tienen frente a sí legionarios, sino hombres desnudos, cubiertos de tatuajes, pintados y adornados, haciendo molinetes con las armas, retándoles a atacar ya, a probar la muerte, a mostrar su valor.
   
Porque las guerras del imperio se han transformado en las luchas de los bárbaros.

 
La aldea arde a tus espaldas.
  
Tiras de las riendas de tu montura hasta detenerla y te vuelves a observarlo. De entre las cabañas en llamas, de entre las columnas de humo, surgen siluetas humanas, que corren para ponerse a salvo.
  
No son los habitantes, son los últimos de los vuestros, aquellos a quienes habéis encargado el incendio de la aldea y que ahora escapan, la misión cumplida.
  
Los habitantes, los pocos que han sobrevivido al asalto y a la matanza posterior, hombres y mujeres jóvenes que podrán venderse bien, niños con la edad y la fuerza suficiente para sobrevivir hasta hacerlo, todos estos afortunados  ascienden la ladera de la colina, en silencio, la cabeza baja, sin mirar atrás, escoltados, por guerreros satisfechos, sucios por el combate, de espadas y corazas empañadas por la sangre.
  
Entre ellos, cabalgando de un lado a otro, de adelante a atrás, vigilando y supervisando todo, está tu padre, alegre como un niño, incapaz de reprimir su satisfacción.
  
Vuestras miradas se encuentran.
  
Casi inmediatamente, apartas la tuya, pero sabes que tu frialdad ha bastado para apagar su entusiasmo y, pronto, escuchas a su montura, cabalgas junto a la tuya.
  
Intentas no volver la cabeza, confiando en que pase de largo, en que no te moleste, pero el agarra las bridas de tu caballo y le hace avanzar, sin que tú intentes resistirte, hasta que tomáis la vanguardia de la columna, hasta que os alejáis lo bastante para que nadie pueda escuchar vuestra conversación.

- Compórtate.
  
No respondes. Digas lo que digas, el resultado será el mismo. Incluso aunque calles.

- Recuerda quien eres. Recuerda tus obligaciones.
  
Sigues en silencio

- Y recuerda que la primera es el valor. Tanto en la batalla, como en las reuniones. Tanto con la espada, como con la lengua.

Sigues en silencio.

- ¡Habla ya!
- Lo hemos hablado ya demasiadas veces, padre. – murmuras.
- Quiero oírlo una vez más.
- Ésa gente es nuestra gente, padre.
- Esa gente es de otra tribu. No les conozco.
- Todos somos germanos, padre.

Un gesto de su mano te interrumpe.

- ¿Qué son esos  germanos? A ver, explícamelo...
- Los que hablamos la misma lengua, los que adoramos a los mismos dioses.
- Como si eso significara algo.
- ¡Debe significarlo! Especialmente ahora cuando los romanos...
- Eres un ingenuo, hijo mío, por no llamarte necio.
  
La rabia te invade, pero esta vez no vas a dejarte llevar por ella. Esta vez no vas a dejarte vencer tan fácilmente.

- Parece que vas aprendiendo – una leve sonrisa se dibuja en el rostro de tu padre. Parece que vas aprendiendo... pero aún te queda mucho que aprender.
- Pero sólo la unidad puede salvarnos. Así les aniquilamos en estos mismos bosques. Tú mismo me lo has contado.
- La unidad sólo dura mientras triunfas. Fracasa una vez, fracasa dos y todos empezarán a pensar en como salvarse. Eso también te lo he contado ¿o es que lo has olvidado?
- Aún así, lo que hacemos es abyecto. Vender a los nuestros como esclavos... y precisamente a esos malditos romanos... a esos cerdos que no merecen ni mirarnos a la cara... a esos gusanos que deberían ser nuestros esclavos.
   
Su voz llena de ira te sobresalta. Eres incapaz de continuar. Te limitas a contemplar su rostro desencajado que grita e impreca. Por un momento diriges la mirada hacia el pomo de su espada, temiendo que la desenvaine y te ataque.

- ¡¿ Es que aún no te has enterado?! ¡¿Es que no te has dado cuenta?! ¡Si vencimos aquel día fue por pura casualidad! ¡Frente a su poder no somos, nada! ¡Nada¡ ¡Absolutamente nada! ¡Que te entre de una vez en la cabeza!
  
