miércoles, 15 de octubre de 2008

Too/so many differences, too/so many peoples (y I)

One provintial at least took solace from this variety of customs. Bar Daisan a speculative Christian Philosoper at the court of Abgar VII of Edessa, wrote a treatise in Syriac On Fate, or the book of the laws of countries in the late second century CE, in which he argued against astrological determination by showing ( not altogether accurately) how the customs of peoples differ.

"Now listen, and try to understand that not all people over the whole world do that which the stars determine by their fate an in their sectors, in the same way. For men have established laws in each country by that liberty given them from God. Among the Romans, everyone who has stolen some triffle is scourged then set free. On the further side of the Euphrates, towards the East, no man called a thief or a murderer will become very angry. But if a man is accused of having sex intercourse with boys, he revenges himself and does not even shrink from murder... In the North, however, on the territory of the Germans and their neighbourds, the boys who are handsome serve the men as wives, and a wedding feast, too, is held then... Among the Britons, many men together take a wife..."

From such evidence, argued Bar Daisan, it is clear that man controls his own fate, and that life is controlled neither by stars nor by geography. The same argument is bolstered by evidence that people can change their customs, most strikingly and effectively, according to Bar Daisan, when they become Christians,

Rome & Jerusalem, Clash of Ancient Civilisations. Martin Goodman.

Leía este fragmento del libro de Goodman, y me vino a la memoria la comparación que hacía Arnold J. Toynbee en su A Study of the History entre el mundo Grecorromano y el de su tiempo, la Inglaterra Postcolonial (y por extensión el nuestro). Dos mundos separados por milenios que compartían una característica turbadora, la de ser multiculturales, o mejor dicho, la del encuentro, más o menos violento, más o menos brutal, de una civilización con el resto

Un contacto que rompió los esquemas mentales y filosóficos de ambas civilizaciones, al ponerlos en contactos con gentes cuyas formas de gobierno, su constumbres, su religión y moral, eran distintos a los de los romanos, cuando no opuestos, diferencias que se aplicaban también al muestrario de civilizaciones con los que se encontraron, haciendo aparentemente imposible encontrar un denominador común, un algo que pudiésemos llamar universal y por tanto aplicable a toda la humanidad.

Por supuesto, los romanos intentaron romanizar al resto del mundo, no sólo de forma material, sino también espiritual, de manera que cuando escuchamos las descripciones etnográficas de las fuentes antiguas, vemos como una y otra vez intentan embutir esa realidad extraña en sus clasificaciones culturales, dando la extraña impresión de que todo el mundo era romano (o griego) sin saberlo, y de que todo allí fuera era como en casa, sólo que con pequeños toques cosméticos. Una actitud que al historiador moderno, en el caso de no tener evidencias externas, creadas por esa propia civilización, le hace tirarse de los pelos, puesto que es incapaz de distinguir qué hay de visión romana y qué de auténtico en las descripiciones de geógrafos y etnógrafos clásicos.

No obstante, las diferencias persistían. Se quisieran como se quisieran ocultar, asignando como en el caso de la religión egipcia, alter ego griegos a esas divinidades nativas, el caso es que los usos y las formas diferían, como era el caso de la pasión por conferir cualidades divinas a animales vivos, y que les llevaba a adorarlos en vida y a enterrarlos suntuosamente ya muertos, algo que a los romanos les repugnaba profundamente. Una persistencia en la diferencia que llevaba, obviamente, a propugnar una razón que las justificase, y que para los romanos era, ni más ni menos, el marco físico, que según ellos, determinaba completamente al individuo, mejor dicho, su cultura y su civilización.

Una conclusión errónea que a Toynbee le servía para demoler otra conclusión contemporánea (de su tiempo, quiero decir) no menos errónea, la de que era la raza la que determinaba la cultura y los logros culturales. En efecto, al igual que los romanos y griegos, los conquistadores ibéricos y los colonizadores europeos se habían topado con una variedad inimaginable de culturas que se contradecían entre sí. Un rango de manifestaciones culturales que vanamente intentaban relacionar con sus mecanismos culturales o al menos reducir la variedad, y que atribuyeron al rasgo más espectacular que diferenciaba a las personas que habitaben esos países exóticos, el color de la piel, mientras que los romanos, al moverse en un mundo en que todo eran tonalidades de blanco, lo atribuyeron al medio físico, inventando ambas civilizaciones todo un sistema de rasgos característicos que eran consustanciales, como digo, al color de la piel o al medio físico.

Conclusiones apresuradas, basadas en características secundarias, más en nuestro caso que en el de los grecorromanos.

Sin embargo ese choque de culturas, tipo romanos vs resto del mundo, civilización occidental vs resto del mundo, es cierto que producen la aparición de estas ideas que se pueden calificar de discriminatorias, en el sentido de convertir al ser humano en un ser determinado desde su nacimiento, pero no es menos cierto que producen también el efecto contrario, el de mostrar las posibilidades de la libertad humana, o mejor de dicho de la infinidad de caminos que se pueden tomar, en su mayoría igual de válidos los unos de los otros, al poner de manifiesto la variedad infinita de soluciones que se han dado, una y otra vez, a los mismos problemas.

Algo que si a Bar Daisan, un ciudadano de la periferia del Imperio, viviendo en un estado vasallo y escribiendo en la lengua no oficial (aunque sí una de las lenguas de cultura del oriente romano, el Siriaco), le servía para romper los grilletes del destino y la astrología sobre el hombre, al demostrar que para la misma configuración de astros, las gentes se comportaban de maneras distintas (y de forma inesperada mostrar que esa libertad permitía que cualquiera fuera cristiano), a Toynbee le servía asímismo para romper las anteojeras del racismo y del colonialismo, al narrar la aventura de cada civilización y la validez de sus soluciones partículares, y por tanto, la estupidez que suponía sostener la primacía de unas frente a otras.

¿Y a nosotros para qué podría servirnos? Pues para romper otros grilletes, concretamente la de que estamos determinados desde nuestro nacimiento por unas constantes culturales, que según algunos constituyen nuestra esencia y de las cuales separarse es una traición.

Cuando la realidad es que todo puede ser cambiado, todo puede ser puesto en tela de juicio, y todo puede ser moficado, simplemente porque somos nosotros los que decidimos que esas constantes culturales son las que valen, y si no nos valen, las tiramos y escojemos otras.