viernes, 28 de marzo de 2008

Go East, Son, and become a Man

Hanschën Klein ging allein
in die weite welt hinein
...
aber Mama weinet sehr
hat ja nun kein Hänschen mehr
...

El pequeño Hans se adentra solo
en el ancho mundo
...
Pero Mama llora mucho
ya no tiene a su pequeño Hans
...




Por esas casualidades de la vida, en estos momentos que comente el Unser Hitler de Syderbegr, y comentaba, asímismo, la mítica serie The World at War de la BBC, me haya topado, con las secuencia de inicio y fin de la película The Cross of Iron, de Sam Peckinpah, tan criticada y denostada en su momento, pero que con el tiempo, se va convirtiendo en una de las obras máximas del cine bélico (mientras que otras como Saving Private Ryan, se van empequeñeciendo y perdiendo su impacto inicial).

Si la película es buena, las secuencias de apertura y cierre son aún mejores, de hecho, es muy difícil encontrar ahora mismo, ejemplos que tengan la intensidad narrativa y que prensen en su interior tanto significado, convirtiéndose en un cifra, un símbolo de lo que supuso el nazismo para Alemania, la locura sanguinaria que se abatió sobre uno de los centros de la cultura Europea, que asombraba al mundo por su ciencia, su filosofía, su literatura y su música, y que pasado Hitler y régimen, sólo asombraría por la enormidad de sus crímenes.

Resulta difícil comprender, casi imposible, como tanta gente inteligente, como Emil Nolde o Heidegger, no estamos hablando de cuatro skinheads extremistas, se enamorara de un movimiento que pretendía convertir a los alemanes en soldados descerebrados, cuya destino vital se redujera a procrear nuevos arios perfectos y a morir defendiendo al Führer, así como resulta incomprensible que mujeres liberadas e independientes como Leni Riefensthal o Thea Von Harbou, ligasen su destino a una ideología que sólo aceptaba las mujeres en tanto que productoras de nuevos soldados para mayor gloria.

Lo piensa uno detenidamente y siente terror, porque algo muy atractivo debía haber en esa ideología para cautivar y arrastrar a tanta gente. Algo que definiera muy bien un antinazi que se infiltró en las SS cuando, al narrar uno de los mítines gigantescos con que los nazis celebraban su dominio, confesó sinceramente que a veces deseaba pensar él igual que los demas, para así compartir esa alegría arrebatadora, esa euforia que hacía presa en los asistentes y las hacía olvidarse de lo que eran, de sus miserias y de sus imperfecciones.

Esto, como muy bien nos muestra la secuencia de inicio, ilustrado con imágenes documentales, es lo que Hitler vendió a los alemanes, la posibilidad de ser los dueños del mundo, de salir de las fronteras de Alemania, como si fueran el pequeño Hans, y tomar todos lo que les apateciera o fuera su capricho. Saberse dueños de un poder invencible, ante al que nadie podía resistirse, saber que la historia, el destino, la naturaleza, la raza, todo estaba de su lado, y que podían hacer lo que se les antojara, incluso exterminar a pueblos enteros, sin que nadie fuera a pedirles cuentas.

Y es que el régimen de Hitler se basaba en eso, precisamente, en robar y saquear, en destruir y saquear, en convertir a sus súbditos en una banda de asesinos y ladrones, igual que su Führer, de manera que la sangre de los crímenes recayera sobre todos ellos, por entero, y todos se vieran forzados a defender ese régimen, puesto que el castigo afectaría a todo.

Sin embargo, a pesar de toda la propaganda, a pesar de toda la retórica y las aclamaciones, los pueblos que el nazismo había querido sojuzgar, los subhombres a los que se les reservaba una existencia de esclavos, quebraron los ejércitos de la raza superior, como muy bien muestra la segunda parte de la introducción, montando en paralelo escenas de la rendición de Stalingrado y de un Führer feliz y contento, al que sólo le interesaba Alemania en cuanto que serviera a sus propósitos, y que cuando la derrota fue ya segura y evidente, para todos, incluso, para él, abjuró de Alemania, deseó su extinción, y aplico contra ella el mismo puño de hierro despiadado con que había exterminado a millones de europeos... al mismo tiempo que la venganza de los aliados aplastaba a esa misma Alemania, que en los dos últimos años de la guerra de 1944-1945, sufrió la mayor parte de sus muertos.

Así, por tanto, fue abatido ese régimen criminal. Así, por tanto, pudo alegrarse la humanidad, bailar sobre las tumbas de los asesinos, aunque Europa no fuera más que un inmenso campo de ruinas, aunque nadie pudiera traer a la vida a decenas de millones de muertos, ni recuperar todo lo que se había perdido.

Alegría pasajera, puesto que como muy bien nos muestra la secuencia de cierre, el mal absoluto que representaba Hitler y el nazismo no murió con él, continúa vivo en cada uno de nosotros, dispuesto a levantar la cabeza y enseñorearse del mundo, al menor descuido.