miércoles, 31 de diciembre de 2008

Joy of Movement
























La casualidad ha querido que ésta sea la entrada con la que concluyo este año, un año del que mejor no hablar de lo que ha supuesto para mí profesional y personalmente, puesto que, como he dicho en otras regiones de la Internet, el 2008 puede ser lo único que haga que el 2009 sea bueno. Resulta también curioso que vaya a dedicar estas breves líneas, siempre dentro de mi exhuberancia escribana, a una serie como Kannagi, que a priori parece representar todo aquello contra lo que trono desde esta tribuna apenas visitada: El moe, la complacencia formal y narrativa, el anzuelo destinado a los gustos del público ya convencido, la repetición de lo mismo una y otra vez.

Una serie de defectos que parecen haberse convertido en las señas de identidad de un estudio como KyoAni, hasta no hace poco una de las powerhouse de la industria y que sobrevive aún gracias a la inercia acumulada.

Sin embargo, lo que llama atención de Kannagi es precisamente lo que no ya tiene Kyoani, esos profesionales que con sus trabao le daban ese toque suyo tan especial y que tras el affaire Lucky Star, cuando el director fue defenestrado a mitad del rodaje, abandonaron la casa madre... para acabar reunidos en esta serie nueva, con sus talentos en perfecto estado y ganas de venganza.

Así ocurre que todo aquello que se había aprendido a gustar y esperar de las producciones de la casa madre, se encuentra repentinamente reunido y resumido en ésta: el gusto por la música y la representación de la danza, la búsqueda del detalle preciso y justo que convierte las líneas y colores en algo vivo y verosímil, la construcción dramática de los personajes de manera que su personalidad, su dramatis persona, se refleje en el modo en que se mueven y reaccionan, en lo que vemos y comprendemos sin necesidad de palabras que nos lo expliquen.

Una serie de virtudes que quedan perfectamente explicadas en la secuencia con que he ilustrado esta entrada y en el título que le he puesto. Un ejemplo perfecto de los artefactos formales impuestos por los métodos con los que se crea la animación y que a mí me llevan a amarla sin remedio. Se trata de que, al contrario que en la imagen real, la animación no busca capturar el movimiento, sorprender y atrapar el mundo, ese instante y ese momento que fluye. Lo que pretende la animación es recrearlo y reconstruirlo, despojarlo de todos sus elementos inútiles y dejar solamente lo esencial, aquello que basta para que nuestras mentes lo identifiquen y gocen con ella.

Una tarea noble y difícil, que explica porque hay tan pocos que se dedican a a la animación o como incluso sus mayores impulsores y creadores acaban traicionándola con la imagen real... o la aplicación ramplona de la 3D, ya que requiere de una mente atenta al menor de los detalles, capaz de analizarlos y clasificarlos, para trasladarlos de forma fiel a un medio completamente distinto, con esa fidelidad que sabe ser infiel y arrumba lo anecdótico para conservar lo esencial.

Devolviéndonos el mundo para que podamos verlo con ojos completamente nuevos.