lunes, 2 de abril de 2007

Los laberintos de la fe

Hace tiempo se publicó la noticia del descubrimiento y traducción del llamado evangelio de Judas. Como era de esperar, en un país como el nuestro, donde la polarización ideológica se ha convertido casi en nuestra raisón d'être, los voceros de la derecha más rancia se manifestaron pronto en contra de esa subversión de ortodoxia, mientras que los voceros a la izquierda aplaudieron esa nueva oportunidad de ajustar cuentas con la supersitición y el oscurantismo.

Hasta ahora bien ¿no?

Esta mañana, leyendo mi revista americana de Internet favorita, www.salon.com (desgraciadamente es de pago) me topé con un artículo realmente interesante, una entrevista con una de las personas (una mujer) encargada del estudio, traducción y publicación de este evangelio.

Una persona, en propias palabras suyas, profundamente creyente, y a quién el análisis de este evangelio le ha hecho reafirmarse en su fe.

Lo repito, por si no se ha entendido, el supuesto evangelio herético, según fue definido unánimemente por la izquierda y derecha patrias, y que suponía un ataque directo al cristianismo, había servido para reafirmar la fe de un creyente.

No es de extrañar. Mejor dicho, no hay de qué sorprenderse.

Desde el finales del XVIII los estudios sobre los evangelios se han convertido por sí mismas en una rama propia de la arqueología y la historia clásica. Casi podría decirse que los métodos inventados y desarrollados en el análisis crítico de los textos sagrados, se han convertido en normativos para realizar ese mismo análisis en cualquier otro texto, debido precisamente al rigor y cuidado con que esos textos, tan reverenciados, debían abordarse.

Además de estas consideraciones, por así decirlo, ciéntificas, había otras personales y religiosas no menos importantes. Estos estudiosos de los textos sagrados podían tomar una de dos actitudes, aceptar los textos tal y comos eran, sin crítica alguna, o bien abordar su estudio comparativo, no solo entre los diferentes evangelios, sino con textos de la misma época para intentar situarlos y encuadrarlos en el contexto de las creencias de ese tiempo, y sobre todo, compararlos, con los textos sagrados que no habían sido aceptados en canón, es decir, el amplísimo corpus de evangelios apócrifos que la arqueología ha ido descubriendo en estos dos siglos de investigación.

Detrás de todo esto, anidaba una importantísima postura teológica, el presupuesto de que un cristiano no debía tener miedo a saber más acerca de una religión. Es decir, que cuantos más supieramos sobre los años posteriores a Jesús y sobre como se forjó el cristianismo primitivo, más se enriquecería esa religión y, sobre todo, cada descubriemiento sólo serviriá para confirmarla.

Una doctrina heredada directamente del Tomismo y de la Escolástica, en la que el plan salvador de Dios, debía ser accesible a la razón, más aún, que la razón en sus razonamientos, debería conluir en lo mismo que la revelación había enseñado. Un presupuesto filosófico que demostraba una confianza inquebrantable en el creado, en el sentido de que éste no había pretendido jugar con su criaturas, sino que había colocado ante nosotros pruebas irrefutables de la verdad, que sólo teníamos que encontrar para que sus designios se hicieran inteligibles... Una postura completamente opuesta a la de los creacionistas de hoy en día, que un su afán de refutar a Darwin han concebido un dios casi diábolico, que ha creado fósiles de una aparente antigüedad de millones de años, sólo para confundir a los hombres y poner a prueba la fe.

Desde ese punto de vista, el de que saber más no es peligroso, sino todo lo contrario, un evangelio como el de Judas no debería ser un motivo de escándalo. La tesis fundamental de ese libro, el de que Jesús practicamente ordenó a Judas que le traicionara, y éste le obedeció, para que se cumpliera el plan de Dios, ha sido una idea que ha reaparecido una y otra vez en historia de la cristiandad, en una forma u otra. Además, como bien señala la estudiosa de este texto, el autor del evangelio lo utiliza para atacar la cultura del martirio que empezaba a dominar a la iglesia en el trancisión del siglo I al II, es decir, no que el cristianismo fuera una idea por la que mereciese perder la vida en su defensa, si no la perversión abominable de que aquellos que sufrían el martirio eran mejores cristianos que los que no lo sufrían... idea muy cercana, por cierto, a la de los círculos islamistas radicales de hoy día.

Pero claro, todo lo anterior no nos lo cuenta nadie, especialmente en un país en el que el 90 por ciento de las declaraciones se limitan a manifestaciones de lealtad y profesiones de ortodoxía ideológica.


Por cierto, y por si alguien se lo pregunta, yo soy ateo.