viernes, 21 de diciembre de 2007

A little white cat ( y II)

Ahora cuando estoy escribiendo este capítulo, hileras de libros humanistas cuelgan sobre mí desde sus estantes de la pares y sus desgastados lomos de brillo apagado centellean reprobadores como las estrellas a través de las nubes: nada debe conseguirse en este mundo por medio de la violencia. Si tomamos la espada, el cuchillo o el fusil nos ponemos de inmediato al nivel de nuestros verdugos y opresores. Y no habrá fin...

No habrá fin... Aquí detrás de mi mesa, en una habitación caliente y limpia, estoy totalmente de acuerdo.

Pero se tiene que haber recibido una condena de veinticinco años sin motivo, haberse puesto encima cuatro números, haber tenido las manos siempre a la espalda, haber sido registrado mañana y tarde, haberse extenuado trabajando, haber sido arrastrado al BUR por una denuncia, y haber ido a parar irremisiblemente bajo tierra, para que, desde allí, tdos los discursos de los grandes humanistas nos parezcan la charlatanería de unos hombres libres bien cebados.

¡No habrá fin..! ¿Pero habrá un principio?¿Habrá un claro en nuestra vida o no?

El pueblo oprimido llegó a la siguiente conclusión: con benevolencia no se termina con la violencia.

Leía estas líneas y no podía por menos que sorprenderme. Porque dichas así, con su exaltación a tomar las armas, a obrar justicia utilizando la violencia, resultarían propias de un terrorista de esos que copan las portadas de los periódicos y que hacen temblar a los que tenemos la desgracia de vivir en este mundo desquiciado.

Pero el caso es que no es así. Este pasaje proviene ni más ni menos que de la pluma de A.S. Soljenitisn, esa escritor que fue condenada como tantos otros por el régimen soviético sin haber cometido ningún delito, simplemente porque había que llenar un cupo de enemigos del partido, el régimen y el futuro (o como diría más adelante en el mismo Archipielago Gulag, puesto que la humanidad había fallado al ideal, había que castigar a la humanidad, no cambiar el ideal).

Así que tenemos a un inocente, prisionero de un sistema completamente desquiciado, que hacía mucho que ya había perdido cualquier atisbo de racionalidad que guardara, y que le consideraba como un elemento peligroso e irrecuperable, culpable hasta el mismo momento de la muerte, válido solo para ser explotado como si fuera un esclavo, peor aún, como un animal, cuya desaparición no supone ningún coste, puesto que siempre habrá muchos otros para reemplazarlo.

¿Qué hacer, entonces? Porque lo que se está planteando es una de las preguntas más elusivas, quizás porque solo tiene una respuesta, la de los límites del pacifismo y la no violencia.

O por decirlo de otra manera, los métodos de Gandhi sólo pueden obrar resultado, hasta el extremo de, como ocurriera en su caso, granjearse el respeto y la admiración de tus enemigos, cuando esos enemigos tienen también un sentido moral de gran altura, es decir, creen que hay una serie de reglas del juego y que adherirse a esas reglas, respetarlas y castigar a los que las infringen aunque sean de los suyos, es algo que les situa por encima de los demás, les da la justificación necesaria para poder juzgar a los demás y dictarles esas propias normas.

Un juego que en manos de un antagonista habil, como fuera el caso de Gandhi, lleva a que tu enemigo te conceda lo mismo que te niega, simplemente porque es de justicia, porque en cierta medida, tu victoria es su victoria.

Pero claro eso funciona cuando los contendientes son Gandhi y el Imperio Británico, que excusaba su dominación de la India, diciendo que habían ido allí a civilizar a esas gentes y, por tanto, no podía actuar en contra de esos altos ideales, a menos que quisiera destruir las propias bases de ese Imperio. Muy distinto el caso de la Alemania Nazi y Polonia (o la URSS, o el resto de Europa), puesto que esa conquista no tenía otra razón que la rapiña, o mejor dicho, asegurar la supervivencia y el bienestar del pueblo alemán, esclavizando, expoliando y exterminando al resto de europeos que no fueran arios (o que fueran arios no nazis). Una misión que no se ocultaba ni se disimulaba, sino que constituía la raíz de su sistema.

Un sistema y un tiempo, en el que cualquier intento de combatir a los nazis por medio del pacifismo y la no violencia, sólo habría servido para que ellos hicieran mejor su trabajo, pues les habría costado menos arrastrarte hasta las cámaras de gas... o como en el caso de Soljenitsin, esperar, incluso aunque lo negara la evidencia que tu sistema, el más justo de todos, aquel que decía iba a traer el paraíso a la tierra, reconociera el error que había cometido e restableciera la justicia que había quebrantado por descuido.

Craso error, puesto que no era más que una cueva de ladrones, de hipócritas y mentirosos, en la que sólo podían medrar, prosperar y sobrevivir, aquellos que reuniesen esas tres características, aquellos que podían cometer las mayores injusticias sin parpadear, sin experimentar ningún titubeo o estremecimiento, muy al contrario, proclamando al mundo que éso era precisamente la mayor justica y que actuaban movidos por los más altos ideales, aunque su labor cotidiana fuera pisotearlos.

Por ello, si se quería recuperar la dignidad, vencer, no había otra solución que la que nos cuenta Soljenitsin, rebelarse utilizando la violencia, exterminar a los bandidos, a los soplones que los carceleros habían introducido entre los presos para dividirlos y así dominarlos, demostrando a los torturadores que ya no tenían poder sobre ellos, que a pesar de todas sus verjas, de todas sus armas, de todas sus leyes, pronto les llegaría el turno, pronto la venganza les alcanzaría y habrían de pagar por todas las iniquidades cometidas.

Porque, la pregunta no es sí es lícito rebelarse violentamente contra la injusticia, la pregunta correcta es cuando y en qué circunstancias....

...y sobre todo, cuando deja de serlo, cuando las causas justas se convierten en injustas, cuando el movimiento liberador se transforma en un movimiento represor más, preocupado únicamente por mantener sus privilegios y prebendas.

Como ha ocurrido con todas las revoluciones, excepto las fracasadas, que diría Corto Maltés.