Se interrumpe para recobrar el aliento.

- Año tras año, volvieron a estas tierras. Año tras año. Daba igual los capitanes que nos dirigieran en el combate. Daba igual el número de hombres que sacásemos al campo daba igual las tribus que se aliasen. ¡El resultado era el mismo! ¡El mismo! Nuestras aldeas arrasadas. Nuestras juventud aniquilada. Nuestro pueblo reducido a ancianos temblorosos ¿¡Qué quieres!? ¿!Qué volvamos a esos tiempos!
- Pero padre... lo que no puede ser es que...
- ¡Cállate! ¡Cállate y no digas más tonterías! Se han ido y eso es lo que importa. Se han ido y no tienen intención de volver. Somos libres, desde hace años, somos libres. Libres para exterminarnos los unos a los otros, si así nos place, pero libres al fin y al cabo y con eso me basta.... con eso me basta. Y si para eso tengo que vender como esclavos al resto del país o entregar a mis hijos para que sirvan en su ejército, ¡estará bien hecho!¿Me escuchas? ¡Estará bien hecho!
- Pero es un engaño. El día en que...
- ¿Un engaño? Esclavos y soldados, eso es lo único que quieren.. y si dejamos de proporcionárselos nosotros, vendrán a tomarlos en persona. ¿Eso es lo que quieres? Dime ¿Eso es lo que quieres? ¿Ver como su ejército arrasa nuestras tierras? Yo lo he visto. Siendo niño lo he visto... y no tengo intención de volverlo a ver... cuando muera, que ocurra  lo que tenga que ocurrir, me dará igual, pero mientras yo viva... nunca lo consentiré, me escuchas, nunca.
   
Ambos calláis.

- Ellos son los más fuertes ¿es que no lo entiendes? Ellos son los más fuertes, por ahora son los más fuertes, y cualquiera que se les oponga será destruido, aniquilado, exterminado. No queda otro camino, no hay otra solución.
   
Su mano se apoya en tu hombro. Su voz ha tomado un tono triste. Vuelves la cabeza lentamente, temeroso de enfrentarte a su ira, pero en su mirada sólo hay desánimo.

- ¿Crees que no me duele hacer esto? ¿Crees que puedo dormir tranquilo?... Qué inocente eres. Si nosotros no nos ocupásemos de este comercio, ellos encontrarían algún otro que lo hiciera, puedes estar seguro ¿Tengo que explicarte quienes serían vendidos como esclavos? ¿Eh? ¿Tengo que señalártelos?
   
Sabes que no. Lo sabes perfectamente.

- Este mundo es un infierno. Matas o te matan. Yo he elegido sobrevivir. Espero haberos educado para hacer lo mismo.
   
Calla. Luego, sin soltar tu hombro, pero sin mirarte, vuelve a hablarte, dulcemente, intentado calmarte, intentando apaciguarte.

- Pero no quería hablarte de esto. Y tengo que hacerlo ahora, no habrá otro momento.
   
Sin quererlo te pones en guardia.

- Antes de nada, recuerda que soy tu padre, recuerda que eres mi hijo. Recuerda que me debes obediencia.
   
Tu cuerpo se tensa. Sabes lo que va a decirte. Lo sospechabas desde el comienzo de la expedición.

- No vas a volver a casa. No puedes volver. En cuanto caiga la noches abandonarás el campamento. Ya he elegido a quienes te acompañarán. Todos jóvenes, como tú, ninguno el primogénito de su familia, como tú.
- ¿Para ir a...?
- Para pasarte a los romanos, para convertirse en legionario.
   
Los dedos de tu padre se clavan en tu hombro, impidiendo que des un respingo, evitando que te apartes de él.

- Sabes que no puedes volver. Lo sabes perfectamente.
  
Asientes.

