In fact this question - Did the believe in what they were doing? - is actually a small part of a much larger question, one which goes to the heart of the Soviet Union itself: Did any of their leader believe in what they were doing. The relationship between Soviet propaganda and Soviet reality was always a strange one: The factory is barely functioning, in the shops there is nothing to buy, old ladies cannot afford to heat their apartments, yet in the streets outside, banners proclaim 'the triumph of socialism' and 'the heroic achievements of the Soviet Motherland'... Yet there was an extra level of strangeness in the camps. If, in the free world, the enormous gap between this sort of Soviet propaganda and Soviet reality already struck many as ludicrous, in the camps, the absurdity seemed to reach new heights. In the Gulag, where they were constantly addressed as 'enemies', explicitly forbidden to call each other 'comrade', and forbidden to gaze upon a portrait of Stalin, prisoners were nevertheless expected to work for the glory of the socialist motherland, just the same as those who were free - and to participate in 'self taught creative activity', as if they were doing so out of the sheer love of art.
Anne Applebaum, Gulag
Copié este pasaje del libro citado el 29 de junio y me resulta muy extraño comentarlo ahora, casi una semana después de la muerte del escritor ruso Soljenitsin. Alguien cuya obra y cuya labor de denuncia del régimen soviético ha querido ser impugnada, según he leído incluso ahora misma, por defender posturas antiliberales y antidemocráticas.
Como se dice en mi tierra, eso es confundir el tocino con la velocidad.
O dicho en cristiano, el hecho de que Soljenitsin haya ido defendiendo posiciones cada vez más ultranacionalistas, hasta el extremo de confundir una cierta idea de una Rusia santa, eterna y trascendente con los habitantes de ese país, como si estos lo llevaran escrito en sus genes (algo que por cierto es común a la intelectualidad rusa, piénsese en los idearios ultrareaccionarios de Tolstoi y Dostoievski) o alabar al impresentable de Putin, ese funcionario reconvertido de la KGB soviética al que, como a los mejores dictadores, nunca le ha temblado el pulso, no hace mejor a la dictadura totalitaria de Stalin, ni disminuye el horror de sus crímenes, ni por supuesto descalifica la misión de guardián de la memoria que Soljenitsin asumió en Archipielago Gulag, y que impregna y constituye la esencia de sus mejores obras, esa Vida de Iván Denisovich, ese Hospital de Cáncer o ese El Primer Círculo, todas ellas medio ficción, medio autobiografía, y que dan al lector la impresión de algo vivido y experimentado.
Una forma de narrar, la del testigo que narra lo que le ocurrió y lo que vio, y que al mismo tiempo debe convertirse, por imperativo moral, en representante de todos los que no sobrevivieron, que le hermana con otro testigo de otro exterminio, como es Primo Levi, con quien comparte asímismo la perenne necesidad de justificar su supervivencia (porqué yo y porqué no otros) y que asímismo le lleva a una doble conclusión paradójica, ya que por un lado, si no murieron en el Gulag o en Auschwitz fue porque se traicionaron moralmente, aceptaron los puestos más cómodos, más fáciles, los que les daban acceso a la comida y al calor, quitándoselos a otros, sirviendo a sus propios torturadores, mientras que por otro lado, ambos relatos se convierten en un canto al espíritu humano, de como hay personas que aún siendo prisioneros de sistemas que buscan, no ya su exterminio, sino su muerte espiritual, son capaces de encontrar un asidero, algo, por muy pequeño que sea, que les permita mantener su dignidad aún viviendo en el infierno.
Unos sistemas totalitarios, basado en el campo de prisioneros, bien como lugar de exterminio, bien como mano de obra esclava, que terminan por contaminar a toda la sociedad y la transforman en una única prisión encerrada en los límites de sus fronteras y donde lo único que distingue a unos de otros es el círculo del infierno en el que giran sus vidas, unos creyéndose casi libres, otros sabiéndose muertos en vida.
Porque, aparte de los campos de concentración, como muy bien señala Anne Applebaum, lo peor del sistema soviético era la continúa necesidad de estar mintiéndose a uno mismo, de creerse las mentiras que exigía la línea del partido de ese momento histórico y tener que proclamarlas a los cuatro vientos, venciendo cualquier repugnancia o integridad moral que uno pudiera poseer. Una continua humillación moral que debía ser desgaradora para cualquier persona que fuera realmente de izquierdas, ya que en ese paraíso de los trabajadores, continuaba la explotación más absoluta de estos, sólo que en vez de ser por los beneficios empresariales de unos pocos, era por el brillante porvenir que nadie vería llegar. Un absurdo que llegaba hasta el Gulag, donde como Applebaum señala, a los condenados por el sistema soviético, aquellos que nuncan podrían volver a ser considerados ciudadanos, se les exigía trabajar con el ímpetú de los creyentes en ese mismo sistema.
Y si grave fue el daño que causaron dentro, no menor fue el que causaron fuera. Como bien señala el izquierdista Geoff Elly en su monumental historia de la izquierda europea, "el estalinismo fue una derrota total para la izquierda". Al arrogarse el sistema soviético la perfección ideológica, al venderse como el único modelo posible al cual deberían tender todos los movimientos de izquierda, quisieran o no, su derrumbamiento dio a la derecha la oportunidad para descalificar en bloque cualquier pensamiento que pareciese sospechoso de progresismo, o incluso de reformismo, sin importar las credenciales democráticas que pudiera presentar o las víctimas que hubiera sufrido a manos del totalirismo soviético, pues, no lo olvidemos, el sistema soviético eliminó a todo movimiento de izquierdas que no coincidiera con la línea del partido, y así en los años 20, además de miembros de las antiguas clases dirigentes, del ejército o de la iglesia, las cárceles rusas se llenaron de anarquistas, de mencheviques, de socialistas revolucionarios, de todos los que pretendían otra vía para la revolución.
Una catástrofe, la caída de la URSS y el descubrimiento de su impostura, de la cual la izquierda salío habiendo perdido sus referencias ideológicas, con la necesidad de reconstruirse y de reinvertarse, y en medio de un contrataque furibundo de la derecha vencedora que no tiene visos de ceder ni de atenuarse.
Un laberinto del que aún no se ve la salida.
viernes, 8 de agosto de 2008
jueves, 7 de agosto de 2008
Show me your face (y III)

He repetido ya varias veces que la exposición El Retrato Renacentista, abierta en el Museo del Prado madrileño puede ser la mejor exposición de todo el año, por ofrecer una visión completamente nueva del arte de los siglos XV y XVI y sobre todo por demostrar que, aparte de los grandes nombres que están en la memoria de todos, se pueden añadir algunas decenas más, sin los cuales nuestro conocimiento, nuestra apreciación y sobre todo nuestro disfrute no estarían completos.
