domingo, 20 de enero de 2008

False Simplicity

Sería demasiado sencillo criticar a un estudio como Kyoto Animation. Peor aún, sería completamente injusto.

Es cierto que, para los gustos de nuestra sociedad actual, los temas que adaptan pueden parecer demasiado blandos, como es el caso de Clannad, basado en un erogame (o juego erótico) donde se hace un fortísimo hincapié en el romance, las relaciones humanas y otras cosas que podría pensarse están fuera de lugar, dado el objetivo final del asunto.

Sin embargo, hacer una crítica de las producciones de KiotoAnimation basada en la opinión que se tiene de los contenidos que prefieren (y la mía a lo mejor sería tan criticable como su elecciones temáticas), sería como digo completamente injusto. Si algo ha demostrado este estudio, y Suzumiya Haruhi no Yuutsu,sería el mejor ejemplo, por haber sido la producción que les puso en el mapa, es que su animación es de primera clase, hasta el extremo de avergonzar al resto de los estudios. Casi podría tildárseles de antianime, puesto que su estilo es fluido, dinámico y lleno de detalles. Tan natural y tan simple, que el espectador corre el peligro de no de reparar en la maestría y el cariño con que todo ha sido construido, y de perderse lo que ocurre alrededor del foco de atención, tan importante o más que éste, requiriendo, por tanto, varios visionados para poder apreciarlo.

Así me estaba ocurriendo a mí hasta el episodio 11 de Clannad. El fondo me distraía de la forma y era incapaz de disfrutarlo. Sólo ahora, para mi alivio, he podido darme cuenta que Kyoto Animation no ha perdido su magia.

El problema para mí, a la hora de escribir esta entrada, es que la propia bondad de la animación de este estudio, su ajaponesidad, es que es imposible reflejarla en una una serie de capturas, Su estilo está tan basado en el movimiento, que se necesita verse, con su timing correcto, para poder ser apreciado. Sin embargo, cuando quieren, son capaces de demostrar que dominan perfectamente el estilo habitual, el de la cuasi presentación de transparencias o animated radio que diría Chuck M. Jones.

Como es el caso de esta velada declaración de amor (de la chica al chico) donde la mirada se pierde explorando, en los alrededores, traicinando el temor y la duda, hasta repentinamente bajar a la red.

Una secuencia que he querido presentar sin subtítulos, para que se aprecie mejor el trabajo formal.










O este simple plano, donde una situación normal se torna exageradamente lírica, con el riesgo de perder al público, de que este se lo deje de creer, pero que se atempera, paradójicamente, haciendo que las palabras pronunciadas por la chica no tengan ningún significado, al menos para nosotros, apilando misterio sobre misterio y derrotando la inverosimilitud, con la inverosimilitud.



Anteayer, vi una liebre. Ayer, vi un ciervo. Hoy, te he visto a tí.

jueves, 17 de enero de 2008

Hard Realisations

Estoy leyendo durante estos últimos días The Golden Notebook de Doris Lessing, simplemente por una mala costumbre mía, que podría casi calificarse de snobismo, y que consiste en leerse algo del premio Nóbel anual a ver a que sabe (y debo decir que excepto Ulrike Jelinek, que no conseguí pillarle el punto, o Naipaul y Pinter, a los que aún no he leído, no me han defraudado ninguno de los recientes).

Por supuesto, tendré que escribir al menos una entrada sobre esa novela fascinante, y si no lo he hecho aún, es simplemente porque mi idea de la escritora, la novela y sus intenciones cambia cada día, algo que me hace comprender el durísimo prefacio que encabeza la edición de 1972, y en el que arremete violentamente contra el modo de entender la cultura y la crítica de este en su tiempo... un tiempo que, extrañamente, no me parece tan lejano como nos gusta pretender, ya que los modos y las maneras que ella describe son perfectamente reconocibles ahora mismo.

Sin embargo, lo que ha servido de germen a esta entrada es una curiosa frase de Lessing, que como me suele ocurrir, no anoté en su momento, ahora no puedo volver a encontrar y que me veo obligado a citar de memoria. La frase, tal y como me parece que era, venía a decir algo así como que "hay mujeres a las que les gusta que sus parejas abusen de ellas". Una extraña realisation si reparamos en que surge de la pluma de una feminista y que parece contradecir las tesis que ella misma defiende, tesis que yo comparto, al menos tal y como se expresan en esta novela (y debo decir que he estado a punto de añadir a pesar de mi sexo, si no fuera porque eso va también en contra de mi ideario, que intenta evitar asignar rasgos del carácter según el sexo que se tenga)

¿Paradoja? Peor que una paradoja, puesto que las auténticas paradojas son las que, al remover nuestras estructuras mentales, nos ayudan a replantearnos los los problemas y por tanto a buscar nuevas soluciones, mientras que en esta hay algo de aterrador, de retroceso, si se me permite.

Y lo de aterrador se refiere, entre otras impresiones que iré desgranando poco a poco, a que esta idea la he encontrado en muchas ocasiones, expresada de forma clara y brutal, intentando herir al lector, o disfrazada y sublimada, denotando la sorpresa y el miedo del propio artista al encontrarla de repente en su interior. Curiosamente, quien ha expresado la frase de Lessing casi con las mismas palabras, no ha sido otro que Robert Crumb, un autor que se encuentra en las antípodas ideológicas de Lessing, al menos en lo que podríamos llamar sexpolitics, y que no tiene reparos en ilustrar gráficamente las consecuencias de esta realisation, concretamente como no dudo en aprovecharlo para sus propios fines.

Una expresión de la sexualidad, cruel y despiadada, que se ha convertido en un lugar común de la cultura popular, donde las películas eróticas de renombre como pudieran ser El último Tango en París o 9 semanas y media, por nombrar dos títulos míticos, responden a un mismo y único patrón, el del señor que se dedica a realizar todo tipo de brutalidades sobre una señora, mientras lo acepta de buen grado. Una forma de expresarse artísticamente que no debería levantar ninguna polémica, entiéndase bien lo que digo, puesto que la vida es lo suficientemente dura, agria y despiadada como para que esas situaciones ocurran y por tanto puedan y deban ser representadas. El problema radica en otra parte, en como la sociedad acepta esos productos artísticos como su ideal, de forma que violencia y sexo se convierten en inseparables e inevitables, algo de lo que no se puede huir en esas situaciones y que acabará por suceder más tarde o más temprano.

Un malestar moderno, que es evidente para todo aquel que quiera mirar, y que para mí supuso una especie de shock, al comprobar, en los foros de internet, como había bastantes mujeres que calificaban de actos de amor lo que para mí rayaba en la violación, y sobre todo, como defendían violentamente su postura... casi como si el feminismo no hubiera existido o, peor aún, admitiese excepciones y componendas, a gusto del consumidor.