- No viviré ya mucho. Siento que los dioses me llaman. Quizás, ésta sea mi última correría, quizás el año que viene. No lo sé, pero sí lo que pasará tras mi muerte. Tu hermano tendrá que afirmar su supremacía, y para ello tendrá que acabar contigo, mi favorito, el que siempre me acompaña, el que conoce todos mis pensamientos, el amado por todos los nuestros. No le quedará otro remedio, no importarán tus juramentos de fidelidad, nunca podrá estar seguro de que no intentes rebelarte contra él, al igual que tú nunca podrás estar seguro de que respete tu vida. Os enfrentaréis, uno matará al otro, quizás perezcáis los dos, pero entretanto, nuestra tribu se habrá partido en dos y nuestros enemigos se lanzarán sobre nosotros.
   
Suelta tu hombro y espolea su montura. Tú le sigues.

- Y ninguno de nosotros queremos que eso suceda. Por mucho que odiemos a los romanos, amamos más a nuestra tribu. ¿No es cierto?

Es cierto.



La luz brillante, clara, pura, desciende por la escalera e inunda el sótano.
   
Debería dibujar un rectángulo perfectamente geométrico en el pavimento, escalar la pared hasta casi el techo, pero el montón de cadáveres que se acumula en la entrada se lo impide.
   
En la penumbra, al otro lado de la puerta, vez aparecer y desaparecer la punta brillante de un gladio. Es el compañero que custodia contigo la entrada. Uno de los pocos supervivientes, apenas seis o siete, que os habéis refugiado aquí, tras haber sido expulsados de los pisos superiores por los enemigos.
  
En los primeros momentos, en medio de la confusión, algún enemigo consiguió eludir vuestras hojas, pero cayeron bajo las espadas de vuestros compañeros. Ahora es imposible que alguien se cuele en la habitación. El montón de cadáveres le impedirá tomar carrerilla y utilizar el impulso para pillaros por sorpresa. Tendrá que escalar la pirámide de muertos, escurriéndose en la sangre, preocupado por no caer, hasta encontrarse con vosotros, hasta que le terminéis sumariamente.
   
Alguno lo intento al principio, pero hace ya rato que nadie baja. Durante bastante tiempo escuchasteis sus voces incompresibles, provenientes del exterior. Parecían discutir. Seguramente intentaban encontrar un medio para sacaros de ahí, para acabar con vosotros. No debieron encontrarlo, por que sobrevino el silencio.
  
El silencio. Inesperado, tras largas horas de lucha. Sedante, tras la locura del combate.
  
Lentamente te dejaste acunar por él. Apoyaste la espalda en la pared, y permitiste que tu cuerpo se escurriera hasta quedar sentado en el suelo. Tu compañero hace lo mismo. Os sentís tranquilos. La misión ha sido cumplida. Las horas que habéis resistido, casa por casa en la ciudad, piso tras piso han bastado para que la legión pudiera salvarse.
   
Ya sólo queda morir bien.
   
Un estruendo te sobresalta. De un salto, retomas tu posición junto a la puerta, dispuesto a detener a cualquiera que intente abrirse paso.
   
Nadie desciende, sin embargo. En su lugar, aparentemente inocente, una bola de hierbas y ramas rueda por los escalones, rebota con los cadáveres, parece a punto de saltar sobre ellos y se aquieta en la base.
   
La miráis con curiosidad, sin comprender.
   
Casi inmediatamente una flecha se clava en ella. Instintivamente te apartas, huyes de la puerta, buscas refugio, porque has visto la llama en su punta y has adivinado que la bola va inflamarse. Un golpe de calor entra incontenible y está a punto de hacer que te desmayes. Escuchas el grito de tu compañero, inhumano, de animal que se sabe muerto y aprietas los dientes.
   
Sólo has ganado unos instantes más.
   
El humo llena la habitación. Comienzas a toser. Ante ti, algunas sombras cruzan en dirección a la salida. Demasiado pronto, intentas gritarles, pero el humo te ahoga. Sus gritos te demuestran que no estaban equivocados, era  muy fácil hacer puntería sobre ellos, según salían, sofocados por el humo, cegados por el sol.
   
Hay que esperar a que la columna de humo se vuelva más densa, a que el calor les obligue a apartarse de la salida, a que piensen que los que no abatido afuera, han ardido dentro. Lo justo para confundirles, pero lo suficiente para no morir ahí dentro como un perro, sin gloria alguna.
   
