viernes, 19 de septiembre de 2008

Back to the sources (y II)

Helas! Ils se voyaient avec pleine licence
Le ciel de ses soupirs approuvait l'innocence
Ils suivaient sans remords leur penchant amoureux
Tous les jours se levaient clairs et sereins pour eux.
Et moi, triste rebut de la nature entière
Je me cachais au jour, je fuyais la lumière
La mort est le seul Dieu que j'osais implorer
J'attendais le moment ou j'allais expirer
Me nourrissant de fiel, de larmes abreuvée
Encor dans mon malheur de trop près observée
Je n'osais dans mes pleurs me noyer a loisir
Je goutais en tremblant ce funeste plaisir,
Et sous un front serein, deguissant mes alarmes
Il fallait trop souvent me priver de mes larmes.

Racine, Fedra

¡Ay! Ellos se veían con plena licencia
El cielo, de sus suspiros, aprobaba la inocencia
Seguían sin remordimientos sus inclinaciones amorosas
Todos los días comenzaban claros y serenos para ellos.
Y Yo, triste rechazo de la naturaleza entera
Me escondía del día, huía de la luz
La Muerte era el único Dios al que me atrevía a implorar
Esperaba el momento en que iba a expirar.
Alimentándome de bilis, bebiendo lágrimas
Mi desgracía observada de demasiado cerca
No osaba ahogarme a placer en mis lloros
Gustaba temblando de ese placer funesto
Y tras una frente serena, escondiendo mis alarmas
Era preciso demasiado a menudo esconder mis lagrimas

Une grosse Arice, au teint rouge, aux crins blondes
N'est là que pour montrer deux énormes tétons
Que, malgre sa froideur, Hippolyte idolatre.

Soneto satítico sobre la Fedra de Racine

Una gorda Arice, teñida de rojo, de crines rubias
no aparece más que para mostrar dos enormes tetas
que, a pesar de su frialdad, Hipólito idolatra.

En estos últimos días, mientras tenía la ocurrencia de esta entrada y la guardaba como borrador, para que no se me olvidase, ha estallado una polémica cinéfila reflejo de la acaecida hace dos años justos. Un conflicto que tanto entonces como ahora comenzo como una denuncia de la falta de rigor metodológico de parte de la crítica, y ha derivado, por culpa de los extremistas de una y otra postura (o de los extremistas sin ninguna postura que defender más allá de su propio capricho) en un combate biológico entre anciens et modernes, o entre viejos y jóvenes, donde cada uno se dedica a destrozar lo que ama el otro.... y que motiva que algunos tardíos firmantes del manifiesto, como el que escribe, nos encontremos en una incómoda no man's land, no por conocida menos desolada.

Pero el caso es que esta entrada fue concebida como un comentario a la famosa obra de Racine, siguiendo la línea marcada por el parlamento de Fedra arriba incluido, pero el caso es que al poco, leyendo los apéndices del libro me enteré de la agría polémica que rodeo a la obra, para luego verme sorprendido por la escándalo crítico que la historia hizo estallar ante mis narices, como si quisiera demostrarme, si no estuviera ya convencido, de que no hay nada nuevo bajo el sol y que la historia no hace más que repetirse a sí misma, no sé si como farsa, comedia o tragedia, pero dado el rumbo económico de la presente semana, me temo que será la última.

Volviendo a Fedra y a su metahistoria. La creación de esa obra no fue un proceso llevado a oscuras, muy al contrario, como bien ocurre hoy mismo, el proyecto fue anunciado como "la última de Racine" y se pronto se creó cierta expectación alrededor de ella. Por su puesto, todo artista tiene enemigos, especialmente uno como Racine, con un posicionamiento estético y político bien claro y, por lo menos en su época, de los que crean polémica, aunque los siglos transcurridos hayan borrado todo esto y no hagan parecer iguales posturas irreconciliables.

Ocurrió pues que estos enemigos y contrarios decidieron montarla y así, unos días tras el estreno de Fedra (llamada entonces Phédre et Hippolyte) un tal Pradon estreno otra obra del mismo nombre, con la intención bien clara de demostrar como debían tratarse esos temas. Por supuesto, la polémica estaba servida y bien pronto degeneró en el mutuo intercambio de lindezas, como el soneto citado arriba, en que los antiRacine parodian la obra en términos dignos de Aristófanes (un escritor al que admiro profundamente, por cierto, y me hace mirar con cierta tolerancia esas formas del humor grueso tan abundantes hoy día y que le imitan sin saberlo)... para ser respondidos por los proRacine en un soneto parodia del soneto parodia, donde repitiendo la estructura y casi las palabras, verso por verso, vuelven sus dardos envenenados contra Pradon.

Esto así contado no pasaría de ser otra olvidada polémica de antaño (como la del estreno de La Serva Padrona en París un siglo más tarde y los ataques furibundos de los jóvenes y anti Ancien Régime contra Rameau), sin ninguna relación con el presente, si no fuera porque los críticos de aquel tiempo consideraban comparables, es decir igual de valiosos, a Racine y a Pradon, mientras que para nosotros, Pradon no es más que un egregio don nadie, famoso sólo por esta polémica.

Lo cual debería hacernos pensar mucho, de esas meditaciones que pueden quebrar nuestras convicciones, sobre el caso que hay que hacer a la crítica coetánea de las obras que critica, cuya firmeza suele desvanecerse en cuanto mueren aquellos que las sustentan... o de nuestros juicios sobre el pasado, tan apresurados como como pasajeros.

Por remachar más esta idea. Un gran admirador de Racine era precisamente Proust, y en general toda la gran intelectualidad francesa, simplemente por ver en él un arquitecto del lenguaje, capaz de construir inmensos edificios formales sin ningún defecto. Fue esta curiosa característica, tan apartada de nuestro desarreglo teatral del siglo de oro, y el modo en que el escritor de La Recherche... la describía, lo que desde siempre me atrajo de Racine y al mismo tiempo me hizo aplazar continuamente su lectura, temiendo su dificultad (sí, llamar difícil a un escritor puede ser un elogio, al igual que las montañas difíciles como el K2 son las preferidas por los escaladores).

Y es cierto que al leer, y más al volverlo a leer, que es como deben abordarse la poesía y el teatro, no así la novela, me he encontrado con ese arquitecto del lenguaje y la forma, pero, ¡oh sorpresa! no me he encontrado con el Racine de Proust. Es más, ni siquiera he llegado a identificar los versos y los momentos, que recordaba de la novela... aunque ahí mi cada vez peor memoria puede tener algo de culpa

So much for the understanding among generations, que dirían los ingleses.

Sin embargo si me he topado con una descripción del amor, más propiamente, de ciertas de sus derivaciones, cercana a mi propia experiencia y que yo podría firmar tranquilamente. Un retrato casi perfecto, tanto por los detalles incluidos como por la elección de las palabras (en el original claro, no en mi traducción tullida), de ésa tortura consistente no poder amar a plena luz del día como el resto de los seres humanos, sino de tenerlo que hacer lejos de la vista de todos, sin entender porque se nos inflije ese castigo, y muchas veces, como en el caso de Freda, sin que ese amor soñado y ansiado llegue nunca a hacerse realidad... lo cual aboca a la autodestrucción y la tragedia, aunque en el mundo real ésta no termine con el escenario lleno de muertos, sino con éstos andantes y todo lo que les unía destruido sin posibilidad de arreglo.

Hooray for the understanding among generations! que volverían a decir los ingleses.