jueves, 2 de agosto de 2007

Taken in

Hablaba desde hace ya algunas entradas de la exposición timo de este, ¡al fin! caluroso verano madrileño.

Como podían esperarse los lectores, se trata ni más ni menos que de la exposición Van Gogh: Los últimos paisajes, que puede visitarse en el Museo Thyssen.

Antes de que alguien se asuste. No se trata de tirria al pintor, muy al contrario, siempre es un honor que traigan a estas tierras, tan pobres en colecciónes de pintura de las vanguardias históricas, obras de ese tiempo crucial en la historia del arte europeo... y más si se trata de un pintor mítico, como es el caso.

El problema es el circo que se monta alrededor.

Simplemente porque los pintores expresionistas han alcanzado, en nuestro ambiente cultural, el rango de artistas pop, personalidades tan famosas, tan conocidas por todos, cuyas obras han sido tantas veces vistas que es imposible acercarse a ellos sin prejuicios, ver sus cuadros dejando a parte todo lo que se nos ha contado, mostrado, señalado, inculcado... hasta el punto que esas obras, en cierta manera, han sido substituidas y reemplazados por todo ese mito y leyenda creado sobre ellas... un mito y leyenda que es como el famoso traje del emperador, que nadie se atreve a decir que no existe.

Una situación que se agrava en el caso de Van Gogh, por su breve y trágica biografía, que nos hace buscar en sus cuadros trazas y huellas de ese su camino hacia la locura, sin reparar en que Van Gogh era incapaz de pintar en sus periodos de enajenación, o intentar descubrir la clave de la genialidad en ellas para así aplicarla a nuestras vidas, sin darse cuenta tampoco, que si algo tienen en común los genios es que sus vidas han sido completamente dispares, sin que sea posible determinar un factor común en sus biografías.

Además, esta condición de artistas pop de la pintura que comparten los impresionistas y Van Gogh, consigue que sea imposible disfrutar tranquilamente de las exposiciones que se les dedican. En otras, es posible elegir días, horas, donde las salas de exposiciones están más o menos vacías o aún no se han llenado, de forma que uno puede disfrutar los cuadros a solas, entretenerse a ellos, volver a visitarlos en busca del detalle del que se acaba uno de acordar o que se había perdido.

En estos casos, no es posible obrar así. Todos quieren ver la exposición, incluso aquellos para los que la pintura al oleo es indistinguible del papel pintado, así que se plantan allí, haciendo cola, armados con toda clase de guías y audoguías, para luego pasar rápidamente ante los lienzos, con un ¡qué bonito! en los labios, que les sirve tanto para calificar una paella como la canción de moda, para así marcharse satisfechos, con la cabeza llena de datos sobre el cuadro (en qué fecha se hizo, quienes eran sus propietarios, como se llama el gato que aparece entre la azotea de la casa roja del fondo) que son lo menos importante a la hora de disfrutar de la pintura, pero que, como es mensurable, les sirve de medida de su satisfacción, de si el dinero y el tiempo gastado merece la pena.

(Y es que en una de mis visitas a la exposición una guía, frente a un cuadro que representaba los festejos del 14 de Julio, no hacía más que repetir el significado casi subversivo que tenía esa fecha en los primeros años de la III república, como símbolo de una Francia república, antinobiliaria y anticlerical, algo muy correcto y muy cierto, sino fuera porque el cuadro no dejaba traslucir nada de ese espíritu revolucionario, más bien al contrario)

Así que, los organizadores, para evitar inmensas colas ante el museo han tenido la gran idea de vender entradas numeradas, que dan derecho a entrar a una hora determinada, hora que suele ser tres cuartos de hora más tarde en las mañanas de los días laborables, hasta dos horas en las tardes y ¡Hasta cuatro en los festivos!

Algo que, para poder verla y no perder demasiado tiempo, me ha obligado a hacer encaje de bolillos, concretamente a quedarme sin comer para poder salir antes del trabajo y llegar cuando no había aún mucho follón.

Algo que no me hubiera molestado, si realmente la exposición mereciese la pena, y no fuera lo que és, un timo.

Porque el espacio de exposiciones de la Thyssen comprende normalmente ocho o nueve salas, mientras que en este caso sólo se han utilizado cuatro, para, además un número francamente exíguo de cuadros, que no son todos de Van Gogh (se han añadido una serie de Pissarros, Cezzanne y Daubigny, claramente para hacer bulto, cuyo único interés es que representan paisajes de la misma area donde pintaba Van Gogh) y además no son los realmente importantes de ese periodo (esos están para mayor Inri, reproducidos fotográficamente a la entrada de la exposición)

Lo dicho, un timo. La mancha negra en un verano de exposiciones realmente espléndidas.