miércoles, 17 de diciembre de 2008

Flesh


Hablaba ayer de las dos exposiciones que hay abiertas ahora mismo en el Museo del Prado, la "ordinaria" y la excepcional, esta vez sin comillas. Se trata por supuesto, en este último caso, de la muestra Entre Dioses y Hombres que une y juega a comparar, las colecciones de escultura clásica del Albertinum de Dresde y la de El Prado Madrileño.

Pero antes de comentar esta exposición, señalar la frase con que comienza el catálogo de la exposición, poniendo de manifiesto la distancia que separa al público moderno, separado de este modo de hacer arte por más de un siglo de revoluciones, vanguardias y formalismos ( y las reaciones en contra de los ultimos veinte, cuarenta años), que han provocado que sea incapaz de comprenderlo, o mejor dicho, de sentirlo.

¿Es eso cierto? Ha habido épocas todavia muy recientes, como el neoclasicismo, donde el Arte por excelencia y con mayúsculas era el de la antigüedad clásica. Un forma y un modo que se suponían perfectos e insuperables, y el cual sólo podíamos copiar, sin llegar nunca a emular sus logros y fuera del cual no había caminos, sino sólo despeñaderos. Un tiempo histórico y artístico cuyos ideales aún siguen perturbando y distorsionando nuestra forma de ver el arte de la antigüedad grecorromana, puesto que por su misma naturaleza, de copia de un modelo ideal, creó un arte frío y repetitivo, encerrado voluntariamente en la cárcel de sus propias normas.

Por ello, cuando por primera vez, durante un viaje a Roma, pude contemplar la estatuaria producida por los romanos, y no la de sus admiradores de los siglos XVIII y XIX, me sorprendió el calor humano, la sensualidad, que desprendían, nada que ver con el frío gélido del neoclasicismo. En efecto, esos griegos y romanos estaban enamorados del cuerpo humano, y se complacían en representarlo una y otra vez en toda su gloria, en sus menores detalles, la tensión de un músculo, los ángulos de los huesos, los dobleces de la piel, de manera que en muchas ocasiones la piedra tallada se asemeja a la carne auténtica, tanto que tiene uno la impresión de que cedería al apretarla.

Una perfección que imbuye todo ese corpus escultorico de una humanidad, que no por menos tópica es menos cierta, y que consigue que esas expresiones ausentes, esas miradas que no nos ven, tan típicas de la escultura griega y romana, casi una firma distintiva de su estilo, se nos muestren llenas de tensión interior, de la meditación y resolución que precede a la acción, incrementando aún más esa sensación de estar frente a un ser vivo, que pronto repará en nosotros y nos saludará... todo lo contrario de la frialdad y vacío de sus émulos neoclásicas.

Y es que en realidad ese arte neoclásico y el arte grecorromano no pueden estar más separados. Son polos opuestos, o por decirlo de otra manera, uno es producto de una inmensa equivocación, de un magnífico malentendido, ya que esa pureza, esa perfección, ese estar más allá y fuera de la humanidad que atribuimos, influidos por los neoclásicos, al arte clásico, nunca fue un objectivo de griegos y romanos, que pretendían reemplazar a la realidad, crear obras que fueran indistinguibles de ella, y por ello pintaban sus estatuas del color de la carne que sus escultores acariciaban, dibujaban las púpilas que faltaban en los ojos vacíos, e incluso llegaban a vestir esas esculturas como si fueran personas reales.

Un objetivo que fue también el de los escultores barrocos, Maderno o Bernini, cuyas obras transpiran una sensualidad que hubiera sonrojado a los críticos Victorianos, o el mismo Canova, falsamente etiquetado como neoclásico. Escultores que supieron emular a la antigüedad clásica, sin convertir su obra en algo muerto, sino tornando esos viejos modelos en algo nuevo o vivo, o mejor dicho, redescubriendo, casi a ciegas y a tientas, la esencia que hace aún valido ese modo de concebir el arte, tras milenios de historia.

Y es que éste arte clásico no esta lejos de nosotros, ni mucho menos, al contrario está más cerca de lo que pensamos, puesto que ambas sociedades, la grecorromana y la nuestra, comparten ese mismo amor, esa misma pasión por el cuerpo y la realidad.