martes, 20 de abril de 2010

Self Inflicted Wounds (y III)

La mayor ironía de la guerra, un conflicto pleno de ironías, fue que con un enorme coste de vidas y de destrucción y de la casi segura pérdida de la colonia, la España patriótica había luchado finalmente para restaurar una monarquía absoluta. El pueblo se había levantado para defender al rey, la religión y la patria; el intento de los liberales de crear una monarquía parlamentaria a raíz del conflicto no había contado con el apoyo de las clases populares, y no les ofrecía otra cosa que la panacea de una economía de mercado que destruiría aún más su tradicional "economía moral". Por más sonoro que fuera su salto hacia delante, los liberales creyeron que las hermosas palabras de su constitución eran suficientes: bastaba con haberlas aprobado y puesto por escrito para que su realidad política prevaleciese. Esta muestra de ingenuidad política que se repetiría más de una vez en la posterior historia de España condujo al fácil desmembramiento y represión de los liberales por parte de las fuerzas militares a petición del soberano más maligno que ocupara el trono de la España contemporánea. El resultado de la guerra fue un retroceso económico, político y demográfico del país de al menos tres décadas, si no más.

Ronald Fraser, La Maldita Guerra de España.

He comentado ya en varias ocasiones, menos de la que quisiera, el magnífico trabajo de demolición de mitos varios que Fraser realiza en su obra sobre la guerra de la independencia. Entre ellos, el que quizás sea el más persistente es el que ve el conflicto como "the finest hour" que dicen los ingleses, de la historia española, una opinión compartida tanto por izquierdas como por derechas, posiblemente como reacción a los casi dos siglos de guerras civiles y odio entre españoles que le sucedieron... y que aún continúa librándose, aunque afortunadamente sólo en el papel.

El caso es que las izquierdas solían ver en la guerra de la independencia la protorevolución, el primero de los levantamientos populares que habrían de culminar en un nuevo orden social, más justo e igualitario, cuando en realidad, los rebeldes pretendían defender el viejo orden; mientras que las derechas veían en él, la defensa común de las esencias patrias, frente a las ideologías extrañas y extranjeras que pretendían disolver, cuando cada grupo tenía intereses distintos, frecuentemente contrapuestos, que serían el germen de tantas guerras civiles posteriores.

Unos mitos tan falsos como persistentes que han acabado incluso por generar sus contramitos, por una parte de unos levantamientos instrumentalizados y controlados por las clases poderosas, cuando el ímpetu revolucionario popular acabó por desbordarlas y en muchos casos intentaron activamente reprimirlos; mientras que por otra parte, la guerra de la independencia sería el acta de nacimiento de los muchos nacionalismos peninsulares y sus líderes habrían intentado crear otros tantos estados independientes,cuando hubiera sido mucho más sencillo para los catalanes, por ejemplo, pasarse al bando napoleónico, como hicieran los polacos contra sus opresores prusianos, austriacos y rusos.

No obstante, para derribar definitivamente ese mito de "la mejor hora" basta con considerar una cosa ¿Qué sacamos los españoles de tanta gloria y tanto sacrificio?

Es casi una perogrullada, de puro obvio, señalar que nuestro imperio se disolvió completamente y que por ello, faltos de las riquezas que este nos suministraba, nos convertimos en uno de tantos enfermos de Europa, un país que no pintaba nada en el concierto europeo... y sigue sin hacerlo, por mucho que presidente tras presidente actual se empeñé e demostrar lo contrario, imitando sin quererlo el ridículo de O'Donnel y sus expediciones a la Conchinchina. Un país que fue ninguneado en la conferencia de Viena, donde ninguna de sus peticiones fue atendida, a pesar de haber sufrido seis años de guerra continua, y haber visto su población diezmada, el país devastado.

Es este último sobre el que siempre hay que hacer hincapié, porque todos parecen haberlo olvidado. Es cierto que en el contexto de los casi veinticinco años (1792-1815) de guerras revolucionarias y napoleónicas, seis añós puede parecer una minucia. Lo sería, si la guerra en España hubiera sido como en el resto de Europa, un asunto de los ejércitos en el que la población se limitaba a mirar y en el que una vez pasadas las tropas, no tenía nada que temer de sus nuevas o viejas autoridades. En España por el contrario, el levantamiento y revolución del país, junto con el surgimiento de la guerra de guerrillas, dio lugar a la primera guerra asimétrica de época moderna, en la que pequeñas partidas intentaban compensar con el apoyo de la población y su movilidad la superioridad tecnológica del mejor ejército de su tiempo.

Una guerra sin cuartel en la que el ejército Napoleónico reaccionó como lo han hecho todas las potencias inmensas en una guerra total, aplicando su rigor sobre la población civil para que el terror de las represalias cuartease el apoyo de los insurgentes, les hurtase sus fuentes de avituallamiento y evitase que engrosasen sus filas. Una misión en la que el ejército Napoleónico fracasó, ya que requería prácticamente un exterminio a gran escala, que sólo un régimen como el nazi, sin cortapisas morales podía llevar a cabo; pero que dejo a España arrasada y despoblada.

Peor aún, porque todos los odios y divisiones, entre liberales y absolutistas, entre ciudades y campo, entre iglesia y librepensadores, desembocaron en esos dos siglos de guerras y conflictos civiles, una vez que cada bando había aprendido a usar las armas contra sus enemigos y a justificar su desaparición física.

Unas guerras civiles, que como digo, aún siguen librándose por escrito.