jueves, 22 de abril de 2010

Stading at the edge of a Cliff


He comentado ya en varias ocasiones como Chantal Akerman compone de una manera absolutamente pictórica, completamente clásica, bebiendo claramente de la pintura flamenca y en general de toda la tradición figurativa occidental, del renacimiento al realismo (quedarse en Hopper como hacen la mayoría de los comentaristas es un reduccionismo, por no decir otra cosa).

Si hay alguna película suya en que esta característica formal suya sea más clara, es en Je,Tu, Il, Elle, al menos en su primera parte, lo cual no deja de ser irónico, me imagino que de forma bastante voluntaria, en una película que no deja de ser un experimento formal alejado de todo clasicismo o normativa, puesto que lo que se nos describe aquí es un camino de autodestrucción, el de una persona que se va abandonando poco a poco, hasta perder la propia consciencia del tiempo y de sí mismo.

Un lento declinar magníficamente ilustrado por la ignorancia en que se mantiene al espectador, al que nunca se le informa de lo que está pasando, ni se le deja entrar en la mente de la protagonista (ese trasunto de la propia directora, como en tantas de su obras), excepto por los fragmentos de cartas dirigidas a un destinatario anónimo, ni se nos permite calibrar el paso del tiempo, más allá de unos vagos, ayer, más tarde, esta noche, y que se distorsiona al dividirlo en larguísimos planos estáticos que se concanetan sin apenas relación ni por supuesto causalidad.

Una distorsión que resulta aún más llamativa y vanguardista por el hecho de haber sido filmada con ese enfoque pictórico tan preciso.

Una soledad, la de la protagonista encerrada en su casa consigo mismo, que no termina cuando ésta, sin explicación alguna, decida salir al mundo, puesto que ése mundo es un espacio vacio y hóstil en el que no tiene cabida alguna.



Al menos hasta llegar a un destino que no sabemos si se corresponde con el del destinatario de las cartas, pero que en cierta manera, se nos antoja que no podía ser otro que ése.





y que culmina en una de las escenas de amor físico más poderosas, explícitas y al mismo tiempo (otra paradoja) románticas y arrebatadas que este pegador de palabras recuerde.

Una escena de la que se nos hurtan las consecuencias, si es que hubo o debiera haber alguno, en esos finales abiertos tan querido por esta directora, tan semejantes a esa vida compartida por todos en la que nos imaginamos timoneles y capitanes, cuando no somos más que náufragos a merced del viento y las corrientes.