jueves, 19 de abril de 2007

No way out (y II)

Antes de esta experiencia no había sentido deseo por nadie, ni prestaba atención cuando se hablaba del amor y de los afectos, ni por supuesto hablaba de ello... De vez en cuando, Baburi venía a mí, pero yo era tan vergonzoso que no podía mirarle a la cara, mucho menos conversar libremente con él. Tan emocionado y agitado estaba, que se me olvidaba agredecerle su venida o quejarme de que me abandonase... Un día, en el tiempo de mi enamoramiento, caminaba con un grupo por una calleja, cuando me tope cara a cara con aquel muchacho. Me azoré tanto que me descompuse. No podía mirarle directamente ni hablar coherentemente. Con gran dificultad, conseguí pasar a su lado.

El Baburnama, Babur, siglo XVI




Leer este fragmento es darse cuenta de los abismos que no separan, no sólo de otras culturas, sino también del pasado de la nuestra.


En nuestro presente, esa manera de sentir el amor y, sobre todo, de expresarlo en un producto artístico, provocaría un rechazo casi universal. Ésas palabras serían propias de alguien extremadamente ingenuo, sin ninguna experiencia, cursi y retraído, lo contrario del cinismo, el desapegado y la crueldad que nos ufanamos en mostrar en nuestras expresiones culturales.


Sin embargo estas líneas fueron escritas por un guerrero (aunque sería más correcto llamarlo caballero, al estilo de nuestra edad media, como indicaré más adelante). Babur, el personaje histórico que escribio estas memorias relatando su vida, fue sucesivamente principe de Samarkanda, Rey de Kabul y Emperador de la India. Toda su vida, por tanto, no fue más que una única campaña militar, un continuo cabalgar de combate en combate, sin descanso alguno.


Un perfil que aparentemente no cuadra con las líneas que encabezan esta entrada. Con esa expresión delicada y dolorida de la experiencia amorosa, centrada en la debilidad que provoca en aquel hasta entonces seguro y dueño de sí mismo. O como hasta los guerreros más aguerridos y poderosos, son abatadidos por unos ojos y una mirada... algo que como digo no esperaríamos de aquellos curtidos en el uso de las armas y en la cotidiana experiencia del dar y recibir la muerte. Unas personas, unos caracteres y unos perfiles, de los cuales en nuestra cultura, experaríamos una aproximación al amor y al sexo, mucho más brutal y cínica.


En nuestra propia cultura y en nuestro propio presente, no olvidemos esto. La oposición que vemos nosotros no se daba en el ambiente social e ideológico en el que fuera criado Babur. Muy al contrario, para ellos, era obligación de todo guerrero, aparte de dominar el arte de la guerra y las virtudes que podríamos llamar masculinas, desarrollar también aquellas otras que podríamos llamar femeninas. Así por ejemplo, aquellos cabecillas y reyezuelos rivalizaban en escribir poesía amorosa, y casi podría decirse que se consideraban más orgullosos de sus proezas en esos ámbitos que de sus victorias en el campo de batalla... simplemente porque la guerra era su oficio, lo que todos hacían desde que nacieron, mientras que el componer bellos versos era algo que sólo estaba reservado a los mejores de entre los mejores.


Esto que acabo de contar podría dar la impresión de quedar restringido al ámbito personal y privado. Nada más lejos de la realidad. Cada cabecilla y reyezuelo intentaba atraer a los mejores artistas y artífices, poetas, músicos, pintores, arquitectos y artesanos, para construir jardines amenos y palacios destinados al placer mundano, donde escuchar música y poesía durante las reuniones de estos guerreros, rivalizando ellos mismos en recitar poesía amorosa.


Un grupo de adultos reuniéndose para recitar poesía. Obviamente, no podemos ni debemos engañarnos. Aquel era un mundo brutal, donde la vida no tenía casi valor, y aquellos poderosos, auténticos tiranos. A la hora de tratar a los enemigos, ninguno tendría ningún reparo en eliminarlos, excepto si la clemencia podía reportar algún beneficio político, y, cuando se enfrentaban a pueblos, como los hindúes, que no eran musulmanes, toda la caballerosidad de la que hacían gala en sus conflictos desaparecía brutalmente, suplantada por un auténtico choque de civilizaciones, en el que había que exterminar a los infieles, siguiendo el mandato dado por Dios en el Corán.


Y sin embargo, el mero hecho de reunirse a recitar poesía amorosa, la misma poesía que ellos mismos habían compuesto, sin avergonzarse por ellos, cuando nosotros nos reíriamos a carcajadas de quien obrase así o siquiera expresase su amor como lo hace Babur, me los hace parecer, por así decirlo, mejores que nosotros.


Ellos vivían en un mundo cruel, casi el infierno, y ansiaban la belleza. Nosotros vivimos en el paraíso y ansiamos la muerte y la destrucción. Nos llamamos solidarios y compasivos, mientras que nosotros ensalzamos la crueldad y el cinismo.


¿Nosotros? Si miramos con cuidado, por encima de la cultura, descubriremos que Babur, a pesar de ser musulman y vivir en en Asia Central, está más cerca de los Europeos Cristianos del siglo XVI que nosotros estamos de ellos, a pesar de ser sus descendientes y deberles nuestra forma de pensar y concebir el mundo.


Porque el reflejo de Babur no es otro que Garcilaso, el caballero cristiano siempre en guerra, pero cuya esencia y su verdadera naturaleza no es sino escribir versos y en ellos narrar el amor que marco su vida. Asímismo el concepto de la experiencia amorosa en Babur es el mismo que el de los trovadores, el amor cortes que perduró en toda la cultura occidental hasta ayer mismo, el del guerrero derrotado por, como decía, un rostro y una mirada, y cuya vida, a partir de ese momento sólo podrá concebirse si se parte de esa otra persona y de ese otro amor.