Un caso es el de la Pintora Sofonisba Anguissola, de quien se muestra el cuadro con el que abro esta entrada. Una mujer que fue excepcional (es decir, una excepción) en más de un sentido, no ya por el hecho de ser una pintora en un mundo de hombres, pues en la segunda mitad del siglo XVI brillarían otras más, como Lavinia Fontana o la malograda hija de Tintoreto, sino porque ella no necesitaba pintar para vivir.
En efecto, Sofonisba Anguissola era de origen noble y en principio, la pintura, al ser un arte de manual, de trabajadores asalariados según se consideraba en la época, debía haber estado prohibido para ella o como poco haber sido considerado como impropio de la educación de un señorita. No obstante, su padre se empeño en que ella y sus hermanas recibieran la mejor educación posible, incluidas las artes, y que ella utilizó para brillar y ser independiente en un mundo que, no lo olvidemos era de hombres y sólo para los hombres.
He dicho "utilizó para brillar y ser independiente" y no exagero, puesto que el cuadro con el que he abierto la entrada no es más que un anuncio de su calidad de pintora, para ser enviado a posibles clientes y que puedan juzgar su maestría. Un cuadro donde ella se retrata con los atributos de su oficio, la paleta, el pincel y el tiento, y en pleno trabajo, en claro contraste con el resto de pintores de su tiempo que se retrataban no como pintores, sino como nobles, intelectuales y pensadores.
Y es que al igual que Sofonisba tenía que hacer olvidar que era mujer y demostrar que podía realizar las mismas tareas que cualquier otra persona, los pintores tenían que luchar por demostrar la nobleza de su arte, algo que para Anguissola venía dado al ser ella noble por nacimiento y no tener que inclinarse ante nadie, mientras que el resto tenían que ganarse ese respeto día tras día, demostrar que su arte era tanto manual como intelectual, y mostrarse ante el mundo con los atuendos y la apariencia de aquellos que utilizaban su mente y nos sus manos. De ahí los múltiples retratos de Durero como si fuera un caballero acomodado, orgulloso de su posición, o los de Tiziano, en la misma actitud.
Pero hay algo más en el cuadro que este orgullo de pintora y este afán por hacerse propaganda. Si se observa el cuadro que Sofonisba está pintando vemos que se trata de una sagrada familia bastante poco habitual. El niño Jesús debe estar alrededor de los diez años, lo bastante crecido para comportarse ante la gente, mientras que la actitud de la virgen, la forma en que delicadamente sujeta sus mejillas y lo besa, casi en los labios, es de una dulzura y un cariño inusitados, prácticamente sin igual en el arte del renacimiento. Una forma más en la que la pintora nos muestra su talento, revelándose como un pintor de su época, un Manierista más, al tomar el tema aconstumbrado, tantas veces representado y plasmarlo de una manera completamente nueva, en un difícil equilibrio entre lo que se puede hacer y lo que no está permitido.
Para terminar una reflexión final. Esta exposición, con su enfoque en las obras y los artistas, mostrando al mismo tiempo el estilo común que comparte, pero señalando claramente su individualidad, debería hacernos reflexionar sobre lo incompletas que son muchas interpretaciones generalistas de la historia, esas que intentan borrar a los seres humanos, los individuos, sus esperanzas, sus afanes, su errores y su ceguera, del transcurrir temporal, y reducirlo todo a leyes inexorables o medias estadísticas, que deciden el presente y el futuro.
Pues está claro que si hiciésemos caso a esas predicciones del pasado, alguien como Sofonisba Anguissola, producto de la cabezonería de su padre y de la suya propia, no debería haber existido, ni tampoco todas las pintoras de años posteriores que la eligieron como modelo.
miércoles, 6 de agosto de 2008
Be a child again
Cuentan que el pintor Joan Miró tenía un carácter tan afable y dulce, que sus compañeros del movimiento surrealista no podían evitar gastarle una pequeña broma algo pesada. Broma que consistía en mirarle fijamente, volverse luego a otro de los presentes y decirle, "Le está saliendo halo ¿no?" a lo cual el otro respondía que sí que era cierto.Broma que apócrifa o no, nos dice más de lo que suponemos de la obra de este pintor, ya que si comparamos sus creaciones con las de los otros dos grandes pintores ibéricos (con permiso de Juan Gris por supuesto), comprobaremos lo distante que está su ethos de la continúa transformación y reinvención Picassania o de la pirotecnia circense de Dalí, más cercanas al escándalo espectacular constante que suponemos actualmente consustancial al artista valioso, mientras que las creaciones de Miró casi siempre son tranquilas y reposadas, incluso en las ocasiones que se dedica a destruir el arte.
He dicho tranquilas y reposadas, pero podría también haber dicho humorísticas y lúdicas, como este Paisaje (La Liebre) que se puede admirar en la Thyssen Madrileña, dentro de la exposición dedicada a estudiar el tema de la tierra en la obra del pintor catalán. Una creación que no falla en provocarme una sonrisa siempre que la veo, pues no puedo evitar pensar en el viaje psicodélico, antes que esa palabra existiera, que sufre la liebre al encontrarse repentinamente una espiral punteada (¿otro animal? ¿un campesino catalán con pipa de los que tanto gustaba dibujar Miró?) en medio de su habitat natural y sufrir ella misma los comienzos de una distorsión estética.
Una obra/chiste que resume ciertas esencias del surrealismo, la de ofrecer enigmas inexplicables al espectador, o mejor dicho, enigmas cuyas pistas no llevan a ninguna parte o se contradicen entre sí, condenando todo intento de hermenéutica al mayor de los naufragios. Unas creaciones que a pesar de ese juego cerebral, aparentemente frío y hermético, no dejan de sacudir y conmover al espectador.
Como es el caso del cuadro, de finales de la vida de Miró, del cual quería hablar realmente, pero del que me ha sido imposible encontrar una reproducción. Se trata de Acento rojo en la calma. un lienzo coloreado de verde, el cual se ha cubierto en su mayor parte por una tela gris, cosida al soporte con cuerdas que la recorren en toda extensión, como si se quisiera evitar que viéramos lo que realmente hay pintado, o mejor dicho, impedir que lo que hay allí escape y llegue hasta nosotros.
Un propósito conseguido por completo, excepto porque en un punto la pintura roja que había detrás ha corroído la tela que lo envuelve, abierto un agujero y teñido la tela.
Como si hubiera fuerzas, esos impulsos primordiales y telúricos, que es imposible encerrar, reprimir, civilizar, y que terminan por romper todos los diques y barreras, las cadenas y cuerdas con que se pretenden encerrarles y cortarles el paso.
