lunes, 17 de marzo de 2008

The Taste of the Skin (y IV)

Quizás algún lector de este blog se haya llevado una sorpresa sobre mi persistencia en hablar sobre el nazismo en este blog. No es algo que deba extrañar a nadie. Desde joven el nazismo ha sido una de mis obsesiones, más concretamente el problema histórico que supone su aparición, su ascenso y su casi victoria total, de la cual muchas veces nos salvo el azar y la causalidad.

De una ideología, no lo olvidemos que se basaba en el odio, la rapiña y el asesinato y que no era más que un amasijo de absurdos.

En este sentido, hay un aspecto que muchas veces se evita o se olvida, pero que es primordial a la hora de enjuiciar, y si queremos decirlo así, combatir esa ideología. Como hubiera afectado al hombre normal, cada uno de nosotros. Como todos los fascismos, la vida se reducía a la guerra. Los hombres debían ser educados para ser soldados, para combatir y morir por la comunidad racial, sin que dudas, titubeos o razonamientos pudiera turbar esa convicción fanática. Las mujeres, asímismo, sólo servían en cuanto que productoras de soldados, de una nueva generación que substituyese a los caídos y mejorase la raza.

Por ello, no es de extrañar que una forma de luchar contra el nazismo sea precisamente exaltar las virtudes de la paz, o mejor dicho, que para lo que estamos hechos los seres humanos es para gozar de esa paz y no de los riesgos de la guerra.

Y que por tanto, lo auténticamente moral, si realmente queremos evitar que la historia se repita, que el nazismo resurja de las cavernas donde se refugió, como Syderberg temía en su película, es narrar el placer, la sensualidad, la ternura y el cariño, dejar claro cual es la sociedad a la que aspiramos y cual es la que rechazamos.

Más o menos esto.























Y resulta curioso observar los productos culturales, las proyecciones ideológicas, de estas sociedades donde las muestras de cariño no se realizan en público, y donde el gesto más mínimo, más inocente, más sencillo, puede suponer cruzar algún umbral sin retorno.

Tan distinto a nuestro occidente, donde ya nada significa nada.

Y más extraño aún es recordar que nosotros eramos así hace escasos decenios y que uno es capaz aún de recordarlo.