Te tapas la boca y la nariz con la mano para no inhalar el humo, aguantas la respiración todo lo que puedes, mientras te arrastras, escalón tras escalón, hacia la salida, cruzando bajo las llamas, evitando el humo ardiente que escapa hacia el cielo.
   
Allí en el último escalón, recuperas brevemente el aliento, te alzas de un salto y te lanzas contra los enemigos, aullando, como si hubieras vuelto a los bosques de Germania.
   
Les ves vacilar, temblar y huir ante ti. No saben si eres un hombre o un fantasma, un vivo o un muerto. No les sirve de nada, pronto has alcanzado a uno y, antes de que se diera cuenta, tu gladio le ha atravesado. Frenéticamente ha intentado alcanzar la hoja con las manos y arrancársela, pero no llegaba. Pronto se ha dejado vencer y ha bastado  que inclinases la hoja, para que se escurriese hasta el suelo y la dejase nuevamente libre.
   
Ríes al ver el  cadáver, miras a tu alrededor e increpas a tus enemigos. Les insultas, les llamas cobardes, porque no tienen el valor de enfrentarse a un hombre solo.
   
Porque tú eres Herrmann, principe de los queruscos, el único pueblo de este mundo que ha derrotado a tres legiones romanas completas.
   
Y si tu padre pudiera verte estaría orgulloso.

   
Aún estáis empapados. Habéis cruzado el Rin en barca, pero en el último tramo, forzados por los bancos de arena, habéis tenido que saltar a la corriente y vadear hasta la orilla, con el agua hasta la cintura. Alguno se ha extraviado y ha caído dentro de una poza, pero no ha sido nada grave. Más un motivo de diversión y bromas que otra cosa.
   
Los legionarios ya estaban esperando. Saben que de vez en cuando, en fechas determinadas, muchos de los vuestros cruzan el río, para formar parte de las invencibles legiones romanas.
   
Os estaban esperando, pero no estaba todo preparado. Durante horas os han tenido allí, formados en la orilla del río, de pie y completamente inmóviles, esperando a alguien que no acaba de llegar.
  
Esto también estaba pensado. Lo sabes perfectamente. Presientes que no sólo has cruzado un río, si no que has pasado a otro mundo. Un lugar donde todo está regulado, fijado y establecido, donde aquél que se separe recibirá un castigo, una pena tan dura y desproporcionada que haga que sólo los desesperados se atrevan a cometer acciones similares.
   
Un rumor de cascos te anuncia su llegada. Surgen repentinos, de entre los árboles, y antes de que podáis reaccionar ya están junto a vosotros. Su miradas están llenas de burla y desprecio, iguales  las del amo que observa trabajar a un esclavo, indistinguibles de las del niño que juega con una lagartija antes de matarla.
  
En ese instante, te hierve la sangre, pero recuerdas los consejos de tu padre. Nunca ataques a los fuertes, siempre habrá débiles sobre con los que puedas desahogarte, con los que puedas jugar a ser tú el fuerte.
   
Uno de los jinetes hace avanzar su montura hacia vosotros. Lleva una coraza reluciente, recién pulida y en su casco, igualmente brillante, trémola un orgulloso penacho, de color casi púrpura. Una y otra vez, pasa y repasa frente a vuestra formación, observándola atentamente.
  
Al final se detiene justo delante de ti, pero no es para dirigirte la palabra, sino para volverse a su escolta y comentar, casi entre risas, que le es imposible distinguir a un germano de otro germano, que todos se parecen, que todos son indistinguibles. Quien es vuestro jefe, pregunta sin mirarte, la vista dirigida más allá de vuestra formación, hacia las aguas del río.
   
Avanzas hacia él. Intentando mirarle a los ojos, sintiendo dolor en el cuello por lo forzado de la postura, pero dispuesto a no ceder. El también aguanta tu mirada y casi parece satisfecho, sonríe levemente, manteniendo la sonrisa mientras te pregunta quien eres.

- Hermann, príncipe de ...
   