Unos impulsos primarios, que, intuidos en ese rojo purísimo, tan típico de Miro, que sólo el encontrarlo serviría como firma, no son destructivos, ni sucios, ni vergonzosos, sino gozosos y vitales, necesarios e imprescisdibles para disfrutar de esta vida por entero.
martes, 5 de agosto de 2008
Stone like Flesh

Había dicho, comentando la exposición el Retrato del Renacimiento que se puede visitar en el Museo del Prado, que esa era la mejor exposición del verano y del año, con permiso de otra no menos importante y única. Se trata, por supuesto, de la exposición Tesoros Sumergidos de Egipto, abierta en el antiguo Matadero de Madrid (y hay que agradecer que los responsables del recinto hayan conservado los graffitis con que se decoró tras su abandono, lo cual le da un aire muy arqueológico, perfecto para la exposición).
Esta exposición, para alguien aficionado desde tiempo atrás a la arqueología y que incluso se planteó que ésa fuera su profesión, es una sorpresa tras otra, a pesar de estar centrada en dos de mis temas favoritos, Egipto y Grecia. Uno llega con ideas preconcebidas, las escupidas en los telediarios, esperando encontrarse con la Alejandría Ptolemáica, pero el caso es que, aparte de la reconstrucción veraz de su planta, tan distinta de lo que los testimonios escritos nos habían hecho suponer, apenas se nos muestran objetos de la misma. Una ausencia, o carencia, que ha muchos habrá defraudado, al no encontrarse con los personajes de leyenda, como Cleopatra, pero que era de esperar, ya que Alejandría era una ciudad siempre en revuelta, y la victoria del Cristianismo y luego del Islám, se selló con la destrucción y eliminación de los restos paganos, recuerdo de los supuestos falsos dioses. Una destrucción querida por los hombres que luego sería sellada por la naturaleza, al derruir los terremotos e inundar luego el mar lo poco que quedara.
La gran sorpresa de la exposición es lo rescatado de Tonis/Heraclión, una ciudad que al estar más cercana al mar y ser una red de islas y canales, se hundió antes que las otras en el mar, salvando así gran partes de sus tesoros de la destrucción, sin contar con que su papel en el estado egipcio del primer milenio a.C fue tomado por la nueva capital de Alejandría, con lo que poco a poco fue perdiendo importancia hasta ser abandonada. Un olvido que le puso también relativamente a salvo de las convulsiones y las destrucciones, el vandalismo, que marcaron la victoria del cristianismo.
El hecho es que, algo completamente inhabitual en Egipto, donde apenas conocemos nada de las aglomeraciones urbanas y nuestro conocimiento proviene casi exclusivamente del as tumbas, las excavaciones submarinas de Tonis/Heraclion han sacado a la luz la vida cotidiana de un recinto templario de importancia. Una vida cotidiana que se plasma en multitud de objetos, desde las estatuas traídas por los reyes para demostrar su importancia y servir de propaganda, hasta las ofrendas y exvotos de los creyentes más humildes, pasando por los objetos del culto, todo aquello que se necesitaba para mantener la unidad económica fundamental que representaba el templo en el estado egipcio. Una oportunidad única de contemplar, como digo, un pequeño fragmento de la inmensa historia de ese país, en todos sus ámbitos, algo que hasta hora, el enfoque casi exclusivo en las tumbas, nos vedaba.
No son menos importantes los descubrimientos en la ciudad vecina, aunque en esta la destrucción fuera tan intensa y tan rabiosa como en la propia Alejandría, como bien narraron en llenos de orgullo, rebosantes de triunfo, pero no por ello, menos execrables y repugnantes, los cristianos vencedores. Sin embargo ese triunfo en cierta manera, resulto también el de los arqueólogos, puesto que las estatuas destruidas se arrojaron en un inmenso vertedero, del cual fueron rescatadas por los investigadores.
De ellas, la más bella es la Arsinoe/Isis que ilustra esta entrada. Un ejemplo sincretismo que no sólo se muestra en su tema, la reina macedonia Arsinoe representada como la diosa Isis, sino en su técnica que une el hieratismo y frontalidad egipcias con la sensualidad y la gracia de los griegos.
Y es que lo que hace única a esta estatua es algo que no se puede apreciar en la foto. Se trata, ni más ni menos, de la capacidad que tenían los escultores de la antigua Grecia para convertir la piedra en carne, de forma que uno tiene la impresión de que si se agarrase la estatua, los dedos se hundirían, que la piedra cedería levemente como si fuera la propia carne viva y cálida de una persona.
Un resultado que acabo de concebir como se consiguió, sino es mediante el tolerar un cierta imperfección, el tallar de manera que uno perciba con los ojos, el peso de la carne colgada de los huesos de manera que creamos que nuestra mano podría contrarrestar ese mismo peso, y darnos la ilusión, como digo, de presentir el calor y la suavidad de un cuerpo vivo en la piedra fría y áspera.
Una ilusión aumentada también por la precisión anatómica de los detalles, como el modo en que los pezones de la estatua han sido tallados, dejando ver la pequeña incisión que hay en su centro, como ocurre en un cuerpo real.
Detalles que por supuesto, estaban codificados de antemano, y se repetían, se exigía su repetición una y otra mano, pero que en manos de un artista de genio, como el que labrara esta estatua, obraban el milagro.
Ese milagro indefinible pero perfectamente reconocible para cualquiera, que es el arte.
domingo, 3 de agosto de 2008
Different Faiths
En un extremo del mundo...




...u otro...






...pero siempre exigiendo la misma entrega e implicación emocional...
Y debo decir de nuevo que gracias a lo mediocre que está siendo esta temporada, salvada por escasas excepciones como Kaiba y unas pocas más, me ha dado tiempo a ver esta serie del 2006, Flag, que había dejado completamente de lado en su momento, a pesar de su evidente interés.
Un interés que estriba en el modo en el que está contado, a través de las imágenes y vídeos que dos periodistas japoneses toman en un país en conflicto del Asia Central, desgarrado por una guerra civil entre facciones religiosas, ocupado por las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, que se se convierten en el blanco predilecto de los extremistas, y campo de batalla también para las grandes potencias, que colaboran con las facciones existentes para sabotear ese proceso de paz.
Una decisión estética, la de mostrarlo todo a través de la cámara, que podía haber sido un gran error, y de hecho, en los primeros episodios parece que va a serlo, pero que ha medida que la serie avanza transciende el mero más difícil todavía técnico y se convierte en una de sus virtudes, dotándola casi de una cierta intencionalidad moral.
Simplemente porque ese distanciamiento que provoca la cámara, el yo estoy aquí y lo que pasa está al otro lado de la lente, unido a la fragmentación de la realidad que provoca el hecho de elegir un momento para ser fotografiado y despreciar el siguiente, se convierte en un espacio para la reflexión y la meditación, para preguntarse quienes son esas gentes de ese país desconocido, cuales son sus ilusiones y sus esperanzas, en que nos parecemos y en qué nos diferenciamos.
Y sobre todo, en un mundo en conflicto que no es más que un trasunto del mundo actual, a quién debemos apoyar y a quien no, por quienes y porqué merece la pena luchar y qué o quienes no deben ser tolerados.
