martes, 23 de junio de 2009

Just Stay Alive








He señalado ya varias veces la emoción que me ha producido el descubrimiento de la obra de Humphrey Jennings, un sentimiento que no ha disminuido con la visión de su largo, medio documental, medio ficción, I was a Fireman, 1943.

O quizás debería decir que la emoción ha sido aún mayor, puesto que la primera impresión que tuve fue de que no iba a estar a la altura y estuve a punto de dejar de verla apenas pasados quince minutos... gracias que perseveré, una y dos veces.

¿Y cómo fue eso? Simplemente porque Jennings es el maestro de ir a contracorriente. No hay que olvidar nunca que sus obras son filmes de propaganda, pensados para levantar la moral de una Inglaterra asediada por el nazismo, y conseguir que la resistencia prosiguiera, más allá de lo que parecería razonable. Se podría pensar entonces que el objeto de las películas de fueran los combatientes, especialmente aquellos que parecieran ser los más gloriosos, la antigua marina que mantenía las líneas de suministro abiertas, o los pilotos de caza, los que acababan de humillar a la orgullosa JenningsLuftwaffe, símbolo de la supremacía de Alemania y la raza Aria.

Jennings, para esta obra elije ni más ni menos que a los bomberos, y la ambienta en el peor periodo del Blitz sobre Londres, cuando esa misma Luftwaffe bombardeaba sin obstáculos y sin piedad la capital británica. Un tiempo en el que los bomberos se veían impotentes para controlar los incendios desatados por las bombas o para salvar los edificios presa de las llamas, y en el que la mayor victoria, la única victoria, era precisamente conservar la vida, atravesar el infierno de las noches, para volver a empezar el día siguiente, para estar ahí, defendiendo la ciudad, intentando proteger lo que el enemigo se empeñaba en destruir.

Una tarea de héroes, sin recompensa y sin posibilidad de victoria, puesto que lo que no fuera alcanzado esa noche, lo sería al día siguiente, que Jennings narra con la mayor humildad y sencillez posible, haciéndonos sentir el aburrimiento y el tedio con que se pasaban los días (la razón de mi casi abandono) caracterizando a cada uno de los bomberos anónimos con unos mínimos gestos, pero sin que nunca abandonen esa aura de personas normales y corrientes, a las que la guerra les ha obligado a asumir una nueva profesión, que desempeñan con la misma tranquilidad y monotonía que su vida anterior, sin pretender nada, ni adoptar pose alguna.

Una narración en que se produce una gradual evolución, del acuartelamiento al lugar del incendio, que al principio es casi inocente, pero que acaba por rebelarse devorador e incontenible, y donde Jennings nos transmite el esfuerzo, las penalidades y dificultades, todo aquello que es necesario hacer aunque no tenga sentido, poniendo la atención en las acciones mínimas, en el tiempo que se pierde en desenrollar una manguera, en extender una escalera, en buscar una boca de riego, en llegar al foco del incendio, de forma que, como digo, el espectador entiende el riesgo real al que se enfrentan esos bomberos y comparte su cansancio.

Una lucha que como digo no tiene victoria, puesto que el edificio que intentan salvar se hunde finalmente arrastrando en su caída a uno de ellos, momento que se narra con la mayor sencillez, sin resaltarlo en absoluto, como si el hecho de que la muerte de ese hombre, tras salvar a uno de sus compañeros, fuera un suceso que no necesitara ser relatado, si habitual y normal, comprendido en las obligaciones.

Un estoicismo, una contención que marcan, y hacen inolvidables, las escenas que siguen, como los rostros destruidos por el sueño y el cansancio de los bomberos al llegar el alba, el descubrimiento casual, arriba ilustrado, del casco del bombero caído, o la brevísima escena del entierro resuelta en dos planos cortísimo, en donde aparece fugazmente una mujer de luto que suponemos la viuda de ese hombre.