jueves, 23 de agosto de 2007

Mirrors inside Mirrors

Richard Estes, Central Savings, 1975

Había ya señalado que entre las exposiciones de este atípico, por las bajas temperaturas, verano madrileño había una, la de Van Gogh, que casi podía considerarse como un timo. Justo al lado de ella, en el mismo recinto de la Thyssen hay otra, la del artista norteamericano, Richard Estes, que de timo sólo tiene los cuatro euros que hay que pagar para visitar las dos salas que la componen.

Normalmente suele citarse a este artista como uno de los iniciadores del fotorrealismo, aunque el siempre lo haya negado, un estilo que podría decirse que consiste en calcar fotografías y trasladarlas al lienzo, transformado lo que son efectos fotográficos en efectos pictóricos, algo muy distinto, aunque el resultado sea parecido, al hiperrealismo, pues en este estilo, aunque también se pretenda una representación fotográfica de la realidad, esa representación se realiza sin fotografías, o al menos sin calcar fotografías.

He utilizado la palabra "calcar" a sabiendas. El caso es que el fotorrealismo siempre ha tenido mala prensa entre el público, al contrario del hiperrealismo. Este segundo estilo se ha visto como una restauración de la pintura, frente a los estragos de la vanguardia, como una auténtica appel à l'ordre y un retorno a las esencias que, desgraciadamente, el modernismo había dejado de lado. No es de extrañar, puesto que al ser una arte esencialmente figurativo, es directamente descifrable por el espectador, o mejor dicho, éste se puede quedar simplemente en admirar el arte con que los objetos materiales están pintados, sin necesidad de ir más allá, buscando una justificación ideológica/política de lo representado o, cuando se trata de la vanguardia, la gracia del chiste para poder reírse.

Dicho si puede haber sonado a condena, pero no lo es en absoluto, ha habido ya tantos estilos en la historia de la pintura, y tantos movimientos el siglo pasado, que esas oposiciones fondo/forma, figuración/abstracción, dibujo/pintura, en las que cada término se identifica con la auténtica esencia de la pintura y se obliga al artista o al espectador a elegir un bando y despreciar al otro, me parecen completamente inútiles, de esas cosas que si se toman demasiado a pecho, sólo sirven para agriar el placer que supone contemplar una pintura, mirarlas con la intención de demolerlas si no corresponden al ideal supremo al que hemos jurado obediencia, en vez de intentar buscar que nos pueden aportar, que nos pueden enseñar, que nos pueden descubrir.

No, si hubiera alguna censura estaría en la palabra "calcar" que he utilizado al hablar del fotorrealismo. Simplemente, porque parecería que al convertir una fotografía en una pintura, el artista no estaría realizando nada, que el verdadero autor sería el fotógrafo que captó la imagen, mientras que el pintor fotorrealista no sería otra cosa que un pintor de brocha gorda que rellena las partes huecas y repasa los contornos, algo por tanto al alcance de cualquiera con los mínimos conocimientos del oficio, sin pretensiones de innovar, por utilizar la palabra vacía que tan de moda esta, o experimentar.

Pero, claro, podríamos hablar de los collages, podríamos señalar como Max Ernst no era un grabador, pero recortando viejas ilustraciones decimonónicas, y pegando esos recortes unos junto a otros, consiguió crear turbadoras imágenes surrealistas, que incluso llegaron a engañar a otros artistas, haciéndoles creer que eran grabados originales.

Y puede parecer que peco de pedante al citar a Max Ernst, hablando de Richard Estes, pero el caso es que su obra tan realista y tan fotográfica, tiene mucho de collage, de varias fotos sobre el mismo tema, de las cuales se han ido recortando detalles particulares, los cuales se han reunido luego en el lienzo, para ser transformados en pintura.

poseía en Unos detalles, unas visiones parciales, que no se limitan a colocarse los unos junto a los otros, sino que se superponen unos sobre otros, puesto que el artista tiene predilección por los escaparates, esas superficies reflectantes que, como el estanque de los nefufares que Monet poseía en Giverny, tienen la propiedad de permitirnos ver lo que hay tras ellos, y lo que se refleja sobre ellos, de forma que, por un momento, nos sentimos sobre la acera representada, frente al escaparate de esa tienda, y, por utilizar la frase tópica que se aplica a la Meninas de Velazquez o al Bar del Folies Bergere de Manet, buscamos nuestro reflejo en ese cristal.

Un juego de reflejos que llega, como en el cuadro que he elegido para esta entrada, a extremos de sofisticación inesperados, donde no podemos distinguir que está delante, que está detrás, donde, como en los mejores cuadros de la vanguardia, somos incapaces de descodificar lo que se nos muestra, de reducirlo a un sistema lógico que nos permita colocarlos ante él. Un tour de force que llega a su extremo en la serie de los autobuses, en las cuales no se llega a saber donde está el espectador, si dentro o fuera, puesto que el espacio pictórico cruza la pared del vehículo, permitiéndonos ver lo que hay dentro y lo que hay fuera, los reflejos interiores y los reflejos exteriores.

Un estilo, en fin, que nos revela lo efímero de la existencia, puesto que todo ese juego de reflejos y reflexiones se desvanecerá en cuanto el autobús se marche, en cuanto una nube tape el sol y el cristal se haga transparente, o simplemente porque la reproducción de los anuncios ciudadanos, de los productos de moda en ese tiempo, hace imposible que visitemos en persona los lugares representados por Estes, ya que cuando lleguemos a ellos, todo habrá cambiado.

Un estilo en fin que, a pesar de pretender una traducción fotográfica de la realidad, destaca esa transitoriedad de la vida, al difuminar los contornos de las figuras, al ablandarlos y desvaír los colores.

Casi, en un nuevo ejemplo de reflejos y reflexiones, al hacer que parezca que vemos una imagen sobre las aguas, que el más mínimo temblor podría hacer desaparecer por entero.