Una elección moral que se plasma en las dos fuerza religiosas que están detrás de la guerra civil que asola el país, los adoradores de un budismo guerrero e intranginte que se propone purificar el país a sangre y fuego, para ajustarlo a un ideal tan santo y puro que no admite a los seres humanos normales, frente a los partidarios de una diosa madre anterior a todas las otras religiones, un divinidad tolerante e integradora, en cuyo seno hay un lugar para todos.




...u otro...






...pero siempre exigiendo la misma entrega e implicación emocional...Y debo decir de nuevo que gracias a lo mediocre que está siendo esta temporada, salvada por escasas excepciones como Kaiba y unas pocas más, me ha dado tiempo a ver esta serie del 2006, Flag, que había dejado completamente de lado en su momento, a pesar de su evidente interés.
Un interés que estriba en el modo en el que está contado, a través de las imágenes y vídeos que dos periodistas japoneses toman en un país en conflicto del Asia Central, desgarrado por una guerra civil entre facciones religiosas, ocupado por las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, que se se convierten en el blanco predilecto de los extremistas, y campo de batalla también para las grandes potencias, que colaboran con las facciones existentes para sabotear ese proceso de paz.
Una decisión estética, la de mostrarlo todo a través de la cámara, que podía haber sido un gran error, y de hecho, en los primeros episodios parece que va a serlo, pero que ha medida que la serie avanza transciende el mero más difícil todavía técnico y se convierte en una de sus virtudes, dotándola casi de una cierta intencionalidad moral.
Simplemente porque ese distanciamiento que provoca la cámara, el yo estoy aquí y lo que pasa está al otro lado de la lente, unido a la fragmentación de la realidad que provoca el hecho de elegir un momento para ser fotografiado y despreciar el siguiente, se convierte en un espacio para la reflexión y la meditación, para preguntarse quienes son esas gentes de ese país desconocido, cuales son sus ilusiones y sus esperanzas, en que nos parecemos y en qué nos diferenciamos.
Y sobre todo, en un mundo en conflicto que no es más que un trasunto del mundo actual, a quién debemos apoyar y a quien no, por quienes y porqué merece la pena luchar y qué o quienes no deben ser tolerados.
Una elección moral que se plasma en las dos fuerza religiosas que están detrás de la guerra civil que asola el país, los adoradores de un budismo guerrero e intranginte que se propone purificar el país a sangre y fuego, para ajustarlo a un ideal tan santo y puro que no admite a los seres humanos normales, frente a los partidarios de una diosa madre anterior a todas las otras religiones, un divinidad tolerante e integradora, en cuyo seno hay un lugar para todos.
viernes, 1 de agosto de 2008
To the Stars












La secuencia de imágenes anterior es un fallido intento de reproducir uno de los tres o cuatro finales que se suceden en los últimos minutos de Ooritsu uchuugun/Oneamisu no tsubase (Royal Space Force, The Wings of Honneamise) el largo de animación que en 1987, puso al estudio Gainax en el mapa, y que aún hoy 20 años más tarde y varias revoluciones tecnológicas después continúa imbatible e insuperable, un film que se adelanto a su tiempo y cuyos logros estéticos no han aún sido superados, no ya en el anime, sino en la animación comercial sin adjetivos calificativos.
Ahora que tanto se habla de la 3D y de su capacidad para reproducir la realidad hasta hacerse indistinguible de ella (con el peligro de convertirse en un mero efecto especial completamente prescindible), conviene recordar que esta película ya había alcanzado ese objetivo, en un tiempo en que no había ordenadores y en que todo, absolutamente todo tenía que ser dibujado y coloreado a mano, tras haberlo planificado al detalle con anterioridad. Un trabajo duro, tedioso y enloquecedor al que se añadía con la dificultad de que el equipo al mando de la producción, el núcleo duro de Gainax, con nombres tan famosos como Hideaki Anno (el de Evangelion) eran en aquel entonces unos simples aficionados desconocidos que se iniciaban en el mundo de la animación comercial, y de los que nadie en su sano juicio hubiera esperado un producto de este calibre, al igual que nadie hubiera esperado que el grupo de outcasts que protagonizan la película fuera capaz de realizar el primer lanzamiento de un cohete tripulado en el mundo paralelo en el que transcurre la historia.
¿Exagero?
Ni por un instante. Esta película tiene algo que pocas películas de animación poseen. Se trata ni mas ni menos de un efecto muy habitual en el cine de acción real, pero casi imposible de realizar en las películas de animación, el conseguir que en la pantalla ocurran otras cosas distintas de la que es el foco de atención. Así sucede que para saborear esta película es necesario verla varias veces, para así poder desviar la atención de lo que ya conocemos y poder saborear de cada uno de los pequeños detalles, algunos de apenas unos segundo de animación con los que los animadores, jóvenes enamorados de su profesión por aquel entonces, la han rellenado, en una especie de juego secreto con los espectadores, similar al de los pintores de antaño.
Un detalle que como digo preña toda la película, al mostrarnos una ciudad y una civilización en completa ebullición, que no se nos explica, sino que se nos ofrece para que la descubramos, unos personajes donde cada gesto esta perfectamente pensado y expresado en la pantalla o una planificación que sabe armonizar los momentos más íntimos e introspectivos, con las escenas de acción más completa.
Una acción que no se nos muestra descerebrada, just for the fun, sino que en todo momento intenta explicarnos, con todo lujo de detalles, porque esas personas que vemos están fascinadas con la posibilidad del vuelo espacial, como es la secuencia en que se nos narra el primer vuelo de uno de ellos, señalando cada uno de los efectos físicos que tiene lugar en él, como si fuéramos nosotros los pasajeros, y pasando de una tierra cubierta por las nubes, con lloviznas intermitentes, donde el agua impide la visibilidad, a los cielos abiertos, azules y eternos.
O como es la escena final, o mejor dicho el primer final de los finales, en el que el despegue se realiza en medio de una batalla campal, por tierra y aire, ya que una potencia enemiga pretende apoderarse de la nave y de los resultados del proyecto. Una escena de una dificultad técnica increíble, que parece imposible de realizar sin ayuda de ordenadores, pero que se hizo así, con lápiz y papel, y donde los animadores consiguen los imposible, representar y hacer reales, casi como si los hubiera rodado una cámara, acciones de una complejidad inimaginable, como es un duelo aéreo real de varias decenas de aviones reales, sometidos a las leyes de la física y utilizando armamento real, lo que requiere una persona que conozca a la perfección las leyes implicadas y tenga la sensibilidad, el talento y la pericia para representarlo.
Algo que un ordenador haría ahora en un pis/pas, pero que entonces era como digo una tarea al alcance de unos pocos genios, como los que trabajaron en esta cinta.
