sábado, 3 de abril de 2010

A Single Heritage


Hablaba en una entrada anterior de las inmensas colas que se forman para ver la exposición sobre el Impresionismo abierta en la Fundación Mapfre, dentro de las mega-exposiciones de este invierno-primavera, hay otra que debería despertar la misma expectación, y de hecho todo está preparado para la recepción de inmensas multitudes, pero que curiosamente, siempre está medio vacía y nunca hay problemas ni dificultades para acceder a ella.

Hablo de la Tesoros Culturales del Mundo, abierta en la Fundación Canal, que muestra una breve pero impresionante selección de piezas extraídas de la colección del Museo Británico londinense, no las más importantes claro está, pero cada una de ellas una obra única por méritos propios que ya quisieran poseer otros muchos museos.

Sin embargo, no es la importancia de estas piezas la que debería motivar una mayor asistencia a la exposición, es el hecho de que el museo británico, junto con unos pocos museos más, es ni más ni menos que una especie de arca cultural de la humanidad, un lugar donde es posible recorrer los milenios y las sociedades, contemplando la imagen que quisieron dar de ellas mismas, en un viaje sin final que convierte a cada visita a ese múseo en única y a su catálogo en inabarcable.

Aún más importante, el museo Británico no es un museo de arte, sino principalmente de historia, antropología y arqueología, lo cual motiva que no se limite su muestrario a las grandes manifestaciones artísticas de esa civilización, sino que se filtren en ella, debido a las casualidades y particularidades del registro arqueológico, todo tipo de objetos de uso corriente y cotidiano, de manera que sean tan importantes, tan necesarios para entender al animal humano, los mármoles de la acrópolis como los objetos de los indios del Pacífico, puesto que nos sirven para entender a nuestros congéneres, sus necesidades y pulsiones, las formas siempre distintas con las que reaccionaron a los retos que se les planteaban.

Una camino, que tal y como nos muestra la exposición no deja de ser sorprendente al descubrir, como digo, en pie de igualdad, pasados ya los tiempos de supuestas superioridades culturales, los productos de cada una de las civilizaciones, e intentando siempre salirse del camino trazado, o mejor, ampliar el canon para incluir todo lo que merezca la pena, atreviéndose a cambiar los conceptos oxidados cuya "verdad" atribuimos simplemente a su edad, para convertir así la autopista de sentido único en una densa red de carreteras secundarias, donde cada cual pueda elegir su propio camino y disfrutar a su manera, encontrando así el placer, el goce, que suponemos inherente al arte.

Y así ocurre que en esta exposición nos encontramos con grabados sorprendentes, como el Combate de Hombres Desnudos de Pollaioulo, con el que he abierto esta entrada, que nos sorprende por su violencia y la claridad de su trazo, sin que nos importe que el que lo firma sea un pintor comúnmente considerado de segunda fila, frente a las figuras inmensas del Alto Renacimiento


o encontrarnos con obras inesperadas de la antigüedad clásica, como esta Pareja de Perros del siglo II d.C, tan alejadas de la perfección idealizada, de los dioses imperturbables ensimismados en sus pensamiento, que suponemos consustancial a la estatuaria grecorromana, cuando sólo fue la visión equivocada de los Neoclásicos que se transmitió imperturbable a la posteridad.


O descubramos que una persona, un contemporáneo nuestro, alguien que camina aún entre nosotros, como el japonés Tokuda Yasokichi, pueda ser nombrado Tesoro Nacional Viviente en su país, puesto que él y sólo él, sea capaz de crear cerámicas de tonalidades y combinaciones tan inusitadas


O que los miembros del pueblo indio Walri nos muestren como el arte, el más excelso, está al alcance de casi cualquier individuo, al crear casi diariamente obras de gran complejidad y de no menos inmenso atractivo.