martes, 25 de marzo de 2008

Our Hitler (y II)


















Había pensado dedicar más entradas del blog a esta película, siguiendo la línea que había abierto con esta otra, pero tengo demasiados temas de los que me gustaría hablar y demasiado poco tiempo, así que tendré que cerrarlo con esta anotación.

Una anotación que se basa en algo curioso que me descubrió esta secuencia, y es que la crítica de Syberberg al nazismo se realiza desde la derecha. En efecto, el director vivió su juventud en la República Democrática Alemana, apenas fundada ésta, y huyó a occidente poco después de la muerte de Stalin. Como todos aquellos que vivieron en esos países y no formaban parte de la jerarquía dirigente, su postura hacia el socialismo real y en general hacia la izquierda es de profundo desengaño, cuando no de oposición. Debido a esto, el director se muestra enamorado de la la cultura y la sociedad alemana previas a a la primera guerra mundial, conservadora, idealista y patriarcal, encarnando una serie de virtudes necesarias que él ve ausentes del mundo moderno, simplemente porque Hitler y el nazismo las envenenaron, al apoderarse de ellas.

Esto que digo, no es privativo de Hitler, al contrario es una característica común a todos los fascismos de entreguerras, incluido el régimen de Franco. Al contrario que los regímenes comunistas, que basaban su ideología en la ruptura del pasado, en la creación de un hombre, un sistema y una cultura completamente nuevas, los regímenes fascistas se pretendían la ultima ratio de ese pasado, su consumación y su perfección. Con ese fundamento ideológico, estos regímenes pretendían justificarse ante la población, intentando demostrar con su propaganda, educando y adoctrinando a los jóvenes, en la creencia de que todo el pasado, toda la historia, todo lo grande, noble y hermoso que había existido en la historia de la nación que gobernaban, no había sido más que un presentimiento del régimen fascista que se había establecido, una secuencia donde, aquí y allá, habían aparecido rasgos, elementos, ideales y aspiraciones, que se habían plasmado, al fin y para siempre, en ese nuevo régimen que englobaba todo el sentir nacional, lo representaba por entero, y habría de durar hasta el fin de los tiempos.

De esa manera, en el régimen de Franco, se nos enseñaba que Viriato y los guerrilleros de 1808 no eran otra cosa que un reflejo del espíritu indómito de los españoles, que les llevaban a rechazar las ingerencias extranjeras, es decir, el comunismo soviético, dejando de lado que el fascismo era tan extraño como otro. Con esa misma ceguera espiritual, ceguera que era evidente para todos, llamaban españoles a los emperadores romanos, Trajano y Adriano, que habían nacido en Itálica, como si, por algún milagro extraño, la Roma Imperial se hubiera españolizado y prefigurase la expansión imperial del siglo XVI, la cual a su vez era un trasunto del nuevo imperio, renovado y renacido, con que el nuevo régimen habría de asombrar al mundo. Por último, las guerras de religión del XVI y del XVII contra los protestantes, contra toda Europa en realidad, en las que la corona española se había desangrado y destruido, negado su modernidad mostraban como ejemplos de excelso sacrificio, similares a la cruzada contra el comunismo a la que se reducía la sangrienta y cruel guerra común.

Por supuesto, todo esto no era más que un absurdo. Al intentar reducir la historia a la ideología del momento, lo único que se conseguía era destruirla, convertirla en un cuento para niños donde se había ocultado o deformado todo lo que no convenía o no reafirmaba los dogmas del régimen. En vez de ser una lección para el presente, algo cuyo estudio y visión nos sirviesen para conocernos mejor a nosotros mismos, la historia se convertía en un catecismo, en una serie de dogmas siempre repetidos a gusto de los creyentes.

Si esto pasaba en España, que en aquel tiempo, primera mitad del siglo XX, no tenía ninguna importancia en la formación y desarrollo de la cultura europea, y donde por tanto, estas perversiones y estos destrozos, sólo tendrían un efecto local, no global, se puede pensar lo que supuso la intromisión de Hitler y el nazismo en la cultura alemana, uno de los puntales y motores del sentimiento Europeo. De repente, personas, obras, ideas, fueron prohibidas, arrancadas de la memoria, declaradas como no alemanas, cuando lo eran tanto como cualquier otro, simplemente por que no representaban al ideal inexistente que los nazis querían construir en la tierra.

Y si eso era así en el arte, la literatura o la historia, podemos pensar también, como señala Syderberg, en el efecto devastado que tuvo Hitler en el mundo de los valores. Palabras como honor, lealtad, dignidad, patria, sacrificio, fueron saqueadas por los nazis, que las convirtieron en sus estandartes, pretendieron hacer creer que sólo ellos las habían pensado, sentido, actuado en su significado primigenio y completo.

De esa manera, cuando tras esa fachada de ideales, de valores, de obras de artes, de héroes históricos y de horas gloriosas, se descubrió la guerra de exterminio, la esclavización del resto de Europa, Auschwitz y Dachau, ellas se derrumbaron también, puesto que los nazis, como las termitas, habían carcomido y minado sus cimientos.

Ya no era posible creer en ellas, más aún, ya no era posible ser derechas, al igual que tras Stalin, ya no es posible ser de izquierdas.

Y de ahí el odio de Syderberg a Hitler, el verdugo de la civilización occidental, la sombra que pesa sobre toda nuestra cultura y nos hace imposible hablar de justicia y verdad.