Su bota golpea tu rostro. Trastabileas por el impacto, retrocedes unos pasos, pero no caes, no te llevas la mano a la cara, a pesar de que el dolor te traspasa. Con un gesto del brazo, haces señas a los tuyos de que no ha ocurrido nada, de que no debe ocurrir nada, aunque los romanos hayan echado mano a sus espadas, aunque los tuyos hayan hecho los mismos.

- Hermann. – repites.
   
Continúas mirándole, sin que tu rostro deje traslucir emoción alguna, al contrario que el hombre que sonríe lleno de satisfacción. Has pasado esa prueba parece decir pero, es sólo un momento, pues enseguida aparta su mirada y comienza a hablar de nuevo, dirigiéndose a todos vosotros, como si tú no fueras más que uno entre muchos, como si cualquiera de tus hombres pudiera llegar a superarte, a mandar sobre ti, o ordenarte que fueras aquí o allí.
   
Aquí no importan tu nacimiento, son sus palabras, en la legión romana no se conoce otro rango que el que otorga el valor en el campo de batalla, no se merece otro respeto que el produce la virtud. Quien posee los dos no tardara en ascender, no pasará mucho tiempo sin que sus méritos se reconozcan, Como él, que empezó de legionario y ahora ya es centurión primipilo.
   
Tales son las virtudes del ejército romano. Tales son también las virtudes de las que se ufanan los germanos. No es extraño que vuestros compatriotas se encuentren tan a gusto en la legión. No es extraño que los mejores legionarios que haya tenido provengan de vuestras tierra. Pero que nadie espere favoritismos, que nadie espere facilidades. En la primera batalla formaréis la primera fila, tendréis que resistir vosotros solos el asalto del enemigo o veros obligados a romper sus filas. Ahí se verá vuestro temple. Aquellos que mueran cara al enemigo, serán enterrados con honores, aquellos que cumplan su misión y sobrevivan serán considerados veteranos, nada se opondrá a su carrera. Aquellos que mueran con deshonor, serán abandonados a los cuervos.
   
Porque en el ejército romano, no hay patrias. Aquí da igual que seáis romanos, que seáis galos, que seáis germanos, que seáis griegos, que seáis sirios o mauritanos. Si sabéis blandir el gladio y herir con ella al enemigo, si sabéis obedecer las órdenes y acatarlas aunque os lleven a la muerte, entonces seréis legionarios, entonces seréis uno de los nuestros, entonces formaréis parte del imperio cuyo gobierno los dioses han entregado a Roma, para que todos los pueblos formen parte de él y vivan en paz, libres de guerras y conflictos.
   
Pero que nadie se engañe, continúa, que nadie se engañe. El que no se sienta con ánimos, sólo tiene que volver a cruzar el río. Nadie se lo reprochará, pero que sepa también que esta es su última oportunidad. Una vez prestado el juramento, la deserción será castigada con la muerte y la única muerte rápida que tiene un legionario es la que recibe a manos del enemigo, frente a frente, en el campo de batalla.
   
No, no te engañas. Sobrevivir es tu divisa. Sabes que lo conseguirás.
  
Aunque tengas que llevar la guerra a los tuyos.
  
Para que un día seas tú quien reciba a los que crucen el Rin
.

El mar. La costa baja y arenosa de Palestina se extiende ante ti. Una línea recta, inflexible, que se extiende de un extremo a otro del horizonte, sin que accidente alguno te permita reconocer si estás en un punto u otro. Tan recta como las series de olas que se precipitan contra la costa, apenas tres o cuatro finas rayas de espuma blanca, paralelas a la costa, que surgen por un extremo y, casi inmediatamente ocupan toda la línea, hasta romper y desaparecer.
   
No te has extraviado. No te has equivocado. En toda la costa sólo hay un punto distinto al resto y, al coronar la última, colina, lo has visto frente a ti, bajo tus pies. Es la ciudad de Cesarea, orgullosa, desafiante, intacta. Sin huellas de que los rebeldes la hayan atacado, sin señales de que hayan intentado siquiera aproximarse.
   
Nada ha cambiado en ella. En un extremo, el palacio del rey, protegido por el teatro y el circo que se abren a la amplia grieta del cardo. Sigues su línea, tan recta como la costa, perfectamente paralela a ella, hasta que se cruza con el decúmano, y allí te deslumbra el pináculo dorado del templo de Roma y Augusto, descollando sobre el resto de la ciudad, demostrando cual es el verdadero poder en este mundo, cuales son los verdaderos dioses.
   
