lunes, 19 de mayo de 2008

Myth and Reality

Wherever the Red Army came they found the grisly evidence of atrocities, none more poignant than the fate of the eighteen year old Zoya Kosmodemyanska. A member of a local partisan group with instructions to destroy what might be useful to the Germans, she was caught setting fire to some stables. Later rumours suggested that the villagers themselves betrayed her to the Germans. She was paraded through the village with a placard around her neck, the tortured, mutilated and hanged. Her frozen body, with the left breast cut off, was found still dangling when Soviet troops arrived. Her ordeal was first recorded in a poem, then in a play, in which the Zoya of the title is visited on the night of her execution by a vision of Stalin reassuring her that Moscow has been saved.

Richard Overy, Russia's war


Cuando aún era un niño, a finales de los 70, comencé a comprar una colección de fascículos, cuyo nombre pueden imaginar, La Segunda Guerra Mundial. La obra era una "adaptación" de una publicación italiana, lo cual provocaba que se diera importancia a cualquier suceso en el que hubieran participado los italianos, fuera importante o no, mientras se dejaban fuera hechos que sí decidieron la contienda, por ejemplo la ruptura, a principios de agosto del frente de Normandía, y el desbordamiento de los ejércitos aliados a lo ancho y largo de Francia.

No era su único defecto, los editores de la obra original no se habían propuesto escribir una obra nueva, sino que habían ido haciendo cut & paste indiscriminado de casi cualquier libro famoso publicado en aquel entonces sobre la contienda, sin señalar las fuentes más que en contadas ocasiones. Una "característica" suya que, cuando tiempo después me tropezara con las obras originales, hiciera asomar más de una sonrisa a mi rostro, al encontrarme con pasajes, hechos, sucesos, que en mi juventud me habían fascinado u asombrado... en un tiempo en el que no había internet, ni video doméstico, y mi familia apenas tenía dinero para comprar libros, con lo que los pocos que poseíamos los leía una y otra vez, una y otra vez, hasta sabérmelos casi de memoria.

Por ello, recordaba aún, más de veinte años tras haberlo leído por primera vez, el episodio que Overy relata en su libro Russia's War.

Merece la pena, antes de detenerme en el análisis del hecho, explicar lo que yo sentía, hace tantos años, leyendo aquel breve suceso, magnificado por la propaganda.

Los primeros tomos de aquella obra daban la impresión de que una inmensa tormenta imparable e inexorable se había desatado sobre Europa. Una tormenta, la de la agresión nazi, que estuvo por tres veces a punto de triunfar en el periodo 1940-1942. La primera, en septiembre del 40, cuando sólo el error de bombardear las ciudades inglesas, en vez de continuar con los campos de aviación de la RAF, impidió que esta fuera barrida del cielo. La tercera, en Stalingrado, cuando la obstinación del dictador alemán le impidió ver la trampa en la que él mismo se había introducido.

La segunda fue, por supuesto, el ataque contra Rusia del verano de 1941, cuando las tropas alemanas llegaron a unos escasas decenas de quilómetros de Moscú, cuya toma puede que no hubiera decidido la guerra, pero si habría hecho muy difícil su continuación, simplemente por el hecho psicológico de haber capturado la capital del enemigo, especialmente cuando el ejército ruso había sido destruido varias veces en aquel verano (los cinco millones de prisioneros fueron capturados casi en su totalidad en esos meses) y lo que quedaba y el régimen al que protegían, se estaba sosteniendo literalmente de la punta de los dedos, ayudado más por el cansancio del enemigo, sus problemas de transporte y avituallamiento, y el invierno temprano que castigó sin piedad a unos soldados y unos generales que esperaban haber concluido la guerra mientras aún hacía buen tiempo y no habían previsto una campaña de invierno.

No es de extrañar por tanto que en las narraciones de lo que ocurrió ese octubre y noviembre, tanto en los libros de historia como en las novelas, se adopte un tono casi épico, de la catástrofe anunciada e inevitable, que se evita por una conjunción de casualidades casi milagrosa. Un tono al que la obra de Overy, uno de los mejores estudiosos que hay ahora sobre la segunda guerra mundial, casi no puede substraerse.

Un tono épico que se vuelve trágico, porque de esas narraciones, de toda esa épica, de toda esa resistencia hasta el último hombre, sin cuartel, con los alemanes decididos a pasar a cualquier precio y los rusos tan decididos como ellos a no dejarles pasar, surge otra de las realisations que cualquier lector atento de la segunda guerra mundial llega a hacerse sin ayuda. La idea de que aquel fue un conflicto de titanes, un conflicto que no podemos imaginarnos, en un tiempo en que la muerte de un soldado parece una catástrofe para un ejército, donde todo eran superlativos, desde los equipos (esos tanques donde rebotaban las granadas del enemigo) hasta las pérdidas humanas (el lema terrible radiado porla proganda soviética de cada tres segundos muere un alemán o los más de 20 millones de muertos soviéticos).

Un conflicto que, como ya he indicado, fue desde el principio una guerra racista, con los nazis dispuestos a reducir a los rusos al estado de esclavos de la raza superior y a eliminar a todo aquel que se le sospechase el ánimo de oponerse. Un guerra donde el ejército alemán fue instruido para abandonar toda compasión, humanitarismo o caballerosidad, puesto que se trataba con Untermensch, y a tolerar cualquier atrocidad (como la aniquilación de las aldeas y su población en las zonas de actividad partisanas o la muerte por hambre de los prisioneros rusos) en la idea de que eso acortaría la guerra.

Una crueldad y una violencia sin límites a la que Rusia y los rusos responderían de la misma manera, ultrajados por el ataque a traición, horrorizados por las atrocidades nazis, atizados por la propaganda del odio, según la cual el mejor alemán era el alemán muerto, y que acabaría por deshumanizar al soldado ruso y que al final de la guerra, cuando los ejércitos soviéticos se derramaran por Alemania Oriental, se plasmaría de forma horrenda, como bien contaremos.

Un horror que no se hubierá producido, sino hubiera sido por el incendio, el casi fin del mundo que los nazis desencadenaron.

Sin embargo, esto no es toda la verdad. La población rusa, desde hacía más de 20 años, vivía bajo una dictadura. Un régimen que prometía construir el paraíso en la tierra, un régimen ideal en el que muchos, dentro y fuera de sus fronteras, habían creído, creían y nos hubiera gustado seguir creyendo, pero que desde hacía ya mucho tiempo se había convertido en una dictadura sanguinaria capaz de ejecutar y encancelar a millones (importan las cifras) de sus propios ciudadanos, sin que existiera ninguna razón objetiva (¿puede existir?) que lo justificase.

Algo que queda puesto de manifiesto cuando Overy nos narra la vida de Zoe antes de su "glorioso" final.


The truth behind Zoya's legend is less uplifting. Her father and her grandfather were both shot during the purges, and the teenage Zoya, as if to redeem herself, had become and obsessive young communist. Her mother shared her desire to clear the father's name and encorauged Zoya to join the Communist young partissans who were sent out in suicide missions in the region in front of Moscow, into the teeth of oncoming German Forces.

O como la población rusa tuvo que vivir y sobrevivir entre dos totalitarismos, y como fue su sacrificio, ese enorme e inimaginable sacrificio, para nosotros los hijos de la abundancia y la facilidad, la que reventó a la bestia nazi.