lunes, 22 de junio de 2009

Onto the beaches (y II)

Over in the field the outlines of two Panthers appeared. The wheat had grown high and was almost ripe. Each time the fired the shells cut a narrow furrow through the ears of corn. One of the Panthers was knocked out. Suddenly the gun of the other turned and pointed in my direction. I saw the muzzle flashed as it fired, and the corn bending down along the line of flight of the shell that was about to hit us.

Anthony Beevor, Overlord

He leido esta primavera, ya verano, una buena ración de libros sobre el desembarco de Normandia y la campaña posterior, y debo decir que el peor de todos, con diferencia, es el ultimísimo de Beevor.

Puede parece extraña, esta opinión mía, cuando medios informativos de reconocido prestigio se han desecho en elogios hacia esa obra, pero no debería sorprender, puesto que esos elogios huelen a Saving Private Ryan, es decir, que la calidad de una narración se basa en el naturalismo de sus descripciones y un revisionismo moderado muy de moda en el que ambos bandos se vuelven igual de malvados y de despreciables.

El problema de la obra de Beevor, por supuesto, no se encuentra ahí, lo anterior debería aplicarse más bien al comentarista, aparentemente poco versado en la segunda guerra mundial. Lo que convierte a esta obra en una decepción es algo muy distinto, el hecho de que los defectos habituales del autor se han hecho patentes y lastran una obra que, no obstante, contiene gran cantidad de detalles y es capaz de centrarse en aspectos de la campaña apenas tocados anteriormente, como la carga de los tanques de Patton a través de Bretaña, tan épica como inútil, o la narración de la ruptura del frente alemán a finales de Julio y la marcha imparable del ejército americano hacia Avranches, que condenaría a las tropas nazis en Normandía.

Dejando aparte esto, los patinazos de Beevor son de estructura. Como en su obra anterior, la crónica de la guerra civil española, el autor parece haberle tomado miedo a las introducciones, y si en aquella ocasión era capaz de cepillarse la historia de la segunda república en unas pocas decenas de páginas para llegar cuanto antes a la descripción de las operaciones, en este caso realiza lo mismo con los preparativos de la operación Overlord, de manera que enseguida nos encontramos en las playas. Una desidia que en, en ambos libros, nos hurta el conocimiento de los personajes implicados, sus motivaciones, sus esquemas mentales y sus anteojeras ideológicas, con lo que todo lo que se narra a continuación parece transcurrir en el aire, porque sí, sin estar fundamentado o explicado en las circunstancias anteriores.

Es más, aún así, el libro podría haberse salvado, recordemos que Beevor ante todo es un historiador militar, pero en lo que es su campo el autor también fracasa estrepitosamente. La secuencia de los hechos es confusa, de forma que no es posible hacerse una idea clara de lo que está sucediendo, donde y cuando, siendo el caso extremo la narración del salto de las dos divisiones paracaidistas americanas sobre la península del Cotentin, en el que no se indican los objetivos de las mismas ni el éxito/fracaso de las mismas (algo que en el libro de Keegan queda perfectamente claro, demostrando algo que los alemanes ya había aprendido en Creta, la vulnerabilidad e impotencia de las tropas aerotransportadas).

Es este punto precisamente el que ilustra otro de los grandes defectos de este libro. La historiografía moderna (de los años 70 para acá) nos ha enseñado que los aliados no se comportaron como santos en esa guerra y que muchas de sus acciones podrían considerarse como actos de guerras. Así por ejemplo, existía cierta tendencia a ejecutar a prisioneros en los primeros momentos tras un combate, lo cual se plasmaría en la famosa política de no prisioneradoptada espontáneamente por las tropas americanas e inglesas en el Pacífico. Sin embargo, conviene señalar que mientras en las tropas aliadas esta conducta tendía ser espontánea, en el caso de las tropas alemanes, especialmente de las SS ( y la proporción de SS en Normandía era especialmente alta), era una política deliberada para aterrorizar al enemigo, muy propia de un régimen dictatorial que conducía una guerra racista de exterminio.

Beevor, por supuesto señala todo esto, la cotidianeidad de la ejecución de prisioneros, especialmente de francotiradores o SS, el fanatismo de estas últimas dispuesta a morir en sus puestos y a eliminar a los enemigos de cualquier medio, pero lo hace en tantas ocasiones que termina por no ofrecer una visión clara del asunto y de las diferencias entre ambos ejércitos, dando pie a ese revisionismo moderado del que hablaba. Más aún, en ocasiones tira de rumores y noticias no confirmadas, que si bien vienen a introducirnos en la mente del soldado raso, sus miedos y temores, pueden confundir en una lectura apresurada, al faltarnos las confirmación de esos hechos.

Piénsese sólamente en la famosa escena de Band Of Brothers, donde el Teniente Spiers ejecuta a unos prisioneros el día D. Tal y como se presenta, el espectador se queda con la idea de que ocurrió en realidad, pero en el libro no pasa de rumor, que aparece en diferentes versiones y encarnaciones según el veterano que lo cuenta, sin haber sido presenciado directamente por ninguno, y que por tanto tienes muchos visos de no ser cierto, aunque entre perfectamente en el carácter del personaje.