Otros autores no llegan a esos extremos de brutalidad en la expresión, simplemente porque su ideario es muy otro, más humanista, más delicado y sensible se podría decir, si no fuera por lo desprestigiadas que están esas palabras. Tal es el caso de Coetzee y Musil, dos autores que, sin embargo coinciden en una idea fundamental, no muy alejada de la señalada por Lessing, como en todo acto sexual, hay un poso irreductible de violencia, un ansia de humillación y de posesión, que aniquila cualquier fantasía de amor, cariño, respeto con el que lo hubiéramos emprendido.

Una realisation final que expresa mejor que nada, el miedo, el horror, el disgusto que la frase de Lessing me produce. La posibilidad de que, llegado el momento, descubierta esa vía hacia la crueldad, me embarcara sin dudarlo en ella, negando todas mis ideas y convicciones, dando la razón, con mi ejemplo, a los que estimo mis enemigos ideológicos.

lunes, 14 de enero de 2008

Out of the sands

..pero el poder, el castigo y la gran ira ardiente a manos de todos los Ángeles de la Destrucción hacia aquellos que huyen y aborrecen los Preceptos. Porque no quedará de ellos restos ni supervivientes. Porque desde el principio, Dios no les eligió, porque Él supo de sus acciones antes de que fueran creados y Él odió a sus generaciones y Él hurtó Su faz de Su tierra hasta que fueran consumidos. Porque Él supo el año de su llegada y de la exacta duración de su tiempo durante todas las eras venideras y toda la eternidad. Y Él Supo de los sucesos de sus tiempos durante años perpetuos.... y Él condujo a la perdición a aquellos a quienes odió.

Manuscritos del Mar Muerto, El Documento de Damasco, Columna II, lineas 1 al15


No creo que haya alguien que no haya oído hablar de los manuscritos del mar Muerto. No tanto por su importancia histórica, fundamentales para la historia de las religiones, si no por el circo esotérico que se ha montado en torno a sus contenidos, puesto que se ha llegado a hablar de conspiraciones para mantener en secreto unas profecías que desvelaban el fin del mundo y/o destruían el cristianismo tal y como lo conocemos. Unas leyendas y rumores sin ningún fundamento y que sólo alcanzaron cierto crédito por el secretismo con que el equipo investigador desarrollaba su trabajo. Un secretismo que llegó al extremo de no querer hacer pública la lista de documentos descubiertos, y que sólo se debía a desidia y falta de interés, como muestra el hecho de que una vez nombrado un nuevo equipo en los 90, en apenas cinco años se publicaran estos documentos casi en su totalidad.

Como es el caso de la edición que estoy leyendo ahora, una traducción de estos documentos al ingles, partiendo de las fuentes originales, con una magnífica introducción, tanto sobre la historia del descubrimiento de estos documentos, como de la comunidad que nos los legase; y también con todos los problemas que un hallazgo arqueológico de este tipo presenta, que el hecho de trabajar con fragmentos dispares de un mismo documento, obliga a que cualquier reconstrucción sea un compuesto de diferentes fuentes, con sus correspondientes interpolaciones para dar algún sentido al todo. Una tarea que siempre es tentativa, exploratoria, y que por tanto tiene que estar apoyada por argumentos muy sólidos y que por esa misma naturaleza fragmentaria está perpetuamente sometida a crítica y revisión... sin contar claro está, con que los diferentes fragmentos pueden pertenecer a diferentes versiones/variantes del documento y esa variedad tiene que ser conservada en la reconstrucción, puesto que un pequeño matiz puede modificar toda la compresión del mismo.

Aunque los documentos son fascinantes por muchos motivos, hay dos que me gustaría destacar aquí, por una parte, la relación con fuentes externas, sea clásicas o cristianas, y por otra, por decirlo de alguna manera, la visión que nos da sobre el fanatismo. Una idea que nunca, hasta leer los documentos, se me habría ocurrido asociar con los esenios y Qumrán.

En efecto, según coinciden la mayoría de expertos, la comunidad que se refugió en Qumrán y que oculto sus libros sagrados en las cuevas próximas al mar muerto, eran ni más ni menos que unos viejos conocidos de los estudiosos de la antigüedad, los Esenios, descritos por Plinio y Flavio Josefo, más o menos en la misma época, en el último cuarto del siglo I, pero que existían desde mucho antes, desde el siglo II a.C, cuando los hebreos iniciaron una guerra civil y de liberación contra los soberanos seleúcidas, representantes del helenismo en Asia y contra los judíos que se habían dejado seducir por la cultura griega y abandonado la suya. Una guerra contra el enemigo externo e interno, liderada por la familia de los Macabeos, que fue al mismo tiempo civil y de independencia, política y religiosa, y que por tanto, llevó a intentar el exterminio físico de los del otro bando, especialmente de los judíos rebeldes y traidores, y que condujo al establecimiento de una teocracia hebrea en Palestina... y al nacimiento de un judaísmo que veía a Dios protegiendo sus ejércitos, algo que sería crucial en la catastrófica rebelión contra los romanos del año 70 y que desencadenaría la diáspora hebrea por todo el mundo.

En este mundo de opuesto, judios contra gentiles, y dentro de los judíos, filisteos, saduceos y zelotas unos contra otros, los esenios eran una facción más, un grupo aislado y convencido de su justicia y su victoria final, pero, curiosamente, un grupo con muy buena prensa según coinciden los testimonios externos, Plinio y Josefo, que nos han llegado. Un grupo que destaca por su pureza, su férrea adhesión a sus principios, su bondad proverbial y por su desapego de los bienes y glorias de este mundo. Casi como unos cristianos antes de tiempo, una interpretación que ha enturbiado durante mucho tiempo la visión y la interpretación de estos esenios.

En efecto, se ha hablado mucho de las relaciones del cristianismo y del esenismo, subrayándose las semejanzas entre el mítico maestro de justicia que fundara la comunidad esenia y la figura de Cristo, e incluso se aventuró que algunos fragmentos en griego de los manuscritos no eran sino versiones de los evangelios, como si los esenios y los cristianos fueran la misma cosa. Algo que tiene parte de verdad pero que es absolutamente falso.

¿Porque digo que es falso? Basta con pensar en la relación entre los esenios descritos por Plinio y Josefo, con los esenios que nos descubren los manuscritos. Se parecen mucho, pero al mismo tiempo hay graves omisiones y divergencias, las que esperaríamos de alguien que describe algo que no entiende completamente, el caso de Plinio, o al que la comunidad estudiada le oculta información, como le debió ocurrir al fariseo Josefo con los Esenios. De la misma manera, el cristianismo, el judaísmo rabínico que se desarrollo en la misma época y la mismo tiempo que el cristianismo, y el esenismo tienen todos un aire de familia. Cualquier cristiano, o simplemente cualquiera persona acostumbrada a leer la biblia, descubrirá un aire de familia en los manuscritos del mar muerto. Todos comparten el mismo estilo seco y sentencioso, parten de un mismo substrato cultural, el judaísmo del segundo templo, y se escriben en aproximadamente la misma época. de manera que las imágenes y los conceptos no pueden por menos que repetirse. Así, por ejemplo, muchos pasajes de los manuscritos parecen calcados del apocalipsis de San Juan (estrictamente sería al revés, pero sirve para señalar esas fuentes comunes de las que todos beben)

Pero ahí se acaban las coincidencias. Lo que es sorprendente, y para mí ha constituido una especie de shock, es como estos manuscritos del mar muerto se ocupan de demoler la buena prensa de los esenios y los convierten en unos fanáticos religiosos. El judaísmo del segundo Templo era ya bastante excluyente, producto de esa doble guerra contra el helenismo exterior y los judíos seducidos por la cultura griega. Una religión cuyo objetivo primero era purificar al pueblo de todo que no fuera tradición judía y rechazaba todo lo exterior, nuevo o simplemente distinto.

