domingo, 21 de junio de 2009

Everything is wrong




Descubrí la serie Aeon Flux por casualidad a mediados de los noventa, gracias a una de mis crisis de insomnio, por aquel entonces no tan letales como lo son ahora. El caso es que entonces no le daba importancia que le doy ahora, a mi insomnio, digo, y si me despertaba, encendía la tela y miraba un rato lo que echaban hasta que me entraba el sueño.

Y si que echaban cosas interesantes entonces, entre ellas algo llamado Liquid TV, donde me topé, sin esperarlo, con el episodio piloto de Aeon Flux. En principio me pareció bastante insoportable, la típica heroína que se abría paso a tiros entre un turba de malvados caracterizados como robot, ese material sólo adecuado para adolescentes hiperhormonados, deseosos de demostrar al mundo que se les debe un lugar en el mundo... pero que curiosamente, en este mundo post/post parece haberse convertido en la piedra de toque para distinguir a los críticos serios de los que no lo son.

Sin embargo, aquel era otro tiempo, y pronto me di cuenta que lo que estaba viendo era algo importante, puesto que se dedicaba a a subvertir ese material de partida, el pulp de baja calidad y menor precio, y a hacernos ver las brutalidades que aceptábamos en su disfrute, casi cómplices de ellas. En efecto en medio de esa orgía de muerte y destrucción, de la cual aceptábamos su necesidad y justicia, puesto que la causante era la protagonista de la serie, que evidentemente no podía ser mala, repentinamente la cámara desviaba su atención hacia los comparsas robóticos que Aeon segaba a centenares... para descubrir, sobrecogidos, que tenían cara, que sufrían y sentían, que tenían esposas, hijos, que llorarían su muerte y clamarían, justicia y venganza.

Una maldad, la de la serie al dar la vuelta a la situación y hurtarnos ese disfrute, casi un derecho, de la destrucción y el asesinato que ahora se considera normal en el arte actual, que aumentaba con cada escena, a medida que las piezas del puzzle caían en su sitio. Simplemente, Aeon no era una heroína, era una asesina a sueldo, con la misión de eliminar al doctor que había encontrado la cura de una epidemia que asolaba a la civilización cuyos soldados, ya enfermos y moribundos, condenados, se sacrificaban por cerrarla el paso, para proteger así a los suyos, a los que querían y amaban.

Como puede imaginarse, terminó el episodio y me quedé sobrecogido, lo cual no evitó que el tiempo borrara su recuerdo, hasta que un comentario casual, me hiciera rememorar aquello que sintiera y desear volver a ver la serie.

No me ha defraudado. En ninguna de sus encarnaciones.

Porque aparte del piloto, Aeon es una serie de cortos, donde la protagonista acaba por morir de la formas más inesperadas, estúpidas e inútiles que pueden imaginarse, de manera que cada uno de ellos se convierte en un ejercicio de pirotecnia, en un más difícil todavía, sin preocuparse por trama ni continuidad, tendiendo cebos y trampas al espectador, para dejarle siempre con la miel en los labios, confuso y sorprendido.

Pero Aeon también es una serie de animación, donde la mayor duración de cada episodio, veinte minutos frente a los escasos cinco del corto, permite que ahora sea la trama quien tome el mando, aunque su desarrollo abunde en los surreal y lo paradójico. Unos episodios que beben directamente del cómic adulto de los años 60, 70 y 80, con su enfoque en la violencia y el sexo, unido a la descripción de mundos fuera de lo ordinario, regidos por reglas cuyo significado último se nos escapa, pero vagamente similares al nuestro.

Una obra por último que destaca por su diseño de personajes y ambientes, unida a su casi perfecta animación y que pudo haber supuesto un antes y un después en la historia del medio, pero que desgraciadamente se quedó en excepción, sin continuidad, relegada al olvido.