Tras él, un bosque de mástiles, barcos venidos de las cuatro esquinas del mar interior, llenando la rada que construyo aquel rey, y tras las barcos el malecón que protege el puerto de la furia del mar y las torres y las murallas que los protegen de la furia de los hombres y en la bocana, los dos colosos gigantescos que miran al mar y desafían a hombres y dioses.
   
Sin darse cuenta que sus enemigos vienen está vez del interior.
   
Desciendes de la colina a la ciudad, siguiendo la calzada que lleva a Jerusalén. Los guardias corren hacia ti, esgrimen sus lanzas para detenerte, pero, en el último momento, se detienen, te dejan pasar, mirándote con ojos desorbitados, con una expresión de horror y asco en sus rostros.
   
Ha sido así todo el camino desde Betorón. No has intentado esconderte. Te has mantenido en medio de la vía, perfectamente visible para todo aquel que la recorriese, para todo aquel que vagase por los campos circundantes. Iban a ser los dioses y no tú, quienes decidieran si ése era el momento de tu muerte o no.
   
Aquí y allá has visto grupos de jinetes. Algunos han vuelto a desaparecer en el horizonte, otros se han dirigido hacia ti. No les has prestado atención. No te ha vuelto hacia ellos si se aproximaban por tu espalda, has continuado la marcha, tozudo, ausente a todo, a pesar del dolor desgarrador que sientes en tu rostro, a pesar de que tu brazo derecho pende sin vida y a cada vaivén de tu cuerpo, golpea con tu costado.
   
Espera que aquel fuera el momento. Esperabas que te llegase al fin la muerte, de la que algún azar te había rescatado. Cerrabas los ojos, al escuchar el rumor de los cascos, aguardando el golpe que te liberase, pero nuevamente volvían a alejarse. No te volvías, seguías la marcha, apretando los dientes, resuelto a llegar a la ciudad. No importaba que tu cuerpo se negase a obedecer, que tus piernas temblase y se doblasen bajo tu peso, que tu vista se nublase. Continuarías avanzando, aunque tuvieses que arrastrarte. Todo antes que desplomarte en medio de los campos, de quedar abandonado en aquellas soledades. Si no se permitía una muerte fácil y rápida, tú, por tu parte, no ibas consentir terminar como alimentos de los cuerpos.
   
Entonces, repentino, brillaba un rayo de esperanza. Un grupo de jinetes bloqueaba la ruta y, al verlos, te sentías inundado por la alegría. Apresurabas el paso, aunque eso sólo supusiera arrastrar un poco más deprisa los  pies y, sonriente, marchabas hacia ello. Nada ocurría sin embargo. Los jinetes tiraban de las riendas y hacían recular sus monturas, dejaban el espacio justo para que cruzases entre ellos, mientras te observaban con los ojos desorbitados, con los rostros llenos de espanto.
   
Pasabas entre ellos, sabiendo que ninguno iba a liberarte de este sufrimiento. Les dejabas atrás, caminando pesadamente, respirando con dificultad, sin volverte a mirarlos, seguro de que sus ojos estaban fijos en ti, con la misma expresión con que las gentes de esta ciudad te observan caminar por sus calles, con el mismo terror, con el mismo asco, con que las madres tapan con la mano los ojos de sus hijos, para que no les des mal de ojo.
   
Sonríes.
   
Sabes que has escapado arrastrándote, cavando entre los cuerpos, de la tumba, del basurero donde, tras la batalla, habían amontonado los cadáveres de tus compañeros. Sabes que estás cubierto de pies a cabeza con su sangre, sabes que tu rostro no es más que una masa amorfa apenas reconocible, que tu brazo ya no existe, tronchado y aplastado, y que no que atreves a mirarlo, para no perder las últimas fuerzas que aún te mantienen en pie..
   
Porque te has convertido en un espectro, venido del más allá para atormentar a las gentes.
   
Tras de ti, la multitud gime y ruge, borracha de asco y placer, pero no encuentra el valor para rematarte.