En el caso de los esenios esta ansia por la pureza se radicaliza aún más. Ellos son una escisión de una religión ya estricta, con lo cual se tornan aún más estrictos. No les basta con aplicar las leyes de la Torah, quieren ir más allá, legislando sobre cualquier punto obscuro y por supuesto tomando la vía más radical. Un extremismo que se refleja también en los castigos aplicados a los transgresores, que por la más mínima falta, son apartados de la comunidad por años enteros, negándoles la comida y la bebida, e incluso apartados a perpetuidad si reinciden, sin posibilidad de ser aceptados de nuevos, y con la amenaza de un castigo similar a todo el que les ayude.

Un fanatismo y un radicalismo que penetra toda la concepción que tienen de sí mismo. En efecto, ellos se ven como un grupo pequeño, reducido, mínimo, los únicos puros en un mundo diabólico. Gentes de continuo amenazados por los poderes del mal y en perpetua guerra contra él, en un mundo del que Dios había apartado el rostro. Una situación de la que serán salvados tras una guerra apocalíptica de cuarenta años de duración, en la que los esenios combatirán al mundo entero, enviado a Qumrán para aplastar a las fuerzas de la luz, y en la que el poder de Dios dará la victoria a los esenios y exterminará sin compasión al resto de la paz, tras lo cual reinará el paraíso y la felicidad eterna, pero sólo para esos muy pocos, apenas unos miles entre millones, que nunca cedieron en su fe.

Una concepción, propia de fanáticos e intolerantes y que, debido a ese substrato común que todas las variantes judeocristianas compartieron en su origen, aparecerá una y otra vez en la historia del cristianismo, como una maldición, un pecado original, que le llevase a negar una y otra vez su esencia, esa de la igualdad y la universalidad.

Para terminar, curiosamente, en el año 70, cuando los judíos se rebelasen contra los romanos, tendría lugar ese apocalipsis con el que soñaban los esenios, las fuerzas del mundo, las poderosas legiones romanas, reclutadas en todo el Imperio, atacaron Qumrán, antes de emprender el asedio de Jerusalén.

Ningún ejército divino vino a socorrer a los puros.

sábado, 12 de enero de 2008

Ars Longa, Vitra Brevis








y lo más curioso de esta humilde escena de una serie no menos hunilde, SketchBook, full colours, es que son dos pintoras los que enseñan a una fotografa las limitaciones de su arte, o mejor dicho le descubren nuevas perspectivas en las que nunca antes había reparado, en concreto como el artificio del arte puede crear colores y formas que no existen en la realidad.

...y que fuera esta misma fotógrafa la que enseñara a una tercera pintora como la instantánea le permitía recoger en un solo instante el momento fugaz que ella perseguía inutilmente, para así, en la tranquilidad de su estudio reflexionar sobre él y transmutarlo...

..cosas de las fructíferas fertilizaciones entre artes aparentemente enemigas y contrarias, que se dice...

jueves, 10 de enero de 2008

Another mistake

Por fin, a primeros de enero, me atreví a acercarme a la famosa ampliación del Prado y a las exposiciones con que se ha acompañado su inauguración.

Y no sé si se me entenderá bien, pero me he sentido bastante defraudado.

Hablando de la mayor pinacoteca de España, que no del la del mundo, por mucho que nos pese (lo sería, sin embargo, si Felipe IV no hubiera vendido la mitad más profana de su colección, porque no se ajustaba a la seriedad y austeridad del imperio, y si otra buena parte no se hubiera quemado en el incendio del Alcázar de Madrid) mi crítica puede resultar chocante, propia de alguien que no sabe lo que se dice, retrógrada, intentando defender la visión de una zona y un edificio que ha cambiado muy a menudo en su corta existencia, o simplemente malintencionada, ya se sabe, un nuevo intento por hacer política en un sentido u otro, agarrándose a cualquier cosa.

Es imposible negar la necesidad de acometer una reforma en profundidad del Prado. Así lo exigían el hecho de no tener un espacio propio de exposiciones (lo tuvo, hace muchos años en el palacio que ocupa ahora la Thyssen), el limbo en que se encontraba el Casón, primero okupado por el Guernica y luego en obra eterna, a la que nunca se vía el fin, o las perennes reformas parciales que nunca resolvía nada y que solo servían para mover los cuadros de un sitio para otro, mareando al visitante, que nunca sabía que iba a ver o si lo que quería ver estaría allí o no.

Una serie de circunstancias que exigían una reforma en profundidad y que para mí han plasmado en un nuevo fracaso.

En primer lugar, porque aún, tres meses tras la apertura a bombo y platillo del nuevo Prado, no se sabe como va a quedar estructurada definitivamente la colección y dado que las edificaciones bajo los Jerónimos estarán dedicadas a exposiciones temporales y los cuadros del Casón estarán albergados en el edificio Villanueva, que no ha aumentado su espacio, hace temer que aún se verá menos colección que la que se podía ver hasta ahora.

Además, a pesar de lo racionalmente que ha sido planificada la ampliación de los Jerónimos, pensando en la comodidad del visitante, el resultado final se resiente de un pequeño fallo, en que el que parece extraño que nadie haya reparado... que El edificio Villanueva no estaba concebido para tener un edificio en su trasera. Todo su estructura está pensada para que el visitante entre por el norte, el oeste y el sur y vaya luego perdiéndose por las salas laterales, mientras que el lado Oeste quedaba sin acceso, medio enterrado por la colina del Retiro. Nadie podía haber pensado que allí habría un edificio, ni que el nuevo diseño tuviera allí una de las entradas principales.

¿El resultado? Que cuando se pasa del Edificio Villanueva a los Jerónimos o viceversa, el visitante tiene que perderse por una serie de pasillos laterales estrechos, que como digo, estaban pensado para albergar parte de la colección y dar paso a un flujo reducido de gente, no a un continuo trasiego de personas queriendo cruzar de un sitio a otro. Así ocurre que el visitante acaba confuso y perdido, sin saber a donde dirigirse y, lo más importante, se ha perdido otra parte del espacio expositivo, que como digo, no es que sobre

Pero la cosa aún puede ser peor, puesto que los arquitectos de la reforma a pesar de este desliz, casi inevitable, pero que a lo mejor podría haber sido resuelto con mayor elegancia, hay cometido lo que podría clasificarse como delito de lesa majestad. Ni mas ni menos que negar la estructura interna de un edificio, en este caso el de Villanueva, haciendo algo parecido, a descoser un abrigo, darle la vuelta a la tela y volver a coserlo.

