martes, 9 de septiembre de 2008

Gott ist mit uns













Las capturas anteriores pertenecen a Krylia (Alas) de Larisa Sheptiko, una directora rusa de la generación de Tarkovski y que ha sido completamente olvidada en nuestros días, simplemente porque tuvo la mala suerte de morir a los cuarenta años (la edad de la protagonista de esta película) con apenas cuatro películas rodadas y su nombre empezando a ser un poco conocido en Occidente (bueno, si consideramos el ser un poco conocida el haber ganado en 1977 el Oso de Oro del Festival de Berlín, por su última películam, Voskhozdeniye, La Ascención)

Krylia es su primera película, rodada diez años antes, en 1966 y en sí, constituye un compendio de firsts, puesto que no sólo tenemos una película rodada enteramente por una mujer, en un tiempo el que cine era un coto privado para los hombres (aún sigue siendolo), sino que además la protagonista es una mujer madura atrapada en una profunda y destructiva crisis de mediana edad. Un personaje de ficción que por su perfil no debería sufrir esa enfermedad que es la depresión, puesto que ella es una triunfadora, piloto de caza en la segunda mundial, héroe (por alguna razón, la palabra heroína me suena mal en este caso) de la Unión Soviética y directora de un centro de los que aquí llamaríamos de formación profesional, empeñada en enseñar un oficio a los jóvenes para que sean independientes.

Una mujer valiente y luchadora, que no necesita de nadie a menos que ella lo desee. Una triunfadora, en definitiva, pero que sin embargo como nos ocurre indefectiblemente a todos, descubre que lo que fue importante en su vida ha quedado enterrado en el pasado, perdido junto con la juventud pasada, y que lo que está haciendo es inútil y no dejará huella. Que, en definitiva empieza a ser una pieza de museo, una antigualla a la que los jóvenes, más informados, más cultos, más sabios en lo que el futuro traerá, comienzan a evitar.

En esto punto conviene realizar una comparación odiosa, aunque no sea muy amigo de ellas, con otras películas que abordan este mismo tema. En concreto con American Beauty, una película que ya en su tiempo me olió mal, puesto que su enfoque demuestra un desconocimiento completo del tema, una ignorancia propia del que que quiere hablar de otros temas y no de ese paso de la juventud perdida a la vejez definitiva.

Porque la película americana proponía una vuelta a los ideales de la juventud, a una especie de Peterpanismo revivido que, según su somera ideología, habría de resolver todos los problemas personales y sociales, algo que la película soviética sabe que no es posible, puesto que nuestro cuerpo y la mente que habita en él, ya no son capaces de seguir el ritmo de los jóvenes, los cuales, a su vez se reirán, con toda la razón, de aquel que lo intente.

Y esta diferencia temática, como en todas las grandes películas se convierte en una diferencia estética, ya que las imágenes de la película soviética saben describir con toda exactitud lo que es vivir en el mundo para alguien preso de esa crisis, el vagar sin rumbo, sin destino, sabiendo por primera vez que ya no se pertenece a él, y que lo que queda es el retiro, el apartarse voluntariamente, antes de que te lo hagan otros.

Algo perfectamente ejemplificado en la penúltimas imágenes de la película, en las que la protagonista, tras haberse alzado penosamente a la carlinga de un avión, ella, que antaño libremente por los cielos, es llevada por mecánicos y pilotos del aeropuerto en ese mismo avión, como si la obsequiasen un último vuelo, sólo que sin despegar, para reparar finalmente en que la llevan al hangar.

Para encerrarlos allí, a ella y a él.