martes, 16 de diciembre de 2008

Hush...


Desgraciadamente estoy comentando las exposiciones de este otoño madrileño cuando ya quedan pocas semanas para su cierre. Acháquenselo a mis insomnios y a mis manía de visitarlas dos veces, una para ver de que van, la otra para disfrutarlas.

Así este fin de semana de frío gelido lo he reservado para las dos grandes exposiciones del Prado madrileño (Problema filosófico: ¿Como es posible que tras una ampliación de un museo se haya reducido el espacio dedicado a su colección permanente?). Dos muestras de muy diferente calibre, una casi de ordinaria administración, la otra excepcional e irrepetible.

Casi de ordinaria administración, y me resulta chocante escribir algo así de una exposición dedicada a Rembrandt, uno de los grandes ausentes de la colección del Prado. En cualquier otro tiempo los Rembrandt aquí expuestos hubieran sido la ocasión del año, si no fuera, como digo, por lo que se puede encontrar unas salas más allá, la exposición de estatuaria clásica de la que hablaré mañana. Un caso hiriente de muestra que mata a otra muestra, podría decirse, si no fuera porque, por primera vez, un pintor de primera categoría no ha atraído multitudes y colas inmensas al museo madrileño, circunstancia ésta que no sabría explicarme, o que prefiero pensar que es debido a la crisis y no a signos de decadencia próxima o metamorfosis culturales.

Pero volviendo al tema. Independientemente de la calidad de las obras, en mi opinión esta exposición comete dos errores graves. El primero es intentar demostrar una tesis, como la completamente fallida 1914! de la vecina Thyssen. El subtítulo Rembrandt, pintor de historias, intenta hacer un juego de palabras con el concepto de Pintor de Historia, aquel al que se le contrataban los cuadros por metros, para tapizar con grandes ocasiones históricas los lugares históricos, enfrentando esa idea con la de un Rembrandt que narra historias, así en minúscula, de forma más sencilla, íntima y próxima... dejando fuera toda la obra, por así decirlo, profana de Rembrandt, pedida por un comitente y destinada, por tanto a la perpetuación de su memoria, algo que el holandés nunca cuestiona, lejos de él la ironía de un Goya o incluso un Velázquez, aunque luego el tratamiento formal sea completamente revolucionario para su época.

Dos cuestiones, la de la expresión formal y la del enfoque temático, cruciales a la hora de enjuiciar a un pintor y que pueden recibir soluciones completamente opuestas, revolucionario en la forma, tradicional en los temas, como es el caso de Rembrandt. Un problema de primera magnitud en este momento histórico en el que se exige al artista ambos radicalismos, pero que en el pasado, y en pasados muy recientes, no tenía ninguna importancia (o como ser revolucionario siendo conservador, podría decirse)

Otro problema es que, obviamente, el número de Rembrandt que han podido viajar es reducido y la salas de la ampliación son grandes, con lo que ha sido necesario complementar lo expuesto con obras de otros autores. Una actitud perfectamente comprensible, pero que falla al no quedar de manifiesto la intencionalidad de los organizadores. ¿Se pretendía comparar su obra con la del resto de los contemporáneos? Faltan en ese caso nombres importantes ¿Se pretendía rastrear influencia? Nuevamente hay obras, como las de Velázquez que dificilmente podrían haber influido en el holandés... sin contar con que otras exposiciones, como la Rembrandt/Caravagio celebrada hace unos años en Amsterdam, si supieron jugar a ese parangón pictórico entre artistas, señalando sus coincidencias, diferencias, e influencias mutuas y conviertiendo esa comparación en la tesis de la exposición.

¿Entonces qué es lo que se pretendía? Quizás algo insospechado, señálar la manera tan distinta en la que Rembrandt trataba y presentaba sus temas, señalando así su originalidad. Al ver, en apenas unos metros de distancia, cuadros suyos junto a otros de Rubens, de Ribera, de Velázquez o de Verones y Tiziano, comprueba uno lejos que está de la pirotécnia espectacular del flamenco, del naturalismo hasta el final del español napolitano, de la ironía y desapego del sevillano, o del rigor compositivo y colorista de los venecianos... o como es pasado que desde lejos nos parece monótono y aburrido, se torna vivo y dinámico en cuanto se acerca uno un poco.

Porque lo que más me ha llamado siempre la atención de Rembrandt es su capacidad para representar personas reales, un efecto conseguido por la veracidad de sus expresiones y sus gestos, o como en el caso ilustrado, como consigue hacer real las manos vencidas por el cansancio pero que aún se empecinan en un gesto final, las ojos que no pueden mantenerse abiertos, para así enfrentarnos a cuerpos que respiran, a personas que sienten.

Hasta el extremo que no podemos por menos que bajar la voz y marcharnos de puntillas, temiendo despertar al personaje representado en el lienzo.