En efecto, El edificio Villanueva está concebido de manera que su eje principal es Norte-Sur, alrededor de una gran galería, interrumpida y terminada por rotondas, a cuyos lados se abren las salas laterales. Con está concepción, era muy fácil moverse por el museo. Bastaba con llegar a la galería principal, seguirla hasta donde conviniese y desviarse a la sala lateral que se quisiera visitar.

Este esquema ha sido roto. Al reabrir la entrada Oeste y al convertir la rotonda en que se abría en un centro de recepción, es imposible recorrer la galería principal de norte a sur, ha que desviarse a las salas y pasillos laterales, que además coinciden con los pasillos utilizados para cruzar a la ampliación de los Jerónimos. Una chapuza que lleva a que el visitante se confunda, acabe en los servicios, o simplemente a que se encuentre con un atasco de gente que tampoco tiene a donde ir.

Sin contar el absurdo de que las taquillas estén en la antigua entrada norte, y las nuevas entradas están en los lados este y oeste, con lo que el visitante debe realizar dos colas, una inmensa para sacar las entradas, puesto que en vez haber de tres puntos para realizarlo, ahora sólo hay uno, y otra para entrar propiamente, debida principalmente a las cada vez más estrictas medidas de seguridad.

martes, 8 de enero de 2008

A little white cat (y 4)

En estos días he intercalado aquí y allá apuntes e impresiones sobre el tercer tomo de Archipielago Gulag de Soljenitisin que se ha publicado recientemente (y quien quiera leerlas no tiene más que seguir las miguitas, digo los enlaces). Una serie de entradas con un nombre común, un gatito blanco, que voluntariamente he dejado sin explicar.

Reservando ésta para la última anotación de la serie.

El caso es que si hubiera que señalar un tema, que caracterizase a este tercer tomo, esté sería el de la rebeldía, el como aquellos hombres arrojados al infierno, convertidos en auténticos muertos vivientes, se reinventaron, se resucitaron, debería decirse más bien, mediante la rebeldía, ya fuera manteniéndose en la religión que pretendían hacerles abandonar, conservando en secreto una vida intelectual activa e independiente, intentando la fuga una y otra vez, aunque esta fuera casi imposible, o simplemente amotinándose, aún sabiendo que el resultado era la muerte, bien inmediata en el caos que siguiera al aplastamiento de la rebelión, o lenta tras ver alargadas sus condenas.

Cualquier valía, siempre que supusiese lanzar un reto a sus guardianes, al sistema que les había encarcelado, a la ideología que les mantenían presos.

Unas páginas en las que la descripción de estas vías individuales de rebelión se convierte en embriagadora, en ejemplar, en el sentido no ya de servir de norma a tu vida, sino de ayudarte a vivirla, puesto que si aquellos hombres, iguales a cualquiera de nosotros, fueron capaces de recuperar su dignidad en esas circunstancias, qué no deberíamos ser capaces de hacer nosotros, los niños mimados del destino.

¿Y que tiene que ver esto con el gatito blanco? Simplemente que en el se esconde uno de los grandes dilemas morales de la historia ejemplar que Soljenitsin nos cuenta. Dilema moral, no entendido como piedra de toque que nos muestre lo que hay que hacer o lo que no hay que hacer, sino como ejemplo de que fácil es elegir un camino u otro, perderse o no, de como en todo momento tomamos innumerables decisiones, sin percatarnos de como modelan nuestra vida, de como la determinan y la fuerzan a seguir un camino. Una ruta que al final toma vida propia y ya no es posible abandonar por mucho que se quiera, sino que es necesario seguir hasta el final, hasta estrellarse y destruirse.

Ese ejemplo que digo, no es un ejemplo abstracto, se particulariza en una persona, en un tal Temno, al cual se dedican algunas de las mejores páginas de la novela/crónica que es Archipielago Gulag. Un hombre que desde que pisó los umbrales del archipiélago decidió que no estaría allí ni un minuto más de los necesario y que convirtió su estancia en una perpetua evasión, en una continua demostración de que era imposible derrotarle a menos que se le ejecutase, lo cual no dejaría de constituir una evasión con éxito.

Y si épicas, embriagadoras, resultan las páginas dedicadas a sus intentos fallidos, no lo es menos el largo pasaje, en el que se describe la evasión que tuvo éxito, sólo porque durante largos meses consiguieron escapar a los policías y carceleros que les perseguían y sobrevivir en un ambiente completamente hostil.

En efecto, completamente hostil. En el campo, rodeado de soplones y de carceleros, de personas interesadas en traicionarles y castigarles, los prisioneros podían abandonarse a la fantasía de que fuera les esperaba un mundo mejor, un mundo en el que podrían desaparecer sin dejar rastro y comenzar una vida nueva, sin que nadie supiera de lo que habían sido, del zek que nunca dejarían de ser. Sin embargo, toda la URSS no era más que una inmensa prisión, donde convenía ser de los que delataban y de los que encarcelaban, para evitar ser arrojados en los círculos inferiores del infierno, en el GULAG que todos temían y del que nadie había vuelto, como ocurre con la muerte.

Todo el mundo exterior era por tanto su enemigo. Nadie querría ayudarles, por temor al castigo, y muchos cooperarían activamente en entregarlos a las autoridades. Si nadie en quien confiar, sin nadie que quisiese ayudarles, no les quedaba otra que huir eternamente, robando lo que necesitaban, asesinado si llegara el caso... perdiendo esa misma humanidad que tan trabajosamente habían reconquistado.

Así ocurrió que cuando Temno y su compañero, tras escapar del Gulag, tras sobrevivir al inmenso desierto que les separaba de la civilización, tras eludir y confundir una y otra vez a sus perseguidores, llegan a la civilización, representada por las ciudades y el ferrocarril que podría llevarles a cualquier lugar de la tierra, se encuentran una familia que desciende el río en una gabarra. Una familia, eso es lo importante, que tiene dinero, tiene comida, tiene herramientas y tiene papeles que les permiten moverse sin sospechas y sin miedo, en el reino de la desconfianza mutua que era la URSS de Stalin.

Así que deciden asesinarlos y quedarse con todo eso. Una decisión que nadie podría reprocharles si pensamos en su situación.

Una decisión que es presentida por el cabeza de familia, que se queda en la gabarra, como esos animales que se sacrifican voluntariamente al depredador que les persigue para salvar a sus crías, mientras su mujer corre a refugiarse entre los cañaverales.

Una decisión que sólo es evitada en el momento en que Temno va a descargar el golpe fatal, por un gatito blanco que viene a restregarse entre sus piernas.