Pero aún hay más, y como los buenos anfitriones, nos reservaban lo mejor para el final. Ya he dicho que la cinta tiene varios finales y tras la batalla campal y el lanzamiento, se nos narra la infancia del protagonista, enlazándola con un resumen completo de la historia de ese mundo, tan distinto al nuestro.
Una sección narrada en modo experimental, sin narrador ni explicaciones, con un dibujo completamente opuesto al normal del anime y al de la película y donde se van enlazando, superponiendo, mezclando, imagen tras imagen, bombardeando nuestros ojos y nuestro cerebro, sin darle tiempo a reaccionar, ni a procesar, ni por supuesto a entender lo que vemos, hasta que se hace la luz y nos maravillamos de lo que acaba de suceder.
jueves, 31 de julio de 2008
Overlord
















Ayer veía esta película por segunda vez en el intervalo de dos semanas y me servía para confirmar una opinión que se va transformando con el tiempo en certeza, lo vacía, insulsa y prescindible que es Saving Private Ryan, a pesar de que se consideré como el paradigma del cine bélico moderno, que parece que consiste en ensuciar el celuloide y llamar a eso realismo.
Una visión que está en las antípodas de la cinta de la que hablo, Overlord, y cuyo inicio he roto en fotogramas para encabezar esta entrada. Una película de 1975 que trata de los mismos acontecimientos que la obra de Spielberg, pero con unos presupuestos y unos resultados estéticos diametralmente opuestos.
En primer lugar, está el caso de la entidad promotora, ni más ni menos que el Imperial War Museum británico, que al contrario que la mayoría de los museos de la guerra, pretende ante todo guardar la memoria colectiva de los conflictos en los que se vio implicada Gran Bretaña en el siglo pasado. Voy a repetir una palabra, colectiva, porque trata de representar la experiencia de todas las personas anónimas, civiles y combatientes, que vivieron esos acontecimientos. Un enfoque, por tanto, contrario al de las batallas, campañas y glorias militares, y que lleva a que en el archivo de este museo y sus espacios expositivos, se dé primacía a la voz como digo, de la personas corrientes, en forma de cartas, diarios, testimonios, y sobre todo, del registro documental tomado sobre el terreno.
Un registro documental que iba a ser al principio, el único material de esta película, pensada como un documental puro que recogiese lo que supuso el desembarco de Normandía en su. 30 aniversario. Un proyecto que se transformo en una película mixta, compuesta por segmentos documentales y por escenas de ficción, ya que se vio la necesidad de dar voz a los soldados anónimos, de representar, como digo su experiencia y sus vivencias, y de rellenar los huecos que el celuloide tomado in situ no había captado.
Así tenemos una película cuando menos extraña, en el sentido de desusado y original, ya que la historia de ese soldado anónimo, representante de todos sus camaradas, se va ilustrando con las escenas documentales de la guerra, tomadas en los lugares de los hechos. Un enfoque que podría haber dado origen a un docudrama, pero que en este caso, consigue lo que no puede calificarse de otra manera que de obra mayor, puesto que las escenas documentales se muestran sin ningún comentario, obligando al espectador a reconstruir lo que está pasando, a salir del estrecho mundo cuartelario en el que vive el protagonista y darse cuenta de la enormidad de los acontecimientos en los que éste está sumido, de lo inexorable de su transcurso y de lo minúsculo que es él comparado con ellos.
Minúsculo y prescindible, sí, puesto que la vida militar de este soldado, instrucción tras instrucción, maniobras tras maniobras, traslado tras traslado, con alguna pequeña excursión de permiso, está narrada en tono menor, casi con desapego, reproduciendo el aburrimiento absoluto que supone la vida militar, punteada aquí y allá por alguna anécdota memorable y no tan memorable. Una monotonía, una rutina, en la que el individuo se va hundiendo hasta desaparecer, en la que se le arrebata todo lo que era, todo lo que había encontrado, hasta que ya no puede imaginarse fuera de ella.
Esta oposición, privado/público, documental/ficción, es precisamente otra de las grandes virtudes de la película. La enormidad de las imágenes que vemos, las masas humanas, el material aparentemente inagotable, el poder de las armas en acción, ejerce un efecto hipnótico, fascinante, realzado por la inusitada perfección técnica con la que están rodadas la mayoría de ellas (al contrario que el celuloide sucio y desmañado del cine actual), que te hace pensar en muchas ocasiones que esa es la realidad, es más, que lo estás viendo con tus propios ojos. Una fascinación, casi enamoramiento, por lo que se está presenciando, a pesar de su horror y brutalidad, que es compartida por los mismos soldados implicados en los sucesos, según nos cuenta la película, que ante ese despliegue de medios, ante esos hechos sobre los que no tienen remedios, sienten como van desapareciendo en ese torbellino y acaban por adoptar una especie de fatalismo, una aceptación de la propia muerte y la propia desaparición de tintes claramente ascéticos, casi místicos.
Una aceptación que se plasma en las visiones de la muerte, propia y de otros, que el protagonista tiene de forma recurrente. Un imaginarse como será la muerte propia que se convierte en un ejercicio intelectual, frío y disociado, y que culmina al final en una de la muertes más anticlimáticas de la historia del cine, puesto que nunca, ni nosotros ni el protagonista, llegaremos a poner el pie en las playas de Francia.
Una muerte absurda y sin sentido, estúpida a inútil, como suelen ser todas las muertes y más en tiempo de guerra.
De nuevo, todo lo contrario de la excusa argumental de Saving Private Ryan
miércoles, 30 de julio de 2008
Show me your face (y II)
Ya había hablado con anterioridad de la que puede ser la exposición de este año, con perdón de la Tesoros Sumergidos de Egipto abierta en el matadero madrileño.Me refiero por supuesto a la magnífica muestra El Retrato Renacentista, abierta en el museo del Prado. Una exposición donde se pueden encontrar autorretratos tan estupendos como el que muestro arriba, obra de Pontormo, del cual ya había hablado en alguna que otra ocasión. Un autorretrato que como muchas de las piezas allí exhibidas sirve para demoler nuestras falsas apreciaciones e iluminar todo el asunto con una luz nueva y renovada, la mirada de alguien que acaba de empezar a aprender y lo la de un persona que lleva ya decenios acudiendo a exposición tras exposición.
El caso es que Pontormo es un pintor al que le tengo especial cariño, desde un viaje a Florencia allá por el 95, en que hice un doble descubrimento, el suyo, para mí hasta entonces un nombre desconocido, y el del manierismo, que constituía la quintaesencia de todo lo que no debía ser la pintura.
