jueves, 5 de abril de 2007

Unexplored Musical Landscapes (y VI): Lutoslawski

Había hablado con anterioridad de la trágica historia de los países de del este de Europa, la larga serie de dictaduras de uno y otro signo que tuvieron que sufrir desde 1914, junto con las dos guerras mundiales que asolaron sus territorios.... varias veces, puesto que en el tira y afloja de los contendientes hubo ciudades como Lvov en la actual Ucrania que llegaron a ser ocupadas (y destruidas) tres veces en la misma contienda.

Uno de los destinos más trágicos fue el de Polonia. Parte del Imperio Ruso en 1914 (y con la enseñaza y el uso público del polaco prohibido por las autoridades zarista) fue campo de batalla en la primera guerra mundial y recuperó su independencia en el 1920 (tras un intento de invación por la Rusia Soviética), reuniendo territorios de los tres imperios desaparecidos, el ruso, el alemán y el austriaco. No le fueron mucho mejor las cosas tras la independencia. Tras una serie de gobiernos débiles, se implanto un dictadura de derechar... que debió parecer blanda a los que llegaron a conocer la tiranía nazi tras la invasión de septiembre del 39.

En efecto, los nazis consieraban a los polacos en particular y los eslavos en general, como esclavos. No estaban consignados al exterminio como los judios, pero su papel en el nuevo orden mundial sería el de siervos de la raza aria, y sólo se les permitiría adquirir los conocimentos y habilidades necesarias para cumplir esa tarea. No es de extrañar, por tanto, que desde el primer momento, el principal objetivo de los nazis fuera el exterminio físico de las élites políticas, culturales y religiosas. De todo aquello, en definitiva, alrededor de lo cual pudiera construirse una identidad polaca, una futura patria.

Tan efectiva fue su tarea, tan eficiente y dedicada, que la siguiente tiranía que llegará a Polonia, la estalinista, no necesito muchos cambios ni muchos esfuerzos para afianzar su dominio, ni para mantenerse en él. Los nazis le habían hecho todo el trabajo.

Con ese contexto histórico, no es de extrañar que un compositor como Lutoslawski, nacido en 1912 (de la generación de Cage, por tanto) no empezará a ser conocido hasta finales de los 50, principios de los 60, cuando ya era más que maduro. Sólo entonces, se podía decir que Polonia conocía una cierta estabilidad...y una cierta apertura, debida a la muerte de Stalin, la desestalinización y la política de coexistencia pacífica Brezneviana.

He señalado lo de cierta apertura, por un detalle muy importante, que también se refleja en Penderecki (y en el destino de Lygeti, huido a occidente tras la revuelta húngara del 56). El estilo favorito de las dictaduras totalitarias, del nazismo, del estalinismo, del franquismo patrio, ha sido siempre el realismo más clasico, o un modernismo, en el caso italiano, completamente desvirtuado de lo que le hacía original, importante y digno de seguirse.

En efecto, toda totalitarismo necesita, como quien dice, el control de la calle, supervisar lo que piensan y sienten sus súbditos. El realismo clásico, por tanto, resultaba especialmente útil, con sus formas perfectamente reconocibles por todos, con su afán por el orden y la harmonía, resultaba el medio perfecto para la propaganda, y para vestirla de una respetabilidad justificadora. Por el contrario, las diferentes vanguardias que se sucedieron en el arte europeo de 1850 a 1950, se divertían en jugar con el significado y la forma, rompiendo la relación que existía entre ellas, subvirtiendo las ideas preconcebidas del espectador, negando cualquier explicación racional, jugando con la asimetría y la fealdad, hasta convertir la experiencia artística en un terreno resbaladizo en el que todo era ambiguo.... ambigüedad aborrecida por las autoridades culturales que no sabían como juzgar los resultados.

Así se produjo el extraño caso de que en las dictaduras, el arte contemporáneo, la abstracción, lo surreal, la disonancia, lo mecánico, es decir todo aquello que en democracia era un simple formalismo despojado de intencionalidad política, se convertía en un arma de oposición contra la tiranía, como ocurrió con los informalistas en España... siempre y cuando el gobierno considerase que, dados los tiempos, era mejor ignorar a esos artistas, a ver si se callaban, antes que encerrarlos en las cárceles o pegarles cuatro tiros, como en los años 30 y 40.

Esto puede ayudarnos a comprender la importancia de esta música clásica contemporánea en los países de artista, el compromiso que asumía el artista al componerla, y el peligro que corría... como en el caso de un compositor tan tardío como Lutoslawski... o como cada obra se convertía en un manifiesto, en una proclama sobre la situación del mundo y de la humanidad.

Basta un ejemplo de la obra de Lutoslawski para darnos cuenta de esto. Tómese simplemente, El segundo de Los tres poemas de Henri Michaux, compuesto en 1963.

La simple orquestación de la obra ya es un desafío. Se trata de una obra que requiere dos directores de orquesta, uno que dirija al coro y otro que dirija la orquesta. La idea es que ambos trabajen independientemente, sin en principio, preocuparse el uno del otro en el momento de la ejecución, para, de esa manera, conseguir representar de una manera más plástica el combate que se va desarrollar entre las dos secciones, las voces intentando acallar a los intrumentos, los intrumentos intentando acallar a los intrumentos.

Un reflejo claro de la situación del mundo en aquella época, divido en dos y siempre a punto de aniquilarse mutuamente.

Algo que se subraya aún más en la partitura, puesto que este combate no se realiza por medios musicales. No es un concurso en que cada sección intente interpretar una pieza más hermosa que la que del otro bando, hasta que un jurado les otorgue el premio.

No. Las voces, son las de una multitud que grita sin ningún concierto, agitadas y arrastradas por súbitos espasmos que no llevan a ninguna parte. Los intrumentos están principalmente respresentados por la percusión en el metal, hasta conseguir un sonido agrio y aterrador, de maquinaria que avanza en repentinos saltos, amenazando con aplastar lo que encuentre a su pasos.

Las voces, por tanto, de enemigos irreconciliables, incapaces de cualquier entendimiento, y que sólo reconocen su propio odio, y que sólo saben intercambiarse golpe tras golpe, hasta acabar ambos muertos.

Y escucho ahora esa música y me doy cuenta de que no hemos avanzado nada.