Una de estas casualidades que decide un destino y que cambia una vida.

domingo, 6 de enero de 2008

Sayoonara






Por supuesto, la palabra que se pronuncia en esta ocasión es sayoonara, cuya mejor traducción al ingles sería farewell,y que curiosamente en español actual se convierte en casi intraducible, puesto que tendemos a utlizar, casi indistintamente, el hasta luego, hasta mañana, hasta la vista, adios, olvidando el sentido de separación indeterminada o indeseada que este último tiene, ese no saber cuando o en que circunstancias se volverá a ver a alguien, dando a entender simplemente que esa despedida será la definitiva.

Que es justo, justo el significado con que se utiliza en esta secuencia, reforzada por la intimidad que sabemos establecida entre ambos personajes, al presenciar como uno de ellos niega al otro la promesa de retorno que esperaba.

Unos matices sutiles que se pierden en las traducciones, como es el caso de las lenguas que utilizan diferentes tratamientos para reflejar las jerarquías entre las personas, y en donde la transición de unos a otros nos revela sus lazos afectivos...

viernes, 4 de enero de 2008

Assaulting the skies

A veces, vivir a setecientos metros sobre el nivel del mar, y ver desde la terraza unas torres que alcanzan los doscientos cincuenta metros de altura, tiene más que hermosas compensaciones.




...y me ha recordado los tiempos en que yo era niño, cuando nada de esto existía, y yo para ir al colegio tenía que atravesar un vasto descampado, ocupado ahora por una enorme autopista...

...y me entretenía en mirar los cielos, sus cambios de color, el vagabundear de las nubes, las distintas tonalidades de la luz a lo largo del día, a lo largo del año...

...y me imaginaba, los días nublados, que dios era un pintor, que limpiaba sus pinceles en el paño del cielo...

Actualización

Algunos kilómetros más allá de las torres que aparecen en las fotografías, está el aeropuerto de Barajas, y suele ocurrir que muchas veces los aviones que de él parten cruzan por encima de mi casa, muy alto eso sí, sin hacer ruido, visibles sólo por su brillo y las estelas de condensación que dejan.

Gracias a ello, esta mañana, apenas amanecido, cuando conducía por la autopista que corta mi barrio en dos, he visto el cielo azul entrecruzado por las estelas que habían dejado los aviones que acaban de despegar.

Casi una red largada por un pescador divino que hubiera atrapado al mundo en su interior.

miércoles, 2 de enero de 2008

Standing on your own feet


Camille Claudel, de quien estas semanas se ha podido ver en la Fundación Mapfre su obra casi completa, es una escultora mítica.

Una cualidad que, como suele ocurrir con todos los artistas bigger than life, ha provocado que su biografía se halle entretejida de mitos y leyendas, más o menos ciertas, más o menos falsas, el hecho de ser una de las primeras mujeres que intenta triunfar en un mundo de hombres, y que por tanto, no le basta con talento, ni con demostrarlo fehacientemente, sino que tiene que combatir, día a día, todo un mundo de prejuicicios, ideas preconcebidas que nadie había cuestionado durante siglos. Una situación que si se une a la condición de artista genial, ése que continuamente desobedece las normas consagradas, resulta casi una autopista hacia la destrucción, puesto que en su época el artista genial que fuera hombre, sólo tenía que luchar contra la incomprensión de los incultos, mientras que ella, debía pugnar además, como digo, con las miradas de suficiencia y escepticismo de sus propios colegas.

Por no hablar del artista novel que se convierte en amante de su maestro Rodin, el escultor total y absoluto de finales del XIX, de forma que sus vidas amorosas, su enamoramiento, los celos, el odio final y la ruptura definitiva, se cruzan y entremezclan con sus vidas profesionales, hasta el extremo de aparentar ser casi inseparables, y llevar a pensar, según las preferencias estéticas y/o políticas de cada uno, que mucho de lo atribuido al maestro fue obra del maestro o justamente lo contrario, que una vez consumada la separación, la llama de la alumna se apagó casi al instante. Porque, y aquí continúa la leyenda, lo cierto es que la obra de Camille Claudel se paró en seco, casi en al cambio de siglo, y ella pasaría treinta años en un manicomio, por orden de su familia, a pesar de reivindicar una y otra vez su cordura.

Una serie de circunstancias, peripecias biográficas, que nos ocultan lo que debería ser más importante, que Camille Claudel fue uno de los escultores más importantes de su época, un talento a la altura de Rodin, a quien supera en audacia y capacidad para representar el movimiento.

Es decir, no se necesita tejer ninguna leyenda romántica alrededor de su persona, ni convertirla en una heroína o en un mártir, ni siquiera intentar limar parte de la gloria de Rodin, para que ella ocupe, por méritos propios, el lugar que le corresponde. Ése de artista visionario, atrevido, audaz y que no admite compromisos cuando se trata de su arte. Algo que muy pocos han podido llegar a ser, mucho menos aspirar, y que esta mujer consiguió por sí sola, sin tener que deberle nada a nadie.

Porque ése sería el mayor elogio que podríamos hacerle. Restituirle lo que su tiempo no quiso concederle. El hecho de ser un artista original, que no necesito de nadie para hacer realidad sus concepciones.

Y para terminar, una pequeña reflexión sobre su encierro en su manicomio. Aún ahora, por influencia de ese romanticismo decimonónico que juzgamos pasado pero que no queremos matar, pensamos en el artista como un gigante, alguien cuya estatura atraviesa las nubes y ve desde allí lo que nosotros, pobres enanos, no podemos ni concebir. Alguien, cuya misión es guiar, educar al público, casi forzarlo a aceptar esos nuevos ámbitos desudados y desacostumbrados.

Sin embargo, nunca nos paramos a pensar que los artistas son también personas. Gentes que sufren enfermedad, que experimentan el desaliento y la desesperación. Gentes, en fin, que pueden quebrarse y hundirse, incapaces de soportar la carga que han elegido.

Eso mismo, pensaba yo, al ver las ultimas obras de Camille Claudel, iguales a las primeras de su carrera, ejemplos de un academicismo que ella había combatido y contribuido a derribar.

Unas obras que no concibo como pudo llegar a terminarlas, puesto que estaban en contra de todo lo que había hecho y de todo lo que había sido.

El fruto de alguien que ha perdido toda fe y toda esperanza.

viernes, 28 de diciembre de 2007

A little white cat (y 3)

Me duele escribir sobre esto:lo ucraniano y lo ruso se unen en mi sangre en mi corazón, en mis pensamientos. Pero mi dilatada experiencia en el trato amistoso con los ucranianos de los campos me reveló como les dolía a ellos. Nuestra generación no podrá evitar el pago de los errores de nuestros mayores.

Estampar el pie en el suelo y gritar "¡Esto es mío!" es el camino más sencillo. Incomparablemente más difícil es pronunciar ¡El que quiera vivir que viva!. Por asombroso que parezca, no se hicieron realidad las predicciones de la doctrina progresista en el sentido de que el nacionalismo se marchitaría. En el siglo del átomo y la cibernética, no se sabe porqué, ha florecido. Y nos llega la hora, nos guste o no nos guste, de pagar todos los pagarés de la autodeterminación y de la independencia, y debemos pagarlos por iniciativa propia y no esperar a que nos quemen en las hogueras, nos ahogen en los ríos o nos degüellen. Debemos demostrar que nuestra nación es grande no por la enorme extensión del territorio, ni por el número de pueblos sometidos a nuestra tutela, sino por la grandeza de nuestros actos. Y por la profundidad con que labraremos lo que nos quede de tierra una vez descontadas aquellas que no quieren vivir con nosotros.