A eso se llama caerse del caballo camino de Damasco. Porque para todo el que quisiera ver, el manierismo tenía muchos puntos de contacto con las artes del siglo XX, o dicho de otra manera, sólo tras la revolución absoluta en el ver y el sentir que supuso el siglo pasado, estábamos en disposición de entender a los artistas del siglo XVI. Ambos movimientos, el modernismo y el manierismo se enfrentaron a una situación de bloqueo artístico en que la propia perfección de las formas impedía su evolución, un cul-de-sac estético del que sólo se podía salir mediante la deformación de las normas y la invención de otras nuevas, misión en la que los vanguardistas del XX triunfaron, eclipsando todo lo anterior, pero que a los manieristas les valió el sambenito de ser malos pintores, o mucho peor, de ser, como digo, todo lo que no se debía hacer en pintura.
Por ello , es comprensible mi sorpresa, la de un aficionado aconstumbrado a las revoluciones pasadas, al descubrir los cuadros de Pontormo, al constatar como en sus creaciones la carne se disolvía en el color, como los personajes que poblaban sus telas parecían salidos de un ensueño, a la merced del mínimo soplo de aire que le hiciera desvanecerse sin remedio. De ahí también mi idea del Pontormo persona, como un carácter melancólico, atormentado por las dudas, siempre en una encrucijada.
Una idea contraria a la persona real, tan equivocada como la que yo tenía de Durero partiendo de la imagen que nos dan sus retratos, la de un hombre seguro de sí mismo, capaz de todo, pero que en realidad padecía horriblemente, según los testimonios contemporáneos, bajo esa enfermedad que los antiguos llamaban melancolía y nosotros hemos rebautizado como depresión. Unos testimonios contemporáneos que también nos muestran a Pontormo, al contrario de lo que yo creía, como un pintor combativo, luchador, dispuesto a llevar a cabo sus ideas contra viento y marea, sin miedo a los retos, y con un punto de megalomanía, como muestra su proyecto de frescos para la Iglesia de San Lorenzo en Florencia, desgraciadamente perdidos, pero con los que pensaba superar y derrotar al mismo Miguelángel.
Una personalidad que queda perfectamente simbolizada en el autorretrato con el que abro esta entrada, realizado mirándose en un espejo de cuerpo entero, en el que se muestra desafiante ante al mundo, señalando con el dedo al espejo en el que se mira y al dibujo que está trazando y a sí mismo, como pruebas de su bravura, de sus maestría y de su grandeza.
Al igual que cualquier artista mediático de ahora mismo, que sabe que no le basta con su arte, sino que tiene que exponer también su persona, provocando el escándalo y la polémica.
lunes, 28 de julio de 2008
Walking around in circles
Ich stellte mich recht lebhaft vor, wie hübsch ihre Wangen, und wie ihre körperliche Erscheinung mich mit ihren melodischen Weichheit bezauberte, wie ich vor einiger Zeit etwas fragte, wie sie im Zweifel und Unglauben die schönen Augen niedershlug, und daran, wie sie "nein" sagte, als ich sie fragte, 0b sie auf meine aufrichtige Liebe, Zuneigung, Hingabe und Zärtlichkeit glaube. Die Umstände hatten ihr befohlen, zu reisen, und sie war fortgegangen. Vielleicht würde ich sie boch rechtzeitig haben überzeugen können, das ich es gut mit ihr meine, das ihre liebenswürdige Person mir wichtig und das es mir aus vielen schönen Gründen daran gelegen sein,sie glücklich zu machen und damit mich selbst; aber ich gab mir keine Mühe mehr, und sie ging fort. Wozu dann die Blumen? "Sammelte ich Blumen, um sie auf meine Unglück zu legen" fraget ich mich, und die Strauss fiel mir aus der Hand. Ich hatte mich erhoben, um nach Hause zu gehen; denn es war schön spät, und alles war dunkel.
Robert Walser, der Spaziergang.
Me imaginé con gran viveza, que bellas eran sus mejillas y como me había embrujado su aparición física con su blandura melódica, como al poco tiempo la pregunte algo, como cerró los ojos con duda e incredidulidd y como me dijo que no, cuando la pregunté si creia en la firmeza de mi amor, de preferencia, de mi inclinación y mi ternura. Las circunstancias la obligaron a viajar y se había marchado. Quizás podría haberla convencido con tiempo de que yo la quería bien, de que su persona, digna de ser amada, era importante para mí, y que por múltiples y hermosas razones la haría afortunada yo con ella, pero no me esforcé y se marchó. ¿Para qué entonces las flores? "¿Es que recojo flores para depositarlas sobre mi infortunio?" me pregunte y el ramo se me cayó de la mano. Me había incorporado, para volver a casa, porque ya era tarde y todo estaba obscuro.
Hablaba ayer de mis excursiones a los lugares de mi infancia, y según publiqué la entrada, me di cuenta que en este último mes, el trayectos de casa al trabajo del trabajo a casa, había estado leyendo el cuento largo, una cien páginas, El paseo de Robert Walser, el eterno solitario errante, cuyo final he reproducido arriba, en traducción mía... y tengo que decir que cuanto más leo de ese escritor suizo de primero del siglo XX, más me siento fascinado por su pensamiento, no, eso es poco, cada vez me siento más identificado con él, con su forma de sentir y experimentar la vida, como si fuera un hermano mayor que me marca el camino y me advierte de los peligros, aunque yo no haya tenido el valor de seguir su ejemplo.
Yo también concibo, como él, el paseo como un placer irrenunciable, un goce físico y mental al mismo tiempo, puesto que es de los pocos ejercicios que te permite seguir pensando, sin que la violencia y la exigencia de esa actividad te distraiga del mundo que te rodea. De esa manera, al mismo tiempo que andas es posible admirar, dejarse fascinar y seducir por todo aquello que te encuentras en el camino, los paisajes, las vistas, las personas, sus variaciones a lo largo del día y la luz, e integrarlo en tus pensamientos, convertirlos en el mantillo espiritual que te permitirá seguir vivendo al día siguiente, que concederá la ilusión por volver a despertar, que te capacitará con las palabras y las frases necesarias para comunicarte con tus semejantes, para escribir estas anotaciones, estas aparentemente inútiles divagaciones.
Una actividad, la de vagar y divagar, que para Walser y para mí, es el pilar central de su personalidad, la que fundamente su trabajo, la que le permite rendir y brillar. Una necesidad sin la cual nos derrumbaríamos y que, incluso cuando todo se derrumbe a nuestro alrededor, como ocurrió con el suizo, como temo que ocurra conmigo, seguiremos manteniendo, porque no hacerlo así, será similar a estar muertos, será la auténtica muerte, de la que la otra no es más la confirmación.
Por ello, en este paseo de paseos que se narra en este asombroso cuento largo, Walser defiende bravamente su metodo de trabajo, el pasear largas horas para poder luego escribir encerrado en la alcoba, no frente a sus iguales, sino frente a los que podríamos creer sus contrarios, ni más ni menos que unos inspectores de aduanas, que quieren conocer cual es su oficio y dedicación, para así poder medir y calcular el impuesto de paso que deben aplicarlo. Una excusa que sirve al escritor para hacer una apología de su vida, de como su trabajo, como digo, no podría existir sin su vagabundeo, tan bien argumentado y tan bien demostrado, que los serios y estrictos funcionarios no pueden por menos que darle la razón y casi le extienden un certificado, lleno de sellos oficiales, para que le sirva de salvoconducto en el futuro.
