lunes, 30 de abril de 2007

Against all odds

Un efecto curioso del estado de las autonomías (y que nadie vea un intento de censura política en esto) es que la colección de Museo Arqueológico Nacional, sito en Madrid, ha quedado congelada en el tiempo, más o menos hacia 1980. Ya no entran nuevas piezas, puesto que éstas van a parar a los diferentes museos autonómicos, ni provinciales, ni se organizan nuevas campañas de excavación, que quedan a cargo de las universidades locales.... una sabia política de no agresión entre instituciones, hasta aquí nosotros, desde aquí vosotros, para evitar que una coleccion como ésta, la memoria de la historia de la península Ibérica, acabe dispersada.

Y es que la colección es lo bastante rica y amplia en el tiempo, como para que ella, en el estado en que está ahora mismo sea uno de los tesoros más importantes de este país, aunque no se le haga publicidad. De hecho, para mí, desde que tenía apenas catorce años, ese museo es uno de mis lugares favoritos en esta ciudad, un lugar al que se puede volver una y otra vez, seguro de descubrir algún detalle que había pasado inadvertido o de gozar de piezas que parecen haber estado siempre allí.

Además, el hecho de que los contenidos no varíen no supone ningún impedimento a su estudio. De hecho, la arqueología es una ciencia en perpetua renovación, en la que se han dado auténticos pasos de gigante y donde mirar a los artefactos antigüos con nuevos ojos es una de las actividades intelectuales que presenta mayores retos y que otorga mayores recompensas.... simplemente porque el hecho de mirar a lo que fuimos significa mirar lo que somos, para darnos cuenta de que arbitrarias son nuestras seguridades.

Ese mirar desde fuera el ámbito en el que vivimos, tan característico de las ciencias humanas en este periodo.

Por ello, las exposiciones temporales del museo de arqueología, son para mí auténticos acontecimientos, aunque no llenen portadas de los periódicos ni atraígan multitudes. Simplemente como digo, porque a pesar de mi afición por la historia y la arqueología, siempre se las arreglan para tomarme a contrapié y obligarme a mirar las cosas de forma distinta, en vez de adormecerme en mis convicciones.

No ha ocurrido menos con la exposición que visité este domingo, El héroe y el monstruo, donde, partiendo del estudio de una fíbula ibérica, de la iconografía en ella representada, se nos descubre la cosmovisión de ese pueblo, amén de su estructura político social, para irse con la idea de que ambas continúan formando y conformando la mentalidad de nuestra especie, a pesar de los siglos transcurridos y los avances tecnológicos.

Como digo, En esa fíbula o imperdible, un objeto mínimo, destinado al ajuar funerario de un noble, se describe la cosmogonía de los íberos. Por un lado, el mar, el inmenso desierto desconocido, donde el hombre no puede vivir ni penetrar, habitado por bestias desconocidas que se suponen peligrosas. Por otro lado, la tierra, el lugar de nacimiento de la humanidad, pero este también un lugar peligroso, recorrido lobos y depredadores que sólo pueden albergar enemistad eterna hacia los hombres. Por último, los mundos de ultratumba, donde habitan los monstruos que aguardan al hombre tras su muerte.

Y en medio el héroe. Aquél que espanta a los medios y los temores. El que garantiza un lugar donde puede construirse la civilización. Un lugar mínimo, siempre amenazado, efímero y perecedero, pero el único ámbito donde merece la pena vivir.

Como puede verse esta concepción, este mito, es la base de buena parte de la literatura universal. Así la idea de la civilización restringida a un pequeño ámbito, rodeada por todas partes de lugares exóticos y misteriosos, erizados de peligros, donde mueren inevitablemente todos los que entran, excepto el héroe que al final logra vencerlos y regresar al hogar, es la excusa argumental del Cantar de Gilgamesh, la Odisea, los Argonautas, los cuentos de las Mil y una noches, los epopeyas y cantares de gesta , la tetralogía Wagneriana o el Señor de los anillos de Tolkien... apareciendo incluso en los productos Hollywoodianos más recientes, como puedan ser 300 o 24.

Sin embargo, como no podía ser de otra manera en esta cosmogonía que se repite una y otra vez a lo largo de la historia, se detecta un aliento de propagando, o dicho de otra manera, para evitar el tufo que tiene esa palabra, las razones con las que las diferentes civilizaciones intentan justificar su existencia, fundamentar su supervivencia y hacer perdurar su orden político. Simplemente, dice el razonamiento, si el mundo entero, mar, tierras y ultratumba, está gobernado por el caos y recorrido por las bestias, la figura del héroe, el creador y defensor de la civilización, es necesaria, imprescindible.

Sin el heróe, la civilización desaparecería. Por eso, el orden establecido por éste se presenta como inevitablemente justo, sin necesidad de justificación alguna, puesto que su única alternativa es la barbarie, mientras que los privilegios y prebendas de las que disfrutan las clases heróicas, no son sino el justo pago por su protección, la recompensa que les otorgamos libremente por evitar la catástrofe que siempre nos amenaza...aunque luego, ni la protección sea tal, ni la recompensa libre, de forma que al final el mayor peligro provenga de los protectores, no de las bestias que habitan las fronteras del mundo.

Extrañamente actual ¿no? Es lo malo de la historia, que adentrarse en ella inevitablemente lleva a abrir los ojos.

Pero todo esto esta explicación política y social de la historia, poco tiene que ver con la fascinación que nos produce esa cosmogonía, ni con sus expresiones artísticas (las clásicas digo, no las perversiones modernas).

Porque es cierto que vivimos en constante peligro, en el sentido de que el azar puede arrebatarnos de un papirotazo todo lo que tenemos y borrar todo lo que somos. De manera que el destino del héroe, la narración de su lucha contra la crueldad y la brutalidad del mundo, su victoria final, se convierte en un bálsamo que aplicar sobre nuestra existencia cotidiana.

Algo que nos permita seguir viviendo, en la esperanza de que nosotros habremos de ser reivindicados al final.

Aunque siempre sea ella, la muerte, la que resulte victoriosa.