Con Ucrania, será extraordinariamente doloroso. Pero hay que hacerse cargo de lo caldeados que están ahora sus ánimos. Ya que no se ha arreglado en el transcurso de los siglos, ahora nos toca a nosotros mostrar cordura. Estamos obligados a que sean ellos los que decidan, que sean los federalistas y los separatistas, a ver quien convence a quien. No ceder sería una locura y una crueldad. Y cuanto más suaves seamos, cuanto más pacientes nos mostremos, cuantas más explicaciones demos ahora, más esperanzas habrá de restablecer la unidad en el futuro.


Siguiendo con la lectura de Archipielago Gulag de Alexander Soljenitsin (aquí pueden leerse las entradas anteriores), este párrafo me ha hecho meditar, concretamente, en la situación actual de mi país, a pesar de lo alejados que estamos de Rusia y lo distinta que es nuestra historia de la suya.

Porque lo que Soljenitisin intenta poner de manifiesto es que el rigor (por llamarlo de alguna manera) sin sentido con que el estalinismo se aplicó en Ucrania al final sólo sirvió para consagrar la separación irreparable entre ambos pueblos. No hay que olvidar que ese rigor parecía propio de una venganza personal del dictador contra ese país, puesto que se manifestó en un intento de destruir todo lo ucraniano y casi de eliminar a los ucranianos, según la interpretación que demos a las hambrunas inducidas por la colectivización. De esa manera, en cuanto llegaron gobernantes más tolerantes y dialogantes, que permitieron que las opiniones políticas se expresaran libremente, fue imposible detener el proceso que llevó a la división de lo que había estado unido durante siglos... llegando a la durísima paradoja para los rusos de que la capital del reino medieval que consideran como el origen de su patria, el reino Rus fundado por los varegos suecos (¡otra paradoja histórica!), sea ni más ni menos que Kiev, la actual capital de Ucrania.

O por enlazarlo con mi tierra natal, aunque las cosas no llegaran al grado de exasperación que el soviético, de como la imposición a la fuerza por parte del régimen de Franco de una España monolítica e indivisible, eliminando, exiliando o represaliando a quien se atreviese a disentir en lo más mínimo, sólo sirvió para destruir cualquier lazo que pudiera unir a los hablantes de las diferentes lenguas ibéricas, eliminado cualquier sigo que pudiera hacernos pensar que existía una entidad superior, España, por llamarla de alguna manera, donde todos tuviéramos cabida.

En mi opinión, es inevitable que un futuro cercano, el País Vasco y Cataluña acaben por declararse independientes. Existe, por así decirlo, una especie de inercia política, un magnetismo irresistible que hace orientarse todo el sistema político hacia ese punto, y ante el que nada, ni la concesión de un grado mayor de competencias por parte del estado central, ni por supuesto, el golpe sobre la mesa y aquí se ha acabado todo, que pretenden algunos insensatos, servirá para evitarlo.

Y todo esto, esa especie de necesidad histórica que decían los marxistas, en mi opinión no obedece a otra razón que la mostrada por el pasaje de Soljenitsin. Franco, en su obsesión por salvar su idea de España, imponiéndola de buen o mal grado en el resto de la población, no hizo otra cosa que matar en las mentes de la mitad de la población el concepto que realmente importaba, el de España como casa común de todos los habitantes de la península ibérica, inculcando por el contrario el de España como madrastra, que abjuraba de sus hijos y los maltrataba.

Una educación a palos que convirtió así a la mitad de los españoles en apátridas dentro de su propio país, en personas crecidas sin sentimiento nacional, un sentimiento que parece inseparable, consustancial a todos los habitantes del planeta, simplemente porque ese sentimiento era propiedad exclusiva de una única ideología... cosa que en cierto modo aún sigue ocurriendo, para nuestra desgracia.

Así, ante ese vacío, similar al que queda cuando se pierde la fe religiosa, muchos corrieron a abrazar el sentimiento nacional alternativo que existía en sus tierras, y que, independientemente del color, rojo o azul, que tuviera, se estimaba opuesto a la dictadura totalitaria que les oprimía, y por lo tanto parecía noble, digno de ser abrazado, a pesar de las acciones y decisiones que tomara, en muchos aspectos similares a las de ese totalitarismo padre y madre.

Simplemente porque ese vacío anímico que supone ser un apátrida es insoportable, casi tanto como es el vacío que supone la perdida de la fe, y que sólo unas cuantas almas fuertes son capaces de soportar, puesto que implica que no hay una solución para el mundo, que no hay un plan maestro que al final vaya a solucionar todo, sea en otro mundo, como es el caso de la religión, o en este, como es el caso del nacionalismo.

Un vacío, que provoca que se construyan religiones y naciones substitutivas, dando lugar al espectáculo lamentable, de aquellos que, habiéndose librado del yugo de religiones universales y de imperios no menos universales, corren a los brazos de curanderos y adivinos, o de sueños esencialistas reducidos al valle de un río, a una aldea, al patio de una casa.

Mientras que yo, doblemente desengañado, persisto en mi ateísmo y en mi falta de raíces.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

One Step Back (y 6)


Ha llegado el momento de terminar estas anotaciones sobre la exposición Cranach/Durero de la Thyssen madrileña (véase aquí y anteriores), y por supuesto, no se podía dejar fuera de estas notas a la otra estrella de la exposición, es decir, Durero.


No creo que haya una mejor introducción a Durero que el retrato con el que abro esta entrada. En él, el pintor, un trabajador manual en esa época, no lo olvidemos, se retrata de un modo reservado hasta entonces a santos y reyes, vestido con sus mejores ropas, en actitud de dominio y orgullo, mirando directamente al espectador, mientras que tras él se despliega un paisaje bucólico.


Un auténtico manifiesto, en definitiva. Un first en la historia, en el que el artista se representa disociado de su arte, la única referencia a éste es la propia firma, en la que se nos informa de que él mismo ha sido quien se ha pintado, y en el que el creador, se nos presenta como una persona admirable, simplemente por su propia personalidad, por la forma en que ha sido representado.


Un first, sí, pero también un signo de los tiempos, del nuevo arte que venía Italia, donde Leonardo, Miguel Ángel o Rafael (y un poco más tarde, Tiziano) ya no se consideran a sueldo de un señor, ni se ven obligados a seguir sus instrucciones al pie de la letra, sino que pueden elegir clientes y temas, y representar estos de la forma que les apetezca, sin que esta aparente rebeldía suponga ningún desdoro, sino todo lo contrario.