Y esta es otra característica de este autor que me enamora. Otros vagabundos solitarios, o mejor dichos supuestos vagabundos solitarios, de esos que se hacen lenguas de estar On the Road, albergan en su interior un profundo rencor contra el mundo, desean en cierta manera, destruir y arrasar todo lo que no concuerde con ellos mismos, incluso, en la mayoría de las ocasiones, a ellos mismos. Nada de este odio, de esta amargura, de esta desesperación puede encontrarse en sus escritos, en tanto que se le respete, que se cumpla con él eso tan olvidado del Live and Let Live, todo los modos de vida son lícitos, todos son hermosos y encomiables, porque todos contribuyen a la variedad, a la riqueza del mundo por el que pasea Walser y de cuya belleza, tanto él como yo estamos enamorados.
Sólo en su pensamiento, y por supuesto en el mío, cabe un punto inextinguible de melancolía, el miedo a las ocasiones perdidas por nuestra propia culpa.
A todo eso que pudo ser y a lo que no supimos dar realidad, convertir en recuerdo y no en imaginación.
Robert Walser, der Spaziergang.
Me imaginé con gran viveza, que bellas eran sus mejillas y como me había embrujado su aparición física con su blandura melódica, como al poco tiempo la pregunte algo, como cerró los ojos con duda e incredidulidd y como me dijo que no, cuando la pregunté si creia en la firmeza de mi amor, de preferencia, de mi inclinación y mi ternura. Las circunstancias la obligaron a viajar y se había marchado. Quizás podría haberla convencido con tiempo de que yo la quería bien, de que su persona, digna de ser amada, era importante para mí, y que por múltiples y hermosas razones la haría afortunada yo con ella, pero no me esforcé y se marchó. ¿Para qué entonces las flores? "¿Es que recojo flores para depositarlas sobre mi infortunio?" me pregunte y el ramo se me cayó de la mano. Me había incorporado, para volver a casa, porque ya era tarde y todo estaba obscuro.
Hablaba ayer de mis excursiones a los lugares de mi infancia, y según publiqué la entrada, me di cuenta que en este último mes, el trayectos de casa al trabajo del trabajo a casa, había estado leyendo el cuento largo, una cien páginas, El paseo de Robert Walser, el eterno solitario errante, cuyo final he reproducido arriba, en traducción mía... y tengo que decir que cuanto más leo de ese escritor suizo de primero del siglo XX, más me siento fascinado por su pensamiento, no, eso es poco, cada vez me siento más identificado con él, con su forma de sentir y experimentar la vida, como si fuera un hermano mayor que me marca el camino y me advierte de los peligros, aunque yo no haya tenido el valor de seguir su ejemplo.
Yo también concibo, como él, el paseo como un placer irrenunciable, un goce físico y mental al mismo tiempo, puesto que es de los pocos ejercicios que te permite seguir pensando, sin que la violencia y la exigencia de esa actividad te distraiga del mundo que te rodea. De esa manera, al mismo tiempo que andas es posible admirar, dejarse fascinar y seducir por todo aquello que te encuentras en el camino, los paisajes, las vistas, las personas, sus variaciones a lo largo del día y la luz, e integrarlo en tus pensamientos, convertirlos en el mantillo espiritual que te permitirá seguir vivendo al día siguiente, que concederá la ilusión por volver a despertar, que te capacitará con las palabras y las frases necesarias para comunicarte con tus semejantes, para escribir estas anotaciones, estas aparentemente inútiles divagaciones.
Una actividad, la de vagar y divagar, que para Walser y para mí, es el pilar central de su personalidad, la que fundamente su trabajo, la que le permite rendir y brillar. Una necesidad sin la cual nos derrumbaríamos y que, incluso cuando todo se derrumbe a nuestro alrededor, como ocurrió con el suizo, como temo que ocurra conmigo, seguiremos manteniendo, porque no hacerlo así, será similar a estar muertos, será la auténtica muerte, de la que la otra no es más la confirmación.
Por ello, en este paseo de paseos que se narra en este asombroso cuento largo, Walser defiende bravamente su metodo de trabajo, el pasear largas horas para poder luego escribir encerrado en la alcoba, no frente a sus iguales, sino frente a los que podríamos creer sus contrarios, ni más ni menos que unos inspectores de aduanas, que quieren conocer cual es su oficio y dedicación, para así poder medir y calcular el impuesto de paso que deben aplicarlo. Una excusa que sirve al escritor para hacer una apología de su vida, de como su trabajo, como digo, no podría existir sin su vagabundeo, tan bien argumentado y tan bien demostrado, que los serios y estrictos funcionarios no pueden por menos que darle la razón y casi le extienden un certificado, lleno de sellos oficiales, para que le sirva de salvoconducto en el futuro.
Y esta es otra característica de este autor que me enamora. Otros vagabundos solitarios, o mejor dichos supuestos vagabundos solitarios, de esos que se hacen lenguas de estar On the Road, albergan en su interior un profundo rencor contra el mundo, desean en cierta manera, destruir y arrasar todo lo que no concuerde con ellos mismos, incluso, en la mayoría de las ocasiones, a ellos mismos. Nada de este odio, de esta amargura, de esta desesperación puede encontrarse en sus escritos, en tanto que se le respete, que se cumpla con él eso tan olvidado del Live and Let Live, todo los modos de vida son lícitos, todos son hermosos y encomiables, porque todos contribuyen a la variedad, a la riqueza del mundo por el que pasea Walser y de cuya belleza, tanto él como yo estamos enamorados.
Sólo en su pensamiento, y por supuesto en el mío, cabe un punto inextinguible de melancolía, el miedo a las ocasiones perdidas por nuestra propia culpa.
A todo eso que pudo ser y a lo que no supimos dar realidad, convertir en recuerdo y no en imaginación.
domingo, 27 de julio de 2008
Hieroglyphs in the Sky

El año pasado, más o menos por estas fechas, comentaba de mi visita a los lugares de la Sierra de Madrid a los que mi padre me llevaba cuando niño, concretamente, al puerto de Canencia, a unos 1500 metros de altura, más o menos.
Haces unos días, el jueves de la semana que hoy acaba, he vuelto a subir hasta allí, y me he encontrado con el cercado que me cerraba el paso a los prados de mi infancia, sólo que esta vez tenía yo el ánimo más de explorador y rodeando, rodeando he descubierto que es posible llegar a los lugares de mi memoria.
