sábado, 28 de abril de 2007

No way Out (y III)

...la efrita Maymuna se quedó perpleja ante tanta luz, se acercó a él poco a poco, bajó sus alas, se colocó junto al lecho y quitó el lienzo que le tapaba la cara. Contempló el rostro del joven, y durante una hora temporal estuvo admirando tanta hermosura y belleza...

La una y mil noches, noche 177


Leer obras inmensas por su longitud como es ésta de la una y mil noches (o En busca del tiempo perdido de Proust, El hombre sin atributos de Musil, La guerra y la paz de Tolstoi o Los nueve de los libros de la historia de Herodoto) es una experiencia peculiar, por decirlo de alguna manera. Al extenderse su lectura a lo largo de días, semanas y meses, las sucesos narrados acaban por imbricarse con su propia vida, de manera que los sentimientos que te provoca lo leido influyen en tu estado de ánimo y viceversa, tus vicisitudes diarias repercuten en tu apreciación de la obra.

Sin contar, claro está como ese encuentro diario, ese rato de lectura, acaba convirtiéndose en un hábito, algo que te será doloroso abandonar una vez acabado y que dejará un vacío en tu vida... especialmente porque esa misma magnitud hara difícil que vuelvas a emprender ese viaje, sobre todo a medida que se envejece y la capacidad de atención se va disipando, haciendo imposible entregarse a una obra con el ímpetu, unción y resolución,propia de la juventud, la misma con que se corteja a una mujer.

El caso es que está es mi segunda lectura de las mil y una noches, la primera fue cuando apenas tenía veinte años, en otra version con notables diferencias respecto a la que tengo ahora ( hay casi tantas versiones y traducciones como noches) , y ocurre lo que ocurre siempre que se relee algo, que estamos esperando encontrar ciertos pasajes que nos impresionaron y que nos los imaginamos colocados en ciertos lugares y narrados de cierta manera... para sorprendernos constando lo frágil que es ese mapa mental nuestro, casi como globo terráqueo que hubiera sufrido la deriva de los continentes y no se pareciese en nada a la geografía real.

Y si cuento esto es porque el pasaje con el que abro esta entrada es uno de mis favoritos, incluso antes de leerlos, debido a la magnífica ilustración/adaptación que de él se hacía en la película de Pasolini. En el cuento, en ese mundo maravilloso donde los genios y las criaturas fantásticas, viven a lado de los hombres sin que éstos se sorprendan, una hembra de la estirpe de los genios descubre, en la torre olvidada donde mora, un joven de hermosura sobrehumana, tanta que por supuesto no puede evitar caer enamorada de él, y tanta que esa misma hermosura le impide hacer otras cosa que no sea observarlo, puesto que sabe que no está destinado para ella, ni podrá estarlo.

Tras lo cual, emprende el vuelo en busca de otros genios, para forzarles a reconocer que no hay belleza como la de ese joven, en un giro extrañamente similar a las motivaciones de los héroes de caballería que parodiaba el Quijote. Un viaje en el que topa con otro genio que dice haber encontrado una joven de belleza sobrehumana, y con el que nuestra genio se enzarza en una agria discusión sin que ninguno llegué a convencer al otro de los meritos de sus respectivas bellezas perfectas.

Un callejón sin salida, al cual sólo encuentran una solución, reunir a los jóvenes en una habitación, despertar a uno y mantener dormido al otro, para luego hacerlo al contrario y descubrir así quien se enamora de quien, y quien, en ese estado será capaz de controlar sus deseos, porque, tal sigue el razonamiento, aquel que sea menos bello se enamorá perdidamente del más bello, y llegará a mayores extremos por conseguir el objeto de su adoración.

Tal era el poder de la belleza. Tales eran las leyes y los rigores del amor, que no toleraba oposición en aquellos que caían bajo su poder, y les robaba el raciocinio y la libertad.

...

Pensaba en esta entrada esta mañana, mientras escuchaba una compilación de canciones de tiempos de los trovadores, en concreto, el Bendito sea el Día, de Reinmar Von Brennenberg (y resulta curioso darse cuenta como las dos fuentes de la música occidental hasta ayer mismo, son la música profana de los trovadores y la música sacra del gregoriano) para encontrar, como no podía ser de otra manera, afinidades con el texto que cito arriba. La consciencia por parte del poeta de haber encontrado aquello que siempre estuvo buscando, la perenne melancolía por saberlo inalcanzables y el deseo de cantar, proclamar al mundo, ese sentimiento que se ha convertido en el signo de su vida hasta el día de la muerte.

Una expresión de los sentimientos que aunque parezca, ocho siglos más tarde, un cúmulo de tópicos, no eran más el conjunto de signos necesarios para ser entendidos por sus contemporáneos, al igual que nosotros utilizamos un conjunto completamente distinto.... una falta de experiencias comunes, de signos sobreentendidos, que explica que nos sea tan difícil llegar a sentir lo que aquellos hombres sentían, que nos lleve a jucios apresurados y frecuentamente deprecatorios.

Una muerte, por último, que aparece repentina al final del poema, cuando el poeta termina de enumerar las gracias de su ama y se pregunta qué fue de aquellos que cantaron el amor, para recitar una larga lista de compañeros en las artes, de los cuales él es el único que sobrevive, el único que los recuerda.