Pero un first, a pesar de todo, puesto que aquello, que en Italia se veía como normal, como el resultado del siglo de experimentación que se abriera con Masaccio y Bruneleschi, en Alemania era algo completamente nuevo, una novedad más de las que venían desde el sur, empaquetadas como renacimiento, y que, como hemos visto, unos veían como traición y seguían manteniendo a toda costa la tradición gótica, otros intentaban contemporizar, dorar la píldora nueva, para no perder la clientela y que esta se fuera poco a poco acostumbrando a las moderneces, mientras que otros se entregaban a ella con fruición, sin compromisos, con ese gusto y ese orgullo que hace calificar un tipo de arte como Arte Nuevo, y otro tipo de arte como Arte Antiguo, convirtiendo a uno de ellos en el único que merece la pena ser cultivado, y al otro en algo despreciable y el peor de los insultos.


Y luego estaba Durero.


O mejor dicho el problema de Durero. Porque este artista es una personalidad tan amplia, tan enciclopédica que es imposible reducir a un conjunto de etiquetas. Es a la vez moderno y antiguo. Es capaz de adoptar las innovaciones más radicales, de dar un paso más allá (como es el caso de sus acuarelas) y al mismo tiempo sigue siendo alemán hasta la médula, antiguo y medieval, con esa desconfianza por la luz y los cielos claros, con ese presentimiento de que el ideal clásico, el ideal de belleza que ha decidido cultivar, será quebrado por fuerzas obscuras e incontrolables, como sería el caso de ese obra maestra del grabado que se llama Melancolía.


Alguien que se sabe a caballo entre dos tiempos, lo antiguo y lo moderno, y que es capaz de cultivar ambas, de utilizar lo viejo y lo nuevo con igual maestría, pero sabiendo que el tiempo juega a favor de las novedades, que lo antiguo tiene fecha de caducidad y que será barrido inevitablemente por el tiempo y la historia, independientemente del genio y el talento de aquello que lo cultiven.


Alguien, y con él resto de su generación, que se convertirá en una excepción, puesto que ocurrirá que la reforma protestante, triunfante en Alemania, no encontrará utilidad para los pintura, cerrado el mercado religioso por la iconoclastia reformista, inexistente una clase de burgueses enriquecidos que necesite decorar sus hogares.


Y así esa generación, tan brillante como las generaciones contemporáneas de Flandes e Italia, que podía haber desencadenado una (otra más) revolución en el arte europeo se desvanecerá sin dejar rastro, por razones completamente prosaicas, que nada tienen que ver con la sucesión de los estilos, la evolución de las formas, o todas esas leyes falsas que tanto se gusta formular en la historia del arte.
Simplemente porque no eran necesarios para esa sociedad y no tuvieron a nadie a quien entregar el testigo.

domingo, 23 de diciembre de 2007

The last thing you'll see...





...y no, no debe ser ésa una mala forma de morir, que lo último que veas sea la imagen de la persona amada...

viernes, 21 de diciembre de 2007

A little white cat ( y II)

Ahora cuando estoy escribiendo este capítulo, hileras de libros humanistas cuelgan sobre mí desde sus estantes de la pares y sus desgastados lomos de brillo apagado centellean reprobadores como las estrellas a través de las nubes: nada debe conseguirse en este mundo por medio de la violencia. Si tomamos la espada, el cuchillo o el fusil nos ponemos de inmediato al nivel de nuestros verdugos y opresores. Y no habrá fin...

No habrá fin... Aquí detrás de mi mesa, en una habitación caliente y limpia, estoy totalmente de acuerdo.

Pero se tiene que haber recibido una condena de veinticinco años sin motivo, haberse puesto encima cuatro números, haber tenido las manos siempre a la espalda, haber sido registrado mañana y tarde, haberse extenuado trabajando, haber sido arrastrado al BUR por una denuncia, y haber ido a parar irremisiblemente bajo tierra, para que, desde allí, tdos los discursos de los grandes humanistas nos parezcan la charlatanería de unos hombres libres bien cebados.

¡No habrá fin..! ¿Pero habrá un principio?¿Habrá un claro en nuestra vida o no?

El pueblo oprimido llegó a la siguiente conclusión: con benevolencia no se termina con la violencia.

Leía estas líneas y no podía por menos que sorprenderme. Porque dichas así, con su exaltación a tomar las armas, a obrar justicia utilizando la violencia, resultarían propias de un terrorista de esos que copan las portadas de los periódicos y que hacen temblar a los que tenemos la desgracia de vivir en este mundo desquiciado.

Pero el caso es que no es así. Este pasaje proviene ni más ni menos que de la pluma de A.S. Soljenitisn, esa escritor que fue condenada como tantos otros por el régimen soviético sin haber cometido ningún delito, simplemente porque había que llenar un cupo de enemigos del partido, el régimen y el futuro (o como diría más adelante en el mismo Archipielago Gulag, puesto que la humanidad había fallado al ideal, había que castigar a la humanidad, no cambiar el ideal).

Así que tenemos a un inocente, prisionero de un sistema completamente desquiciado, que hacía mucho que ya había perdido cualquier atisbo de racionalidad que guardara, y que le consideraba como un elemento peligroso e irrecuperable, culpable hasta el mismo momento de la muerte, válido solo para ser explotado como si fuera un esclavo, peor aún, como un animal, cuya desaparición no supone ningún coste, puesto que siempre habrá muchos otros para reemplazarlo.

¿Qué hacer, entonces? Porque lo que se está planteando es una de las preguntas más elusivas, quizás porque solo tiene una respuesta, la de los límites del pacifismo y la no violencia.

O por decirlo de otra manera, los métodos de Gandhi sólo pueden obrar resultado, hasta el extremo de, como ocurriera en su caso, granjearse el respeto y la admiración de tus enemigos, cuando esos enemigos tienen también un sentido moral de gran altura, es decir, creen que hay una serie de reglas del juego y que adherirse a esas reglas, respetarlas y castigar a los que las infringen aunque sean de los suyos, es algo que les situa por encima de los demás, les da la justificación necesaria para poder juzgar a los demás y dictarles esas propias normas.

Un juego que en manos de un antagonista habil, como fuera el caso de Gandhi, lleva a que tu enemigo te conceda lo mismo que te niega, simplemente porque es de justicia, porque en cierta medida, tu victoria es su victoria.

Pero claro eso funciona cuando los contendientes son Gandhi y el Imperio Británico, que excusaba su dominación de la India, diciendo que habían ido allí a civilizar a esas gentes y, por tanto, no podía actuar en contra de esos altos ideales, a menos que quisiera destruir las propias bases de ese Imperio. Muy distinto el caso de la Alemania Nazi y Polonia (o la URSS, o el resto de Europa), puesto que esa conquista no tenía otra razón que la rapiña, o mejor dicho, asegurar la supervivencia y el bienestar del pueblo alemán, esclavizando, expoliando y exterminando al resto de europeos que no fueran arios (o que fueran arios no nazis). Una misión que no se ocultaba ni se disimulaba, sino que constituía la raíz de su sistema.