Para el que no lo conozca se pueda hacer una idea, la cosa es que una vez coronado el puerto según se viene de Madrid. se atraviesa un enorme pinar, de árboles rectos y gigantescos, la carretera sigue más o menos llana durante un buen tramo antes de empezar a descender al valle del Lozoya. El final de esa mesetilla es una curva donde mi padre dejaba el coche y donde se abría, al otro lado de la carretera, la entrada a los prados, protegidos de la vista desde la carretera, por una delgada pantalla de árboles.
Los prados estaban divididos en dos, uno grande que ocupaba un colina a la que había que subir desde la carretera, y uno pequeño, al que se llegaba tras descender de esta elevación y que estaba como recogido en un pequeño fuerte natural, puesto que el bosque hacía como una estrechura, dejando únicamente un estrecho paso, para llegar a ese prado pequeño, recogido y oculto, a salvo de todas las miradas (y mi padre, aún más celoso de su intimidad, era capaz de llegar a un tercer abrigo, un miniclaro en medio del bosque, que ¡ay! no he podido localizar.
El caso es que el cercado lo único que hace es cerrar el paso al prado grande, extendiéndose desde la cortina de árboles que bordea la carretera a los arbustos que anuncian el bosque que desciende al Lozoya, pero si uno sigue la carretera y más o menos adivina el lugar donde está la entalladura del prado pequeño, puede llegar hasta él, siguiendo su lindero, puesto que esa entalladura, esa extensión del bosque que cierra la entrada del prado pequeño y lo separa del grande, no es más que un arroyo, seco en estos tiempos de verano.
Así caminando sobre las piedras, saltando sobre troncos de árboles muertos, llegué, radiante de alegría al centro mismo del prado pequeño, casi irreconocible tras tantos años transcurridos, pero el lugar amado de mi infancia nuevamente restituido.
Y ahí estaba la pared infranqueable del bosque, helechos, arbustos, pinos altísimos...
..pero tan seductora y atrayentes, que nos hacía, a mi hermana y a mí, acercarnos al lindero y soñar con perdernos en sus sombras, con explorarlos y cartografíarlos.Porque en las alturas se vislumbraban nuevos claros, nuevos lugares secretos, nunca visitados, o al menos así lo suponíamos, pero extrañamente llenos de promesas y tesoros...

...aunque estas sólo fueran, el orgullo de llegar hasta ellos, de haberlos conquistados, de admirar el cielo azul infinito, los bosques eternos...

que nos rodeaban por todas partes, separándonos de la civilización, borrando su existencia por un breve instante...

Aún quedaba lo mejor por llegar, puesto que tras este descubrimiento, tras este llegar como digo a mis lugares de la infancia, para que su visión me abriera el arcón de los recuerdos y me embriagaran los aromas allí almacenados durante años, mezclados y decantados hasta convertirse en uno solo, descubrí que podía desandar mis pasos y llegar hasta el prado grande, pues el cercado era sólo una barrera y no lo ocupada por completo, sólo te impedía llegar, ver, intuir los tesoros que tras él se guardaban, me encontré con este enorme árbol solitario...

...del cual despegaron, en medio de un estrépito de graznidos, unos cuervos no menos gigantescos, casi venidos de alguna época de la que los hombres no tiene recuerdos.
Así de esta manera, volví a Madrid lleno de melancolía, deseando encontrar el resto de lugares de mi infancia, aunque de algunos haya olvidado hasta el nombre, aunque no la luz tamizada de sus bosques, y de otros sepa que no seré capaz de encontrar el camino, o aunque lo encuentre, habrán sido borrados por el tiempo o la mano de los hombres.
¡Pero qué más da! Si me hubiera quedado en casa, encerrado, si no hubiera decidido rodear el cercado, no habría encontrado mis dos prados.
¡!Adelante pues! ¡Hacia el pasado!
jueves, 24 de julio de 2008
Daydreaming






Dado que esta temporada está siendo bastante aburrida, me está dando tiempo para recuperar del baúl series que había dejado de lado en su momento, bien por no considerarlas importantes, por no disponer del slot en que encajarlas o simplemente por mera vaguería.
Una de estas series es/era Windy Tales, que ya sería importante por su estilo de dibujo, tan abocetado y casi acuarelista, distinto, por tanto, al 99% de los animes que se pueden ver. Una excepción en su momento y que no ha vuelto a repetirse, quizás porque no tuvo ninguna repercusión, ya que los que suelen ver anime no son muy amigos de la experimentación, y los que lo son no son aficionados a esas cosas de los dibujitos.
Sin embargo, esta serie no es sólo importante por el estilo de dibujo, destaca también porque a pesar de sus elementos fantásticos, la existencia de unos manipuladores de los vientos que los controlan a su voluntad, el enfoque de la serie es representar las vivencias más sencillas y cotidianas, casi banales e intrascendentes, de estas personas, niños y adultos, que han adquirido esta gente.
Unas vivencias que, por el modo en que están narradas, son mucho más mágicas y extraordinarias que las mismas artes mágicas que suponen la excusa de la serie... o mejor dicho su MacGuffin.
Un ejemplo es el ilustrado arriba, perteneciente al episodio 5, donde una de las protagonistas, retirada al botiquín del colegio por tener un poco de fiebre, sufre una alucinación y se ve trasladada a la península Malaya, como si la realidad hubiera sido abolida.
Un ensueño cuyo detonante son las palabras de uno de los profesores, supuesto viajero y aventurero, que describe con absoluta precisión y todo lujo de detalles, esos que sólo puede conocer el que realmente ha estado en un lugar y ha vivido sobre el terreno, sus andanzas por esa región, tan exóticas para los japoneses como lo puedan ser para nosotros.
Una sugestión, casi un trance, que se consigue solamente con las palabras, con el tono reposado, con, como digo, la acumulación de detalles físicos, sensoriales, el calor, la sed, los sonidos, los colores, que llevan a nuestra protagonista a despertar en un mundo nuevo y renovado, completamente imaginario, pero al mismo tiempo, completamente real.
Que tanto a ella como a mí, nos hace desear ardientemente tomar el petate y marcharnos a recorrer mundo, como los auténticos viajeros, sin destino , ni plazo, sabiendo que el auténtico viaje es el camino y que el final llega, cuando el deseo de vagabundear es substituido por el ansía del hogar.
Un deseo que para ella es completamente nuevo, la primera vez que nunca se olvida, la que abre el mundo como un plano que se despliega para desvelar sus secretos, pero que para mí es una sensación vieja y apolillada, desusada y casi olvidada, pero que me hiere en todo mi ser.
Por conectarme repentinamente con quien fui, con la persona joven que, como esa niña, soñaba con lo que el mundo habría de traerle y revelarle, con todo lo que estaba por hacer, sin estrenar... pero que ahora sabe que cualquier actividad que emprenda puede ser realizada por última vez, o se quedará para siempre guardado en los arcones de lo nunca vivido, aunque repetidamente soñado.
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