martes, 18 de marzo de 2008

Time without Time

The expense of spirit in a waste of shame
Is lust in action, and till action, lust
is perjured, murd'reous, bloody, full of blame
Savage, extreme, rude, cruel, not to trust
Enjoyed no sooner, but despised straight
Past reason hunted, and no sooner had
Past reason hated as swallowed bait
On purpose laid to make the taker mad
Mad in pursuit and in possession so,
had, having, and in quest to have extreme
a bliss in proof, and proved, a very woe
before, a joy proposed, behind, a dream
All this the world well knows, yet none knows well
to shun the heaven that leads men to this hell

Sonnet 129, Shakespeare.

Recuerdo haber leído estos sonetos cuando apenas tenía dieciséis años. No me gustaron entonces. Ha tenido que pasarme toda una vida, llegar a los cuarenta, para poder comprender y compartir las experiencias que Shakespeare escribio hace cuatrocientos años.

Cuando era joven, allá por el comienzo de los años ochenta del siglo pasado, me parecía que esos sonetos no hablaban del amor, mejor dicho, de mis ilusiones, mis esperanzas, la imagen formada por mi educación y mi contexto cultural, que asociaba eso que tantos nombres ha recibido y recibirá, con la alegría, el gozo, la felicidad, el paraíso, la cesación de ser, el abandono de sí mismo en brazos de otro, el ser completo via otra persona.

Sin embargo, estos sonetos no habían sido escritos por un hombre joven, lo habían sido por un hombre viejo, lleno de deseo al principio por un joven y luego por una joven. Un hombre que camina ya hacia su vejez, que sabe que quizás esa sea la última oportunidad que le dé la vida para entregarse a ese goce, y que sabe cuan frágil y pasajero es ese estado, como simplemente consitutuye una excepción en la vida, algo que desaparecerá antes de haberse dado cuenta de que estuvo ahí, y que, por tanto no se recordará con gusto, bien por su prematuro final, por no haberlo aprovachado, bien por haber desembocado en catástrofe, y haber defraudado todas las promesas dictadas por la pasión.

Es así que la muerte es omnipresente en casi todos lo sonetos, la muerte tanto de ese enamoramiento, esa infatuation que dicen los anglosajones, como la física de los amantes, anunciada por la vejez en la que transcurrirá la mayor parte de nuestras vidas. Tampoco es de extrañar que, una y otra vez, se comparé la vejez del poeta con la juventud de su amante, sabedor el primero de que esa diferencia, o mejor dicho, la atracción que la juventud siente por la juventud, la que habrá de quebrar cualquier realación entre ambos por muy profunda que se pretenda o proclame.

Ni es de extrañar tampoco que, como en el soneto que encabeza esta entrada, se enumeren todas las miserias, todos los sufrimientos, todas las calamidades, que aceptamos voluntariamente, con una sonrisa, casi guiando la mano de nuestro ejecutor, por un momento de éxtasis, que a veces ni siquiera llega a serlo.


Por eso, quizás estos tiempos, en que el sexo está disociado del amor, desprovisto de cualquier romanticismo, convertido casi en industrial y utilitario, no sean tan malos después de todo.

Por todo lo que se ahorran.