Un sistema y un tiempo, en el que cualquier intento de combatir a los nazis por medio del pacifismo y la no violencia, sólo habría servido para que ellos hicieran mejor su trabajo, pues les habría costado menos arrastrarte hasta las cámaras de gas... o como en el caso de Soljenitsin, esperar, incluso aunque lo negara la evidencia que tu sistema, el más justo de todos, aquel que decía iba a traer el paraíso a la tierra, reconociera el error que había cometido e restableciera la justicia que había quebrantado por descuido.

Craso error, puesto que no era más que una cueva de ladrones, de hipócritas y mentirosos, en la que sólo podían medrar, prosperar y sobrevivir, aquellos que reuniesen esas tres características, aquellos que podían cometer las mayores injusticias sin parpadear, sin experimentar ningún titubeo o estremecimiento, muy al contrario, proclamando al mundo que éso era precisamente la mayor justica y que actuaban movidos por los más altos ideales, aunque su labor cotidiana fuera pisotearlos.

Por ello, si se quería recuperar la dignidad, vencer, no había otra solución que la que nos cuenta Soljenitsin, rebelarse utilizando la violencia, exterminar a los bandidos, a los soplones que los carceleros habían introducido entre los presos para dividirlos y así dominarlos, demostrando a los torturadores que ya no tenían poder sobre ellos, que a pesar de todas sus verjas, de todas sus armas, de todas sus leyes, pronto les llegaría el turno, pronto la venganza les alcanzaría y habrían de pagar por todas las iniquidades cometidas.

Porque, la pregunta no es sí es lícito rebelarse violentamente contra la injusticia, la pregunta correcta es cuando y en qué circunstancias....

...y sobre todo, cuando deja de serlo, cuando las causas justas se convierten en injustas, cuando el movimiento liberador se transforma en un movimiento represor más, preocupado únicamente por mantener sus privilegios y prebendas.

Como ha ocurrido con todas las revoluciones, excepto las fracasadas, que diría Corto Maltés.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

One Step Back (y 5)


Por seguir la serie de entradas anteriores sobre la exposición Durero/Cranach, le ha llegado el turno, como no podía ser menos, al paradigma de la idea que anima esta exposición, el cómo toda una generación de artistas de gran talento se vio afectada por las novedades del renacimiento Italiano y sus intentos para mantener una personalidad propia, sin convertirse en meros copistas de las tendencias de moda. Una lucha en que los caminos adoptados fueron tan variados como las propias personalidades de estos artistas, desde el intento de convertir el renacimiento Italiano en un renacimiento alemán, como sería el caso de Durero, hasta el rechazo completo y rotundo de esas soluciones, aunque se las conociera perfectamente y se fuera capaz de replicarlas, como sería el caso de Mathias Grünewald.

Un artista que, en más de un aspecto es excepcional, paradójico. En primer lugar porque una personalidad de primera magnitud como la suya nos es conocida, no por por su nombre auténtico, Mathias Gothard Nithard, si no por el nombre erróneo que un cronista de siglos más tarde le atribuyera. Un detalle que apunta a un pintor provinciano, alejado de los centros culturales de importancia, y que, debido a ese mismo aislamiento, falto del conocimiento de lo que se llevaba en ese momento, no debía haber pasado de artista de segunda y tercera fila.... y por hacer un inciso, no resulta menos curioso, que ese aislamiento y ese provincianismo, ése estar fuera y alejado, siga siendo una constante actual de su arte, puesto que aquel que quiera gozarlo no debe ir a las grandes instituciones artísticas, sino a Colmar, una ciudad de provincias francesa, donde se guarda lo mejor de uno de los grandes artistas alemanes.

Pero la mayor de las contradicciones es una que constituye uno de los mayores problemas no resueltos (o que no se quiere resolver) del arte actual, puesto que suponemos instintivamente, que el artista genial, tiene que ser también revolucionario, o al menos vanguardista, mientras que en el caso de Grünewald, tenemos a un pintor genial, en el sentido de que su obra es distinta a todo lo que se hacía en su tiempo, pero que no es revolucionario, ni vanguardista, si no que utiliza un lenguaje y unos postulados artísticos, que nosotros hubiéramos calificado de conservadores y reaccionarios... por no llamarlos directamente repetitivos, faltos de originalidad, callejón sin salida.

Quizás sea ahí donde radique la originalidad, lo revolucionario de Grünewald, ese radicalismo y esa fiereza que también sabrían reconocer y admirar los expresionistas alemanes del XX. Simplemente Grünewald decidió ignorar las rutas que llevaban al futuro, a pesar de conocerlas y de saber como utilizarlas. Voluntariamente prefirió el callejón sin salida, el ser antiguo, el cultivar las formas caducas, y precisamente con ello, consiguió distinguirse y superar a todos sus contemporáneos, incluyendo a Durero, convertirse en el que resulta más cercano a nuestra sensibilidad actual, que detesta lo clásico, el equilibrio, el ideal y la belleza, y ama el desarreglo, la asimetría, la fealdad y la crueldad.

Sin embargo, hay otra lección aún más importante.

El hecho, comprobado cada día de que toda crítica artística no es más que un intento de hacer encajar a martillazos, un hecho complejo, multiforme y en sí, indefinible, en unas cajitas prefabricadas y confeccionadas de acuerdo con la moda del momento, y que en unos años, en unos meses quizá, serán completamente prescindibles, más aún, habrán sido completamente olvidadas, esas clasificaciones definitivas, como si nunca hubieran existido.... al igual que los artistas que la moda del momento haya elegido ensalzar.

O lo que es lo mismo, que toda crítica de arte es inútil y ociosa, puesto que roba el tiempo que debería utilizar en disfrutar de ese mismo arte, y como el ruido, solo sirve para confundir tanto al artista como al espectador.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Beautiful Lies

A todos nos llega un momento de estar en la encrucijada. Y en en ese momento, siempre preferimos mentirnos, proclamar nuestra libertad, aunque en el fondo ansiemos las cadenas, esas que elegimos nosotros mismos, esas cuyo peso nunca sentimos, cuyas desolladuras y laceraciones agradecimos...


...y en nuestra locura llamamos hogar, refugio, abrigo, al campo de ruinas en el que nos hemos perdido, del cual ansiamos salir, pero al que nos ata el miedo a nueva derrota, a un nuevo fracaso, a ese fracaso, que nos arrebate de una vez por todas la fe, la esperanza, las fuerzas para seguir luchando, levántándose, acercándose, amándo...

...pero da igual cuanto queramos engañarnos, porque la respuesta es única...


... en las ruinas, en los cementerios, sólo pueden vivir los que estén muertos, los que vayan a estarlo pronto; los que quieran vivir, los que quieran seguir viviendo, deben mentirse a sí mismo, aparentar que creen las frase de esperanza, los lugares comunes siempre repetidos, las palabras de cariño, las manos no menos acogedoras...


...aunque se sepa que fueron esas mismas mentiras, mejor dicho, otras mentiras pasadas, la causa y el origen de todas las desdichas presentes...