domingo, 26 de octubre de 2008

The Exterminating Angel










He visto este fin de semana una de esas películas míticas (que recuerdo programada en la Tele de los 80, aunque no recuerdo si llegué a verla), Deus e o Diablo na terra do sol, dirigida por Glauber Rocha en 1964, y lo primero que he pensado es en las extrañas casualidades que rigen nuestra vida, ya que estas semanas he estado comentando aquí mismo el libro Rome and Jerusalem de Martin Goodman, en el cual se examinaba la sociedad de la Palestina del Siglo I, dividida entre unas clases ricas y poderosas, tolerantes con la ocupación romana y semihelenizadas, y un populacho empobrecido y miserable, enfrentado a esas clases dominantes y a los romanos que les protegían con su ejército, sacudido de vez en cuando por corrientes mesiánicas que proclamaban el fin de este mundo, la llegada del reino de dios y su justicia, Un fin de los tiempos expresado en la derrota y exterminio de todo aquel que se opusiera a la voluntad divina, es decir, ricos y gentiles, traidores y ocupantes, opresores todos.

Una tiempo histórico que parece calcado al Brasil de finales del XIX, tan bien narrado por Mario Vargas Llosa en su novela La Guerra del Fin del Mundo, que leyera yo también a finales de los 80 y que llevo persiguiendo desde hace varias semanas. Un momento en que la opresión intolerable por parte de unos pocos , unida a un cambio revolucionario de régimen, de monarquía a república, provoca nuevamente la aparición de movimientos escatológicos que anuncian el fin del mundo y el establecimiento de la justicia eterna. Unas convulsiones que aglutinan en su seno a los desheredados, tanto pobres como bandidos, derivando normalmente en una insurrección violenta, que no tiene compasión ni da cuartel a sus enemigos... y tras las cuales, tras su fracaso y derrota, suelen sumir en la duda a liberales y marxistas, que ven como los oprimidos se unen voluntariamente a filosofías y movimientos que para ellos son retrógrados y antihistóricos, de los cuales serían sus primeras víctimas (y lo poco que ha cambiado la historia lo demuestra el hecho mismo del terrorismo islámico, donde, nuevamente, la pobreza y la opresión encuentran su medios de lucha en una ideología fuertemente conservadora y represiva, cuya única justificación ante sus admiradores tanto de oriente como de occidente es la de abatir a los poderosos).

Éste es por tanto el tiempo histórico en que arranca la película de Rocha, la cual no intenta ser una crónica de este tiempo, como sí era la novela de Vargas Llosa, ni explicarnos el cómo, por qué y para qué de sus dos protagonistas, el Sebastián (y recordemos la importancia del sebastianismo, ese príncipe desaparecido que volverá al fin de los tiempos, tiene en la cultura brasileña) que predica el fin del mundo y el Cangaiçero Corisco que intenta hacerlo realidad, aunque sea consumido él. Muy al contrario, adopta desde el principio la forma de los romances y las formas populares, en los que es casi imposible distinguir qué es realidad, qué es leyenda, qué es añadido qué ese fabulación, deseo de los oyentes que quisieran que lo sucedido hubiera sido bien distinto.

Una elección estética, la de imitar esos cantares fragmentados, plagados de silencios, de zonas de obscuridad entre repentinos destellos de luz que iluminan un breve momento, pero que, para nuestra decepción, se centran en lo anecdótico, lo espectacular y llamativo, que lleva a que la propia película adopte una estructura de manta remendada, de secciones aparentemente yuxtapuestas sin orden o razón alguno, alternando entre larguísimas secuencias donde no ocurre nada e incluso desaparece el sonido, rodadas con una precisión y un formalismo sorprendente, y unas secuencias de acción, donde la celeridad de lo presenciado rompe el encuadre y el montaje, remedando el propio caos que pretendía reflejar.

Un caos, sin una línea argumental clara, a propósito, en que los personajes vagan sin destino en ese mundo desquiciado al que ya no pertenecen, del cual se han amputado, alternando entre una llanura sin presencia humana y una montaña en medio de la nada, donde la única huella humana es un inmenso Via Crucis tallado toscamente en la roca, y por el cual asciende y descienden sin hallar lo que se les ha anunciado o prometido. Una confusión en la que los diferentes remiendos fílmicos están hilvanados por presencia de la pareja cuya anécdota inicia y termina la película, pero sobre todo, por la figura aterradora y fascinante de Antonio Das Mortes, Matador de Cangaiçeros, que trae la muerte una y otra vez, a creyentes y bandidos, sin sufrir nunca ningún daño, cual auténtico ángel exterminador, brazo de la voluntad de dios y único portador del apocalipsis.